Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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Joselia
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Mensajes : 796
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MensajeTema: Comentarios al Padre nuestro   Jue Feb 06, 2014 2:52 pm

Comentarios al Padre nuestro de Tertuliano



I. TERTULIANO
(De orat. II, 1-7)

Padre nuestro que estás en los cielos


Con esta invocación oramos a Dios y proclamamos nuestra fe. Está escrito: «A quienes en él creyeron, les dio potestad de ser llamados hijos de Dios»1. Muy frecuentemente el Señor llamó a Dios nuestro Padre. Más aún, ordenó que no llamemos padre en la tierra, sino al que tenemos en el cielo2. Orando así, obedecemos, pues, a su precepto. ¡Dichosos los que conocen al Padre! Esto es lo que reprocha a Israel, cuando el Espíritu invoca el testimonio del cielo y de la tierra diciendo: «Engendré hijos, pero ellos no le conocieron»3. Por otra parte, llamándole Padre titulamos a Dios. Este, en efecto, es al mismo tiempo un título de piedad y de poder. Asimismo, en el Padre es invocado el Hijo. Pues El dijo: «Yo y el Padre somos una sola cosa»4. Ni siquiera es silenciada la madre iglesia, dado que en el Hijo y en el Padre se reconoce a la Madre, de la que recibe consistencia el nombre tanto del Padre como del Hijo. Con un titulo o vocablo, por tanto, honramos a Dios con los suyos, recordamos su precepto y reprochamos a quienes se olvidan del Padre.

1. Jn 1, 12.
2. Cf. Mt 23, 9
3. Is 1 2.
4. Jn 10 30.

(De orat. lll, 1-4)

Santificado sea tu Nombre


El nombre de «Dios Padre» no había sido revelado a nadie. Incluso quien (Moisés) preguntó cuál era, escuchó otro nombre1. A nosotros nos fue revelado en el Hijo. Pues antes del Hijo no existe el nombre del Padre: «Yo he venido, dijo, en nombre de mi Padre»2. Y de nuevo: «¡Padre, glorifica tu nombre!»3. Más claramente: «He manifestado tu nombre a los hombres»4. Pedimos, pues, que sea santificado (su nombre), no en el sentido de que convenga a los hombres desear bien a Dios, como si él fuese otro hombre a quien podemos desearle algo, que le faltaria, si no se lo deseamos. Es ciertamente justo que Dios sea bendecido en todo lugar y tiempo, a causa del reconocimiento de sus beneficios, que siempre le debe todo hombre. Y este papel desempeña la bendición. Por lo demás, ¿cómo no será por sí mismo santo y santificado el nombre de Dios, siendo él quien santifica a los demás? A él grita incesantemente el circunstante coro de los ángeles: «santo, santo, santo»5. De ahí que también nosotros, futuros (si lo merecemos) compañeros de los ángeles, aprendamos ya aquí aquella celeste alabanza a Dios así como el deber de la gloria futura. Esto, por cuanto se refiere a la alabanza tributada a Dios. Relacionado con nuestra petición, cuando decimos: «santificado sea tu nombre» pedimos que sea santificado en nosotros, que estamos en él, así como en todos los demás hombres, a quienes espera aún la gracia de Dios. Y esto, a fin de que mediante este precepto aprendamos a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. De ahí que al decir: «sea santificado tu nombre», sin añadir «en nosotros», decimos «en todos».

1. Cf. EX 3, 1314.
2. Jn 5, 43.
3. Jn 12, 28.
4. Jn 17, 6.
5. Is 6, 3; Ap 4, 8.

(De orat. V. 1-4)

Venga tu reinado


«Venga tu reinado» se relaciona con «hágase tu voluntad», es decir, en nosotros. Pues ¿cuándo no reina Dios, «en cuya mano está el corazón de todos los reyes»?1 Pero cualquiera cosa que nos deseamos lo referimos a él, y le atribuimos lo que de él esperamos. Así, pues, si la realización del reino del Señor se
relaciona con la voluntad de Dios y a nuestro final, ¿cómo es que algunos piden un reino prolongado en este mundo, siendo así que el reino de Dios—cuya venida suplicamos—tiende a la consumación del mundo? Pedimos reinar cuanto antes y no servir más tiempo. Y, aunque no se nos ordenase pedir la venida del reino, lo habríamos hecho apremiados por realizar nuestra esperanza. Las almas de los mártires claman al Señor bajo el altar: «¿Hasta cuándo, Señor, no vengarás nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?»2. Pues sólo al final de los tiempos tendrá lugar su venganza. «¡Qué venga cuanto antes tu reino, Señor!», es objeto del deseo de los cristianos, de la confusión de las naciones (paganas), del gozo de los ángeles, aquello por lo que sufrimos y, sobre todo, por lo que oramos.

