Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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 El arte del icono

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Joselia
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MensajeTema: El arte del icono   Sáb Oct 01, 2011 12:56 pm

El arte del icono. Teología de la Belleza

Por Paul Evdokimov.

"Cuando la expresion artistica es lo suficientemente elevada el icono se torna milagroso «Milagroso» quiere decir exactamente: cargado de presencia, su testigo indudable y el «canal de la gracia hacia la virtud santificadora». El Concilio VII lo declara muy explícitamente: «Ya sea por la contemplación de la Escritura, ya sea por la representación del icono..., recordamos todos los prototipos y nos introducimos con ellos». El Concilio de 860 afirma en el mismo sentido: «Lo que el Evangelio nos dice a través de la palabra, el icono nos lo anuncia a través de los colores y nos los hace presente».

En efecto, el icono no tiene realidad propia; en sí mismo sólo es una lámina de madera; y es precisamente porque extrae todo su valor teofánico de su participación en lo «totalmente otro» por medio de la semejanza, por lo que no puede encerrar nada en sí mismo, pero se convierte en un esquema de resplandor. La ausencia de volumen excluye toda materialización, el icono traduce la presencia energética que no está localizada ni encerrada, sino que resplandece alrededor de su punto de condensación.

Esta teología litúrgica de la presencia, afirmada en el rito de la consagración, es la que distingue claramente el icono de un cuadro de tema religioso y traza la línea de separación entre ambos. Podemos decir que toda obra puramente estética se abre en tríptico, cuyas hojas están formadas por el artista, la obra y el espectador. El artista ejecuta su obra, juega con todo el conjunto de su genio y suscita una emoción admirable en el alma del espectador. El conjunto se cierra en el triángulo del inmanentismo estético. Y aunque la emoción pase al sentimiento religioso, éste sólo viene de la capacidad subjetiva del espectador al experimentarlo. Una obra de arte es para mirarla, y arrebata el alma; conmovedora y admirable en su cumbre, no tiene función litúrgica. Ahora bien, el aspecto sagrado del icono transciende el plano emotivo que actúa a través de la sensibilidad. Una cierta sequedad hierática intencionada y el despojamiento ascético de la ejecución lo oponen a todo lo que es suave, a todo embellecimiento y goce propiamente artísticos.

Mediante esta función litúrgica el icono rompe el triángulo estético y su inmanentismo; suscita no la emoción sino el sentido místico, el mysterium tremendum, ante la venida de un cuarto principio en relación con el triángulo de la parusía de lo Trascendente cuya presencia está atestada por el icono. El artista desaparece tras la Tradición que habla, los iconos casi nunca están firmados; la obra de arte deja sitio a una teofanía; todo espectador que busca un espectáculo, aquí se encuentra fuera de lugar; el hombre, cautivado por una revelación fulgurante, se prosterna en un acto de adoración y de oración...

...El icono descosifica, desmaterializa, aligera pero no desrealiza. El peso y la opacidad de la materia desaparecen, y líneas doradas, finas y apretadas, penetrantes como rayos de la energía deificante, espiritualizan los cuerpos. El homo terrenus se vuelve homo caelestis, ligero, ágil y alado. La desnudez se cubre y suprime el culto clásico del cuerpo bello. El cuerpo se viste, se esconde, el misterio de la transfiguración se adivina a través de los pliegues sobrios de los vestidos. La anatomía natural expresamente deformada, al igual que la aparente rigidez, no hacen más que subrayar el poder interior que los anima. Es el rostro que expresa el espíritu, es el hombre «interior» el que aflora y se encuentra representado. Unas desviaciones intencionadas y admirablemente medidas muestran el desapego hacía las formas terrestres. Vemos figuras delgadas y alargadas de una elegancia y gracia extremas. Los pies son demasiado pequeños, las piernas flacas y casi débiles; sobre cuerpos rígidos se levantan cabezas minúsculas y graciosas. Los cuerpos, de una esbeltez acentuada, y como flotando en el aire o fundidos en el oro etéreo de la luz divina, pierden su carácter carnal. Es un universo aparte, renovado, habitado por las energías divinas y seres con rostro de eternidad, un universo que se dilata sin límites en los espacios celestes del reino¨

http://www.temakel.com/iconos.htm
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El arte del icono
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