Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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 El Don de Lenguas

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Joselia
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MensajeTema: El Don de Lenguas   Jue Abr 05, 2012 12:22 pm

EL DON DE LENGUAS

Una cuestión que se vincula bastante directamente a la de la enseñanza iniciática y sus adaptaciones es la de lo que se llama el «don de lenguas», que se menciona frecuentemente entre los privilegios de los verdaderos Rosa-Cruz, o, para hablar más exactamente (ya que la palabra «privilegios» podría dar lugar muy fácilmente a falsas interpretaciones), entre sus signos característicos, pero que, por lo demás, es susceptible de una aplicación mucho más extensa que la que se hace así de él en una forma tradicional particular. A decir verdad, no parece que se haya explicado nunca muy claramente lo que es menester entender por eso desde el punto de vista propiamente iniciático, ya que muchos de aquellos que han empleado esta expresión parecen haberla entendido casi únicamente en su sentido más literal, lo que es insuficiente, aunque, sin duda, este sentido literal mismo pueda estar justificado de una cierta manera. En efecto, la posesión de algunas claves del lenguaje puede proporcionar, para comprender y hablar las lenguas más diversas, medios muy diferentes de aquellos de los que se dispone de ordinario; y es muy cierto que existe, en el orden de las ciencias tradicionales, lo que se podría llamar una filología sagrada, enteramente diferente de la filología profana que ha visto la luz en el occidente moderno. No obstante, aunque se acepte esta primera interpretación y se la sitúe en su dominio propio, que es el de las aplicaciones contingentes del esoterismo, es permisible considerar sobre todo un sentido simbólico, de orden más elevado, que se superpone a ese sin contradecirle de ningún modo, y que, por lo demás, concuerda con los datos iniciáticos comunes a todas las tradiciones, ya sean de oriente o de occidente.

Desde este punto de vista, se puede decir que aquel que posee verdaderamente el «don de lenguas», es el que habla a cada uno su propio lenguaje, en el sentido de que se expresa siempre bajo una forma apropiada a las maneras de pensar de los hombres a los que se dirige. Es también a eso a lo que se hace alusión, de una manera más exterior, cuando se dice que los Rosa-Cruz debían adoptar la indumentaria y los hábitos de los países donde se encontraban; y algunos agregan incluso que debían tomar un nuevo nombre cada vez que cambiaban de país, como si revistieran entonces una individualidad nueva. Así, el Rosa-Cruz, en virtud del grado espiritual que había alcanzado, ya no estaba ligado exclusivamente a ninguna forma definida, como tampoco a las condiciones especiales de ningún lugar determinado (NA: Ni de ninguna época particular, podríamos agregar; pero esto, que se refiere directamente al carácter de «longevidad», requeriría, para ser bien comprendido, explicaciones más amplias que no pueden encontrar lugar aquí; por lo demás, daremos más adelante algunas indicaciones sobre esta cuestión de la «longevidad».), y es por eso por lo que era un «Cosmopolita» en el verdadero sentido de esta palabra (NA: Se sabe que este nombre de «Cosmopolita» ha servido de firma «cubierta» a diversos personajes que, si no eran ellos mismos verdaderos Rosa-Cruz, parecen haber servido al menos de portavoz a éstos para la transmisión exterior de algunas enseñanzas, y que, por consiguiente, podían identificarse a ellos en una cierta medida, en tanto que desempeñaban esta función particular.). La misma enseñanza se encuentra en el esoterismo islámico: Mohyddin ibn Arabi dice que «el verdadero sabio no se liga a ninguna creencia», porque está más allá de todas las creencias particulares, puesto que ha obtenido el conocimiento de lo que es su principio común; pero es precisamente por eso por lo que, según las circunstancias, puede hablar la lengua propia de cada creencia. Por lo demás, piensen lo que piensen los profanos, en eso no hay ni «oportunismo» ni disimulación de ningún tipo; al contrario, eso es la consecuencia necesaria de un conocimiento que es superior a todas las formas, pero que no puede comunicarse (en la medida en que es comunicable) más que a través de las formas, cada una de las cuales, por eso mismo de que es una adaptación especial, no podría convenir indistintamente a todos los hombres. Para comprender de qué se trata, esto se puede comparar a la traducción de un mismo pensamiento a lenguas diversas: en efecto, siempre es el mismo pensamiento, que, en sí mismo, es independiente de toda expresión; pero, cada vez que se expresa en una lengua diferente, deviene accesible a hombres que, sin eso, no habrían podido conocerle; y, por lo demás, esta comparación es rigurosamente conforme al simbolismo mismo del «don de lenguas».