1. Prov 21, 1.
2. Ap 6, 10.


(De orat. IV, 1-5)

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo


Pedimos que «se haga tu voluntad así en la tierra como en el cielo», no en el sentido de que alguien puede oponerse a que se haga la voluntad de Dios y le deseemos éxito en el cumplimiento de su voluntad; pedimos más bien que ésta se haga en todas las cosas. «Cielo y tierra» puede interpretarse de modo figurado «carne y espíritu». Pero, aun entendido literalmente, el sentido de esta petición no cambia: que la voluntad de Dios se cumpla en nosotros sobre la tierra, a fin de que también pueda cumplirse (en nosotros) en el cielo. Mas, ¿qué otra cosa quiere Dios de nosotros, sino que caminemos según sus preceptos? Pedimos, pues, que nos otorgue la sustancia y riqueza de su voluntad, para que seamos salvos en el cielo y en la tierra1, pues el compendio de su voluntad es la salvación de todos los que adoptó como hijos suyos.
Esta es la voluntad de Dios, realizada por el Señor predicando, obrando, sufriendo2. Pues si él mismo afirmó no hacer su voluntad sino la del Padre, hizo sin duda la voluntad del Padre, a cuyo modelo nos estimula, para que la cumplamos predicando, obrando y sufriendo hasta la muerte, para lo que necesitamos del auxilio de Dios. Asimismo, suplicando «hágase tu voluntad», deseamos un bien a nosotros mismos, pues no puede haber mal alguno en la voluntad de Dios, aun cuando se debe sufrir alguna adversidad a causa de los méritos. Con esto nos preparamos para el sufrimiento, pues también el Señor quiso manifestar la debilidad de la carne en su carne, ante la inminencia de su pasión: «Padre, dijo, aparta de mí este cáliz»; y, tras reflexionar, añadió: «pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»3. El mismo era la voluntad y el poder del Padre, entregándose, sin embargo, a la voluntad del Padre, para manifestar el reconocimiento que se le debía.

1. Cf. 1 Ts 4, 5. , 9.
2. Jn 4.34; 5.30; 6,38; Hb 10,9
3. Lc 22, 42 par.

(De orat. VI 1-4)

El pan nuestro de cada día dánosle hoy


¡Qué elegantemente dispuso la sabiduría divina el orden de esta oración, colocando, tras las peticiones que se refieren a las cosas celestiales—el nombre, la voluntad y el reino de Dios—, aquellas relativas a nuestras necesidades terrenas! Pues el Señor había dicho: Buscad primero el reino de Dios y todo lo demás se os dará por adidura»1. De modo espiritual, sin embargo, debemos entender: «danos hoy nuestro pan de cada día», dado que Cristo es «nuestro pan» porque Cristo es vida y, siendo vida, es pan. «Yo soy el pan de la vida»2, dijo; y un poco antes: «pan es la palabra del Dios vivo, que bajó del cielo»3. También afirmó, para mostrar que su cuerpo es considerado pan: «esto es mi cuerpo»4. Pidiendo «nuestro pan de cada dia», suplicamos, pues, vivir siempre unidos a Cristo e indisolublemente ligados a su cuerpo. La interpretación literal de esta petición, sin embargo, puede estar de acuerdo con la fe religiosa y la disciplina espiritual. Pues prescribe pedir el pan, la sola cosa necesaria a los fieles, preocupándose de lo demás los paganos5. Es lo que (el Señor) inculca con ejemplos y corrobora con parábolas, cuando dice: «¿Acaso un padre quita el pan a los hijos, para darlo a los perros?»6; asimismo: «¿acaso al hijo que pide pan, le dará (el padre) una piedra?»7. Muestra, pues, lo que los hijos esperan de su padre. También pedía pan aquel amigo que de noche llamaba a la puerta8. Con razón, sin embargo, añade: «dánosle hoy», quien había prevenido: «No os afanéis por vuestro alimento de mañana»9. Y para esta enseñanza propuso también la parábola de aquél, que, tras una rica cosecha, ideó ampliar sus graneros para asegurarse larga vida, cuando había de morir aquella misma noche10.

