Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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 Las tinieblas divinas

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Joselia
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MensajeTema: Las tinieblas divinas   Jue Abr 05, 2012 12:37 pm

Las tinieblas divinas

«Hablar de Dios es una gran cosa, pero mejor aún es purificarse por Dios», decía san Gregorio Nacianceno. El apofatismo no es necesariamente una teología del éxtasis. Es ante todo una disposición del espíritu que rehuye la formación de los conceptos acerca de Dios; ello excluye resueltamente toda teología abstracta y puramente intelectual que quisiera adaptar al pensamiento humano los misterios de la sabiduría de Dios. Es una actitud existencial que compromete enteramente al hombre: no hay teología fuera de la experiencia; es preciso cambiar, tornarse un hombre nuevo. Para conocer a Dios hay que aproximarse a él; no se es teólogo si no se sigue la vía de la unión con Dios. La vía del conocimiento de Dios es necesariamente la de la deificación. Aquel que al seguir esta vía se imagina en un momento dado que ha conocido lo que Dios es, tiene el espíritu corrompido, según san Gregorio Nacianceno. El apofatismo es, pues, un criterio, un signo seguro de disposición de espíritu conforme a la verdad. En este sentido, toda verdadera teología es fundamentalmente una teología apofática.

El lector se preguntará, naturalmente, cuál es la función de la teología llamada «catafática» o afirmativa, teología de los «nombres divinos» que encontramos manifestados en las criaturas. De manera opuesta a la vía negativa que es una ascensión hacia la unión, es ésta una vía que desciende hacia nosotros, una escala de las «teofanías» o manifestaciones de Dios en la creación. Se puede decir incluso que es una sola vía seguida en dos direcciones opuestas: Dios desciende hacia nosotros en sus «energías» que lo manifiestan, y nosotros subimos hacia él en las «uniones» en las cuales permanece incognoscible por naturaleza. La «teofania suprema», la manifestación perfecta de Dios en el mundo por la encarnación del Verbo, guarda para nosotros su carácter apofático: «en la humanidad de Cristo — dice Dionisio — lo superesencial se ha manifestado en la esencia humana sin cesar de estar oculto tras de esta manifestación o, para expresarme de manera más divina, en esta manifestación misma». «Las afirmaciones de que es objeto la santa humanidad de Jesucristo tienen todas la excelencia y el valor de las más formales negaciones». Con mayor razón, las teofanías parciales de grados inferiores ocultan a Dios en lo que él es, manifestándolo en lo que él no es por su naturaleza. La escala de la teología catafática, que nos revela los nombres divinos tomados sobre todo de las Sagradas Escrituras, es una serie de grados que deben servir de apoyo a la contemplación. No son conocimientos racionales que formulamos, conceptos que prestan a nuestras facultades de entendimiento una ciencia positiva acerca de la naturaleza divina, sino más bien imágenes o ideas aptas para dirigirnos, para modelar nuestras facultades con vistas a la contemplación de lo que excede a todo entendimiento. En los grados inferiores, sobre todo, estas imágenes se forman a partir de los objetos materiales que menos pueden inducir a error a los espíritus poco experimentados en la contemplación.

En efecto, es más difícil confundir a Dios con la piedra o el fuego que verse llevado a identificarlo con la inteligencia, la unidad, la esencia o el bien. Lo que parecía evidente al comienzo de la subida («Dios no es la piedra, no es el fuego»), lo es cada vez menos a medida que se alcanzan las cimas de contemplación, bajo la influencia del mismo impulso apofático que, ahora, hace decir: «Dios no es el ser, no es el bien.» A cada grado de esta ascensión, al tener acceso a imágenes o ideas más sublimes, es menester guardarse de hacer de ellas un concepto, «un ídolo de Dios»; entonces se contempla la belleza divina misma, Dios en la medida en que se vuelve visible en la creación. La especulación cede progresivamente el lugar a la contemplación, el conocimiento se eclipsa cada vez más ante la experiencia, pues eliminando los conceptos que encadenan al espíritu, el apofatismo abre en cada grado de la teología positiva horizontes ilimitados de contemplación. Hay, pues, diferentes grados en la teología, apropiados para las capacidades desiguales de los espíritus humanos que acceden a los misterios de Dios.