Aquel que ha llegado a este punto, es el que ha alcanzado, por un conocimiento directo y profundo (y no sólo teórico o verbal), el fondo idéntico de todas las doctrinas tradicionales, el que ha encontrado, colocándose en el punto central desde donde han emanado, la verdad una que se oculta bajo la diversidad y la multiplicidad de las formas exteriores. En efecto, la diferencia no está nunca más que en la forma y en la apariencia; el fondo esencial es por todas partes y siempre el mismo, porque no hay más que una verdad, aunque tenga aspectos múltiples según los puntos de vista más o menos especiales bajo los cuales se la considera, y porque, como lo dicen los iniciados musulmanes, «la doctrina de la Unidad es única» (NA: En árabe Et-tawhîdu wâhidun.); pero es menester una variedad de formas para adaptarse a las condiciones mentales de tal o cual país, de tal o cual época, o, si se prefiere, para corresponder a los diversos puntos de vista particularizados que son determinados por esas condiciones; y aquellos que se detienen en la forma ven sobre todo las diferencias, hasta el punto de tomarlas a veces incluso por oposiciones, mientras que ellas desaparecen al contrario para aquellos que van más allá. Seguidamente, éstos pueden redescender a la forma, pero sin ser ya afectados por ella de ninguna manera, y sin que su conocimiento profundo sea modificado por ella en nada; así mismo, pueden realizar, como se sacan las consecuencias de un principio, es decir, procediendo desde arriba hacia abajo, desde lo interior a lo exterior (y es en eso donde la verdadera síntesis es, como ya lo hemos explicado precedentemente, todo lo opuesto del vulgar «sincretismo»), todas las adaptaciones de la doctrina fundamental. Es así como, para retomar siempre el mismo simbolismo, puesto que ya no están obligados a hablar una lengua determinada, pueden hablarlas todas, porque han tomado conocimiento del principio mismo del que todas las lenguas se derivan por adaptación; lo que llamamos aquí las lenguas, son todas las formas tradicionales, religiosas u otras, que no son, en efecto, más que adaptaciones de la gran Tradición primordial y universal, vestiduras diversas de la única verdad. Aquellos que han rebasado todas las formas particulares y han llegado a la universalidad, y que «saben» así lo que los demás sólo «creen», son necesariamente «ortodoxos» al respecto de toda tradición regular; y, al mismo tiempo, son los únicos que puedan llamarse plena y efectivamente «católicos», en el sentido rigurosamente etimológico de esta palabra (NA: La palabra «católico», tomada así en su acepción original, aparece frecuentemente en los escritos de inspiración más o menos directamente rosacruciana.), mientras que los demás no pueden serlo nunca más que virtualmente, por una suerte de aspiración que todavía no ha realizado su objeto, o de movimiento que, aunque está dirigido hacia el centro, no ha llegado a alcanzarle realmente.

Aquellos que han pasado más allá de la forma, por eso mismo, están liberados de las limitaciones inherentes a la condición individual de la humanidad ordinaria; aquellos mismos que no han llegado más que al centro del estado humano, sin haber realizado todavía efectivamente los estados superiores, están al menos, en todo caso, liberados de las limitaciones por las que el hombre caído de ese «estado primordial», en el que ellos están reintegrados, está ligado a una individualidad particular, así como a una forma determinada, puesto que todas las individualidades y todas las formas del dominio humano tienen su principio inmediato en el punto mismo donde ellos están colocados. Por eso es por lo que, como lo decíamos más atrás, pueden revestir individualidades diversas para adaptarse a todas las circunstancias; estas individualidades, para ellos, no tienen verdaderamente más importancia que simples vestiduras. Con esto se puede comprender lo que el cambio de nombre significa verdaderamente, y esto se vincula naturalmente a lo que hemos expuesto precedentemente sobre el tema de los nombres iniciáticos; por lo demás, por todas partes donde se encuentra esta práctica, siempre representa un cambio de estado en un orden más o menos profundo; en las órdenes monásticas mismas, su razón de ser no es en suma diferente en el fondo, ya que, ahí también, la individualidad profana (NA: En todo rigor, aquí sería menester más bien decir la modalidad profana de la individualidad, ya que es evidente que, en este orden exotérico, el cambio no puede ser suficientemente profundo como para incidir sobre algo más que simples modalidades.) debe desaparecer para hacer sitio a un ser nuevo, e, incluso cuando el simbolismo ya no se comprende enteramente en su sentido profundo, guarda no obstante, por sí mismo, una cierta eficacia.

Si se comprenden estas pocas indicaciones, se comprenderá al mismo tiempo por qué los verdaderos Rosa-Cruz no han podido constituir nunca nada que se parezca de cerca o de lejos a una «sociedad», y ni siquiera a una organización exterior cualquiera; así como lo hacen todavía en oriente, y sobre todo en extremo oriente, iniciados de un grado comparable al suyo, han podido inspirar sin duda, más o menos directamente, y en cierto modo invisiblemente, organizaciones exteriores formadas temporalmente en vista de tal o cual cometido especial y definido; pero, aunque estas organizaciones puedan llamarse por esta razón «rosacrucianas», ellos mismos no se ligaban a ellas, y, salvo quizás en algunos casos completamente excepcionales, no desempeñaba en ellas ningún papel aparente. Lo que se ha llamado los Rosa-Cruz en occidente a partir del siglo XIV, y que ha recibido otras denominaciones en otros tiempos y en otros lugares, porque el nombre no tiene aquí más que un valor puramente simbólico y debe adaptarse él mismo a las circunstancias, no es una asociación cualquiera, es la colectividad de los seres que han llegado a un mismo estado superior al de la humanidad ordinaria, a un mismo grado de iniciación efectiva, uno de cuyos aspectos esenciales acabamos de indicar, y que poseen también los mismos caracteres interiores, lo que les basta para reconocerse entre sí sin tener necesidad para eso de ningún signo exterior. Por eso es por lo que no tienen otro lugar de reunión que el «Templo del Espíritu Santo, que está por todas partes», de suerte que las descripciones que a veces se han dado de ellos no pueden ser entendidas más que simbólicamente; y es también por lo que permanecen necesariamente desconocidos por los profanos entre los que viven, exteriormente semejantes a ellos, aunque enteramente diferentes de ellos en realidad, porque sus únicos signos distintivos son puramente interiores y no pueden ser percibidos más que por aquellos que han alcanzado el mismo desarrollo espiritual, de suerte que su influencia, que está vinculada más bien a una «acción de presencia» que a una actividad exterior cualquiera, se ejerce por vías que son totalmente incomprehensibles para el común de los hombres.

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