1. Mt 6, 33.
2. Jn 6, 35.
3. Jn 6, 33.
4. Mt 26, 26 par.
5. Mt 6, 31-32.
6. Mt 15, 26 = Mc 7, 27.
7. Mt 7, 9 = Lc 11, 11.
8. Lc 11,5.
9. Mt 6, 25.34.
10. Cf. Lc 12, 16-21.

(De orat. V11 1-3)

Perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros hemos perdonado
a nuestros deudores

Era lógico que, tras haber considerado la generosidad de Dios, supliquemos también a su clemencia. Pues ¿qué aprovecharía el alimento, si en realidad no nos hacen otra cosa que a un toro destinado al matadero? El Señor sabía ser el único sin pecado1. Por eso nos enseña que pidamos: «perdónanos nuestras deudas». Confesión de los pecados es la petición del perdón, pues quien pide perdón confiesa el pecado. Lo que muestra también cuán aceptable sea la penitencia a Dios, el cual la prefiere a la muerte del pecador2. Ahora bien, la «deuda» es en las Escrituras imagen del pecado, por cuanto que quien debe algo contrae una deuda con el juez, siendo exigida por éste su paga a no ser que sea perdonada, como el señor perdonó la deuda a aquel siervo3. Pues esta doctrina inculca toda la parábola4; porque el siervo, perdonado por su señor, no ha perdonado a su vez a un deudor suyo y, acusado por esto a su señor, fue entregado al verdugo hasta pagar el último céntimo, es decir, su más mínima deuda, ilustra lo que decimos: que «también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Algo formulado en otra parte bajo forma de oración: «perdonad —dijo—y se os perdonará5. También respondió a Pedro, que le interrogó si se debía perdonar al hermano siete veces: «¡Más bien setenta veces siete!»6. Y esto, para perfeccionar la revelación veterotestamentaria, la cual exige que Caín sea vengado siete veces, pero Lamec setenta veces siete7.

1. Jn 8, 46.
2. Cf. Ez 33, 11.
3. Mt 18, 27.
4. Mt 18, 23-35.
5. Lc 6 37.
6. Mt 18, 21-22.
7. Cf Gn 4, 15.24.

(De orat. VIII 1-15)

Y haz que no sucumbamos a la tentación


Esta oración tan concisa encuentra su lograda conclusión en la súplica que pide no sólo el perdón, sino también el total alejamiento del pecado: «no nos lleves  (=inducas) a la tentación», es decir: no permitas que seamos llevados (induci) por el tentador. En modo alguno debe entenderse (esta petición) en el sentido de que Dios tienta1, como si ignorase la fe de uno o intentase sofocarla. Sólo al diablo pertenecen debilidad y malicia. Pues aun a Abrahán se le ordenó sacrificar a su hijo, no para tentar su fe sino para ponerla a prueba2, para hacer de él un ejemplo del precepto, que luego habría de dar: Dios debe ser preferido a lo que nos es más querido. El mismo, tentado por el diablo3, desveló al jefe y artífice de la tentación. Lo que confirma, cuando dice: «orad, para no entrar en tentación»4. De tal modo fueron tentados a abandonar al Señor, que prefirieron ceder al sueño antes que orar. La petición final: «mas líbranos del mal» interpreta el significado de la que suplica: «no nos lleves a la tentación».

1. Cf. Sant 1, 13.
2. Gén 22, 1-18.
3. Mt 4, 1-10 par.
4. Lc 22, 46.
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Joselia
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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Jue Feb 13, 2014 3:05 pm

Tratado sobre el Padre nuestro de San Cipriano de Cartago (205-258)

                      Los cristianos son hijos de Dios, y se juntan para rezar:

             Ante todo no quiso el Doctor de la paz y Maestro de la unidad que orara cada uno por sí y privadamente, de modo que cada uno, cuando ora, ruegue sólo por sí. No decimos «Padre mío, que estás en los cielos», ni «el pan mío dame hoy», ni pide cada uno que se le perdone a él solo su deuda o que no sea dejado en la tentación y librado de mal. Es pública y común nuestra oración, y, cuando oramos, no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo, porque todo el pueblo forma una sola cosa.                         El Dios de la paz, que nos enseña la concordia y la unidad, quiso que uno solo orase por todos, como Él llevó a todos en sí solo. Esta ley de la oración observaron los tres jóvenes encerrados en el horno, puesto que oraron a una y unánimes y concordes en el espíritu. Nos lo atestigua la palabra de la Sagrada Escritura, y, cuando refiere cómo oraron éstos, nos propone un ejemplo a la vez para imitarlo en nuestras oraciones, de modo que seamos semejantes a ellos: Entonces, dice, los tres como con una sola boca cantaban un himno y bendecían al Señor. Hablaban como por una sola boca, y eso que todavía no había enseñado Cristo a orar. Y por lo mismo fue su oración tan poderosa y eficaz, pues no podía menos de merecer del Señor aquella súplica tan unida y espiritual. Así también vemos que oraron los apóstoles junto con los discípulos a raíz de la ascensión del Señor: Perseveraban, dice, todos unánimes en la oración junto con las mujeres y con María, que era la madre de Jesús, y sus hermanos. Esta perseverancia en unanimidad de oración daba a entender el fervor, a la vez que la concordia de su oración, porque Dios, que hace que habiten unidos en la casa, no admite en su morada eterna del cielo más que a los que se unen en la oración.
             Pero ¡qué misterios, hermanos amadísimos, se encierran en la oración del Padre nuestro! ¡Cuántos y cuán grandes, recogidos en resumen, pero especialmente fecundos por su eficacia, de tal manera que no ha dejado nada que no esté comprendido en esta breve fórmula llena de doctrina celestial! Así, dice, debéis orar: Padre nuestro, que estás en los cielos: «Padre», dice en primer lugar el hombre nuevo, regenerado y restituido a su Dios por la gracia, porque ya ha empezado a ser hijo. Vino a los suyos dice, y los suyos no lo recibieron. A cuantos lo recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre. El que, por tanto, ha creído en su nombre y se ha hecho hijo de Dios, debe empezar por eso a dar gracias y hacer profesión de hijo de Dios, puesto que llama Padre a Dios, que está en los cielos (...)
             ¡Cuán grande es la clemencia del Señor, cuán grande la difusión de su gracia y bondad, pues que quiso que orásemos frecuentemente en presencia de Dios y le llamemos Padre; y así como Cristo es Hijo de Dios, así nos llamemos nosotros hijos de Dios! Ninguno de nosotros osaría pronunciar tal nombre en la oración si no nos lo hubiese permitido Él mismo. Hemos de acordarnos, por tanto, hermanos amadísimos, y saber que, cuando llamamos Padre a Dios, es consecuencia que obremos como hijos de Dios, con el fin de que, así como nosotros nos honramos con tenerle por Padre, Él pueda honrarse de nosotros. Hemos de portarnos como templos de Dios, para que sea una prueba de que habita en nosotros el Señor y no desdigan nuestros actos del espíritu recibido, de modo que los que hemos empezado a ser celestiales y espirituales no pensemos y obremos más que cosas espirituales y celestiales, porque el mismo Señor y Dios ha dicho: Glorificaré a los que me glorifican, y será despreciado el que me desprecia. También el santo Apóstol consignó en una de sus cartas: No sois dueños de vosotros, pues habéis sido comprados a gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

(8; 9a; 11; BAC 241, 204-209)



        Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo:

             Añadimos después esto: «Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios quiere.                      Pues ¿quién puede estorbar a  Dios de que haga lo que quiera? Pero porque a nosotros se nos opone el diablo para que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios; y para que se cumpla en nosotros, necesitamos de esa misma voluntad, es decir, de su ayuda y protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas,sino por la bondad y misericordia de Dios. En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: Padre, si puede ser, que pase de mí este cáliz, y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente:
             Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres. Y en otro pasaje dice: No bajé del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Por lo cual, si el Hijo obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de sus epístolas Juan a cumplir la voluntad de Dios, diciendo: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo.
             Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne y concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo; y el mundo pasará y su concupiscencia, mas el que cumpliere la voluntad de Dios permanecerá para siempre, como Dios permanece eternamente. Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno.
             La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco Él antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firmeza con la que le confesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre.
             Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu, se cumpla su voluntad. Pues hay lucha entre la carne y el espíritu y cotidiana guerra, de modo que no hacemos lo que queremos, ya que el espíritu va tras lo celestial y divino, mas la carne se siente arrastrada a lo terreno y temporal. Y por eso pedimos que haya paz entre estos dos adversarios con la ayuda y auxilio de Dios, a fin de que, si se cumple la voluntad de Dios en el espíritu y en la carne, el alma, que ha renacido por Él, se salve. Es lo que pone de manifiesto y declara abiertamente el apóstol Pablo: La carne, dice, apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; estos dos son adversarios el uno contra el otro, por manera que no hacéis lo que queréis. Bien conocidas son las obras de la carne, cuales son los adulterios, fornicaciones, impurezas, torpezas, idolatrías, envenenamientos, homicidios, enemistades, altercados, rivalidades, animosidades, provocaciones, riñas, desavenencias, herejías, envidias, embriagueces, comilonas y otros vicios semejantes; los que tales cosas cometen no poseerán el reino de Dios. Al contrario, los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, magnanimidad, bondad, lealtad, mansedumbre, continencia, castidad. Por eso debemos pedir con cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra: porque ésta es la voluntad de Dios, que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y divino.
             También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que, puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama Él a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos y llueve sobre justos e injustos, con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu.