San Gregorio Nacianceno, en su segunda oración sobre la teología, recoge de nuevo a este respecto la imagen de Moisés en el monte Sinaí: «Dios me ordena penetrar en la nube para conversar con Él, dice: Desearía que algún Aarón se presentase para ser compañero de mi viaje y para permanecer junto a mí, aun cuando no osara entrar en la nube... Los sacerdotes permanecen más abajo... pero el pueblo, que no es en modo alguno digno de esta elevación, ni capaz de contemplación tan sublime, queda al pie de la montaña, sin aproximarse a ella porque es impuro y profano; correría el riesgo de perecer. Si ha tenido algún cuidado en purificarse, podrá oír de lejos el sonido de las trompetas y la voz, es decir, una simple explicación de los misterios... Si hay alguna bestia maligna y feroz, quiero decir hombres incapaces de especulación y de teología, que no ataquen con furia los dogmas... que se alejen lo más que puedan de la montaña, o serán lapidados...». No es el esoterismo de una doctrina más perfecta, escondida a los profanos, ni una separación gnóstica entre espirituales, psíquicos y carnales, sino una escuela de contemplación en donde cada uno recibe su parte en la experiencia del misterio cristiano vivido por la Iglesia. Esta contemplación de los tesoros secretos de la Sabiduría divina puede ejercerse diferentemente, con mayor o menor intensidad: ya sea una elevación de espíritu hacia Dios a partir de las criaturas que dejan transparentar su magnificencia, o una meditación sobre la Sagrada Escritura en la que el propio Dios permanece oculto como detrás de un tabique, bajo la expresión verbal de la revelación (Gregorio Niseno); ya sea por los dogmas o por la vida litúrgica, ya sea, en fin, por el éxtasis la manera de penetrar en el misterio divino, será siempre esta experiencia de Dios el fruto de la actitud apofática que Dionisio nos recomienda en su Teología mística.

Todo cuanto hemos dicho acerca del apofatismo puede resumirse en unas palabras. La teología negativa no es tan sólo una teoría del éxtasis propiamente dicha; es una expresión de la actitud fundamental que hace de la teología en general una contemplación de los misterios de la revelación. No es una rama de teología, un capítulo, una introducción inevitable sobre la incognoscibilidad de Dios tras de la cual se pasa tranquilamente a la exposición de la doctrina en los términos habituales, propios de la razón humana y de la filosofía común. El apofatismo nos enseña a ver en los dogmas de la Iglesia ante todo un sentido negativo, una prohibición a nuestro pensamiento de seguir sus vías naturales y de formar conceptos que remplacen a las realidades espirituales. Porque el cristianismo no es una escuela filosófica que especula acerca de los conceptos abstractos, sino ante todo una comunión con Dios vivo. Por eso, pese a toda su cultura filosófica y sus inclinaciones naturales hacia la especulación, los padres de la tradición oriental, fieles al principio apofático de la teología, supieron mantener su pensamiento en el umbral del misterio y no remplazar a Dios por ídolos de Dios. Por eso, además, no hay filosofía «más» o «menos» cristiana. Platón no es más cristiano que Aristóteles. La cuestión de las relaciones entre teología y filosofía nunca se planteó en Oriente: la actitud apofática daba a los padres de la Iglesia esa libertad y liberalidad con la que hacían uso de los términos filosóficos, sin correr el riesgo de ser mal comprendidos o de caer en una «teología de los conceptos». Cuando la teología se transformaba en una filosofía religiosa, como en el caso de Orígenes, era siempre a consecuencia del abandono del apofatismo, que es la verdadera trama de toda la tradición de la Iglesia de Oriente.

Incognoscibilidad no quiere decir agnosticismo o negativa a conocer a Dios. Sin embargo, este conocimiento se efectuará siempre en la vía cuyo fin propio no es el conocimiento sino la unión, la deificación. Nunca será, pues, una teología abstracta, que opera con conceptos, sino una teología contemplativa, que eleva los espíritus hacia realidades que exceden al entendimiento. Por eso los dogmas de la Iglesia suelen presentarse a la razón humana con forma de antinomias tanto más insolubles cuanto más sublime es el misterio que expresan. No se trata de suprimir la antinomia adaptando el dogma a nuestro entendimiento, sino de cambiar nuestra mente, para que podamos alcanzar la contemplación de la realidad que se revela a nosotros, elevándonos hacia Dios y uniéndonos a él en mayor o menor medida.

El pináculo de la revelación, el dogma de la Santísima Trinidad es antinómico por excelencia. Para llegar a contemplar en su plenitud esa realidad primordial, hay que alcanzar el término que nos está asignado, hay que lograr el estado deificado, pues, en palabras de san Gregorio Nacianceno, «serán herederos de la luz perfecta y de la contemplación de la santísima y soberana Trinidad... los que se unan totalmente al Espíritu total; y eso será, como lo creo, el reino celestial». La vía apofática no conduce a una ausencia, a un vacío absoluto, porque el Dios incognoscible de los cristianos no es el Dios impersonal de los filósofos. Es precisamente a la Santísima Trinidad, «superesencial, más que divina y más que buena» a quien el autor de la Teología mística se encomienda al emprender la vía que debe conducirle hacia una presencia y una plenitud absolutas.

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