(14-17; BAC 241, 210-213)

**************************

(Sobre la oración dominical, 18-21)

Continuando el «padrenuestro» pedimos y decimos: «el pan nuestro cotidiano dánosle hoy». Esto puede interpretarse espiritual o literalmente, porque ambos sentidos aprovechan para la salud del alma; en efecto, «el pan de vida» es Cristo y este pan no es de todos, sino nuestro. Y al modo que decimos «Padre nuestro», porque lo es de los creyentes y de los que le conocen, así le llamamos también «pan nuestro», porque Cristo es el pan de los que tomamos su cuerpo. Este es el pan que pedimos nos dé «cada día», no sea que los que estamos en Cristo y recibimos diariamente la eucaristía del pan celestial por algún delito grave nos veamos separados del cuerpo de Cristo, como declara y dice él mismo: «Yo soy el pan de vida, que bajó del cielo; si alguno comiere de mi pan, vivirá eternamente; y el pan, que yo diere, es mi carne para la vida del mundo» Jn 6, 51. Cuando declara, por tanto, que vive eternamente el que comiere de ese pan, es claro que los que viven son los que toman su cuerpo y reciben la eucaristía por derecho de participación. Al contrario, es de temer que, si uno queda excluido y separado del cuerpo de Cristo, no vaya a alejarse de la vida; y por ello se ha de rogar, ya que amenaza Cristo con estas palabras: «Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros» Jn 6, 53.
Por lo mismo pedimos cada día que se nos dé «nuestro pan», esto es, Cristo, a fin que los que permanecemos y vivimos en Cristo, nunca nos separemos de su santificación ni de su cuerpo.
Empero, también puede entenderse en el sentido de que los que hemos renunciado al mundo y rechazado las riquezas y pompas a cambio del don espiritual que recibimos por la fe, sólo debemos pedir el alimento y sustento, ya que nos lo advierte el Señor con estas palabras: «El que no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo» Lc 14, 33. Ahora bien, el que empieza a ser discípulo de Cristo, conforme al aviso de su Maestro, renunciando a todo, debe pedir el alimento diario, sin extender a más sus deseos y petición; porque en otro lugar prescribe el Señor lo siguiente: «¡No penséis en el día de mañana, pues el día de mañana él pensará para si! ¡basta a cada día su malicia!» Mt 6. 34. Con razón, por tanto, pide el discípulo de Cristo el alimento del día, ya que se le prohíbe pensar en el mañana; pues sería contradictorio y repugnante querer vivir largo tiempo en este mundo, dado que rogamos por la venida del reino de Dios cuanto antes. Lo mismo avisa el santo apóstol, para fortalecer la firmeza de nuestra fe y esperanza: «Nada hemos traído a este mundo, ni tampoco podemos sacar de él; así que, teniendo alimento y vestido, debemos contentarnos con esto. Mas los que quieren ser ricos, caen en la tentación y trampa y muchos malos deseos, que hunden al hombre en la perdición y muerte; pues la raíz de todo mal es la codicia, siguiendo la cual, algunos naufragaron en la fe y se enredaron en muchos trabajos» 1 Tm 6, 7-10.
Nos enseña no sólo a menospreciar las riquezas, sino también a considerarlas como peligrosas, pues que en ellas está la raíz de los vicios 1 Tm 6, 10, que halagan y engañan al entendimiento humano con falsas apariencias. Por eso reprende Dios a aquel rico necio, que sólo pensaba en las riquezas temporales y se vanagloriaba de la abundancia de sus frutos, diciéndole: «¡Necio!, esta misma noche se te arrancará la vida; ¿de quién será, pues, lo que atesoraste?» Lc 12, 20. El necio se saboreaba en su opulencia, habiendo de morir aquella noche; y aquél, a quien iba a faltarle ya la vida, pensaba en aumentar sus recursos. Por el contrario, enseña el Señor que es perfecto y acabado aquél que, después de vender todos sus bienes y distribuirlos entre los pobres, esconde su tesoro en el cielo Cf Mt 19, 16-22. Aquél, dice, puede seguirle e imitar su gloriosa pasión, ya que, desembarazado, no se deja enredar por los lazos de los bienes familiares, sino, libre y suelto, sigue él tras los tesoros que ha enviado por delante al Señor. A fin que cada uno de nosotros pueda prepararse para este desprendimiento, debe aprender a orar, y conocer por el tenor de la oración cómo debe ser ésta. Ni puede faltar el alimento cotidiano al justo, estando como está escrito: «No matará de hambre el Señor al hombre justo» Prov 10, 3; y en otro pasaje: «Fui joven y envejecí y nunca vi desamparado al justo, ni a su descendencia falta de pan Sal 36. 25; y también promete el Señor cuando dice: «No penséis ni digáis qué comeremos, o qué beberemos, o de qué nos vestiremos. Esto ya les preocupa a los gentiles. Sabe bien vuestro Padre que necesitáis de estas cosas.
Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y de todo esto se os proveerá» Mt 6. 21-33. Promete, pues el Señor a los que buscan el reino y justicia de Dios que se les dará todo. Y, en efecto, siendo todo de Dios, a quien tiene a Dios nada le faltará, si él no falta a Dios. Así se explica que a Daniel, encerrado en la cueva de los leones por orden del rey, se le provea milagrosamente de comida y sea alimentado hallándose entre fieras hambrientas, pero no voraces con él Cf. Dan 14, 31-39. Lo mismo sucedió a Elías, que es alimentado en su fuga en el desierto por cuervos, que le sirven y le llevan el alimento mientras es perseguido Cf. 1 Re 19, 4-8. Y, ¡oh detestable crueldad de la malicia humana!: las fieras perdonan, las aves sustentan y, en cambio, los hombres acechan y se ensañan.

(Sobre la oración dominical, 22-24)

Después de esto, también rogamos por nuestros pecados con estas palabras: «y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» Tras el socorro del alimento se pide el perdón del pecado, para que el que es alimentado por Dios viva en Dios y no sólo mire por la vida presente y temporal, sino por la eterna, a la que puede llegarse con tal que se perdonen los pecados, que el Señor llama deudas, como dice en su evangelio:
«Te perdoné todo el pecado porque me lo rogaste» Mt 18, 32. ¡Cuán necesaria, cuán previsora y saludablemente somos avisados de que somos pecadores, que nos vemos obligados a rogar por nuestros pecados, para que, al pedir a Dios perdón, uno tenga conciencia de su pecado! Y para que nadie se pague de su inocencia y no se pierda por su ensoberbecimiento, se nos avisa y enseña que pecamos todos los días, por lo mismo que se manda orar todos los días por nuestros pecados. En fin, también Juan nos advierte en una de sus cartas de esta manera: «Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros. Mas, si reconociéremos nuestros pecados, el Señor es leal y justo para perdonarnos los pecados» 1 Jn 1, 8-9. En esta carta ha incluido los dos extremos: que debemos rogar por los pecados y que, rogando, alcanzaremos el perdón. Por eso afirmó que Dios es fiel para perdonar los pecados y guarda la palabra de su promesa, porque quien nos enseñó a orar por nuestras deudas y pecados, prometió la misericordia de Padre y el perdón que le seguiría.
Claramente añadió la ley (evangélica), para constreñir con una condición y promesa fija, que debemos pedir se nos perdonen las deudas en la medida que nosotros perdonamos a nuestros deudores, debiendo saber que no puede lograrse lo que pedimos por nuestros pecados si no hiciéramos otro tanto con los que han pecado contra nosotros. Por eso dice en otra parte: «Se os medirá con la misma medida con que hubiereis medido»Mt 7, 2. Y aquel criado que no quiso condonar a su compañero, después de haberle condonado a él toda la deuda su amo, es metido en la cárcel y, por no querer hacer gracia a su compañero, perdió la que su señor le había hecho a él Cf. Mt 18, 23-35. Todo esto lo ordena Cristo con mayor vigor y energía: «Cuando estuviereis en oración, perdonad lo que tuviereis contra alguno, para que vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestros pecados» Mc 11, 23. No te queda ninguna excusa en el día del juicio, pues serás juzgado por tu misma sentencia y serás tratado como tú tratares. Dios manda que vivamos en paz y concordia de sentimientos en su casa, y que perseveremos una vez regenerados, tales cuales nos reformó en el segundo nacimiento, de modo que continuemos en la paz de Dios los que empezamos a ser hijos de Dios; y deben tener un solo querer y sentimiento los que están animados de un mismo espíritu.
Por eso tampoco Dios acepta el sacrificio de quien está en discordia, y le manda que antes se retire del altar a reconciliarse con su hermano Mt 18, 23-24, para que pueda aplacar a Dios con preces de un corazón pacífico. El mejor sacrificio para Dios es nuestra paz y concordia fraternas y un pueblo unido, como están unidos el Padre, el Hijo y el Espíritu santo.
Asimismo, en los sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, por primera vez, Dios miraba más que a las ofrendas al corazón, de modo que lograba su aceptación de la ofrenda el que agradaba por su intención Gén 4, 3-7. El pacífico y justo Abel, cuando sacrifica con rectitud de miras, enseña a todos que, cuando hacen sus ofrendas en el altar, hay que acercarse con temor de Dios, con sinceridad, con justicia y con concordia. Aquel hombre que ofrecía a Dios con tal voluntad, con razón vino a ser él mismo después ofrenda sacrificada a Dios Gén 4, 8- 10, de modo que, encabezando el primero la legión de mártires, diese principio con el brillo de su sangre a la pasión del Señor el que abundaba en la justicia y paz del Señor.
Estos hombres serán coronados por el Señor, éstos serán vengados en el día del juicio por el mismo Señor. Por el contrario, los pendencieros y desavenidos y los que no están en paz con sus hermanos, según lo que nos certifica el santo Apóstol y la Sagrada Escritura, ni aun cuando fueren sacrificados por el nombre de Cristo podrán evadirse de la acusación de dividir a los hermanos; porque, como está escrito: «El que aborrece a su hermano es un homicida 1 Jn 3, 15a. y el homicida no puede lograr el reino de los cielos ni vivir con Dios Cf. 1 Jn 3, 15b. ¡No puede estar con Cristo el que prefirió imitar a Judas antes que a Cristo! ¿Qué pecado no será el que no puede borrarse ni con el bautismo de sangre? ¿qué pecado no será el que no puede expiarse ni con el martirio?

(Sobre la oración dominical 25)

También nos advierte el Señor como cosa necesaria que digamos en la oración del padrenuestro: «Y no permitas que seamos llevados (induci) a la tentación». Con estas palabras se nos da a entender que el enemigo no puede nada contra nosotros si Dios no lo permitiere para que todo nuestro temor, nuestra entrega y sumisión se concentren en solo Dios, ya que nada puede el malo en las tentaciones que nos levanta, si no se lo concede el Señor. La prueba nos la da la Sagrada Escritura cuando dice: «Vino a Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la atacaba; y la entregó el Señor en su mano» 2 Re 24, 11 = Dan 1, 1-2.
Se da poderío al maligno contra nosotros según nuestros pecados como está escrito: «¿Quién entregó al pillaje a Jacob e Israel en manos de los que hacían presa de él? ¿Por ventura no fue Dios, contra el que pecaron y en cuyos caminos no querían seguir ni cuya ley no querían oir, y descargó sobre ellos la ira de
su indignación?» Is 42, 24-25. Y en otro mensaje, cuando pecó Salomón y se apartó de los preceptos y caminos del Señor, está consignado: «y despertó el Señor a Satanás contra el mismo Salomón»1 Re 11, 23.
Se le concede contra nosotros un doble poder: o para castigarnos cuando pecamos, o para nuestro mérito, cuando se nos pone a prueba; así vemos sucedió con Job, según declaración del mismo Dios: «He aquí que pongo en tus manos todo lo que tiene, pero guárdate de tocar su persona» Job 1, 12. Y en el evangelio habla el Señor durante su pasión: «No tendrías contra mí ningún poder si no se te hubiere dado de arriba» Jn 19, 11.
Mas cuando rogamos que no caigamos en la tentación, entonces se nos avisa de nuestra debilidad, pues pedimos que nadie se ensoberbezca con insolencia, que nadie se deje llevar de altanería y jactancia, que nadie se arrogue la gloria de su confesión o martirio, porque el mismo Señor nos enseña la humildad, cuando dice: «Velad y orad para que no caigáis en la tentación; el espíritu, efectivamente, está pronto, pero la carne es flaca» Mt 26, 41; con el fin de que, cuando precede un reconocimiento humilde y sumiso y se atribuye todo a Dios, todo lo que se le pide con temor y respeto nos lo conceda su piedad.

(Sobre la oración dominical, 27)

Después de todo esto, al fin del padrenuestro viene una cláusula que contiene en compendio todas nuestras peticiones y súplicas. Al fin, pues, decimos: «mas líbranos del mal», con la que abarcamos todos los males, que maquina contra nosotros en este mundo el enemigo, contra los cuales podemos estar confiados y firmes si Dios nos libra, si nos concede su ayuda ante nuestros ruegos y súplicas. Cuando decimos, pues, «líbranos del mal» nada queda ya por pedir, puesto que de una vez pedimos la protección de Dios contra todo mal; y, obtenido ésta, estamos seguros y a cubierto frente a todo lo que puedan tramar el diablo y el mundo. ¿Quién, pues, puede tener miedo del mundo, si Dios le ampara en el mundo?


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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Jue Feb 13, 2014 3:07 pm

PADRE NUESTRO SEGÚN EL HESICASMO

Comienza así la oración: Padre nuestro que estás en los cielos; en el libro que acabáis de leer, estas palabras significan que hay que amar fraternalmente a nuestro prójimo, por ser todos hijos de un mismo Padre. Y esto es muy cierto, pero los Padres ponen a estas palabras un comentario más espiritual, y dicen que cuando se pronuncian estas palabras hay que levantar el espíritu hacia el Padre celestial y recordar la obligación de estar en todo momento en la presencia de Dios. Las palabras: santificado sea tu nombre se explican en este libro por el cuidado que hay que tener en no invocar en vano el nombre del Señor; mas los comentadores místicos ven en ellas la petición de la oración interior del corazón, es decir que para que el nombre de Dios sea santificado, es preciso que se grave en el interior del corazón y que por la oración perpetua santifique e ilumine todos los sentimientos y todas las fuerzas del alma. Las palabras venga a nos el tu reino son explicadas así por los Padres: Que vengan a nuestros corazones la paz interior, el descanso y la alegría espiritual. En el libro se dice que las palabras: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, se refieren a las necesidades de nuestra vida corporal, y a las cosas necesarias para correr en auxilio de nuestro prójimo. Pero Máximo el Confesor entiende por el pan cotidiano el pan celestial que alimenta al alma, es decir la Palabra de Dios y la unión del alma con Dios por la contemplación y la oración continua en el interior del corazón.

Relatos de un peregrino ruso - Capítulo cuarto

En la unión con Dios está mí bien. Pongo en el Señor toda mi esperanza.
(Sal. LXXIII, 28.)



'Quien ofrece místicamente culto a Dios por medio de la sola potencia racional, separado de la concupiscencia y de la ira, ése ha cumplido la voluntad divina sobre la tierra, así como lo hacen las órdenes angélicas en el cielo. Se ha hecho en todo igual a los ángeles en su culto y vida, como dice el gran Apóstol en alguna parte: Nuestra ciudadanía está en el cielo (Filipenses 3:20), donde no hay concupiscencia para relajar el vigor del intelecto por medio del placer, ni la ira furiosa, que ladra indecentemente al semejante, sino la sola razón que conduce naturalmente a los seres racionales al primer Principio. Sólo de esta razón se alegra Dios, y [esto] pide de nosotros, sus siervos. Y muestra esto diciendo al gran David: ¿ Qué hay para mí en el cielo, y aparte de ti, qué deseo en la tierra? (Salmos 72:25). Nada es ofrecido a Dios en el cielo por sus santos ángeles, salvo el culto racional; esa adoración que Él espera de nosotros enseñándonos a decir cuando oramos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.' ( San Máximo el Confesor, interpretación del Padre Nuestro)

“Esta oración contiene la solicitud de todo lo que causó con su Kénosis (vaciamiento) durante la encarnación del Logos de Dios, y nos enseña a buscar y desear aquellos bienes, los cuales sólo Dios Padre, mediante la intervención natural del Hijo, concede verdaderamente por el Espíritu Santo”. Estos regalos son siete: ” Teología, adopción como hijos de Dios por la increada energía Jaris, igualdad con los ángeles, participación en la Vida Eterna, restablecimiento de nuestra naturaleza que vive sin pasiones, emociones, apegos hacia si mismo, abolición de la ley del pecado, y anulación de la tiranía del malvado astuto que dominó en nosotros por engaño” ( San Máximo el Confesor, interpretación del Padre Nuestro).

En el primer pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente «divinizado» por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso ser como Dios (Gn 3,15), pero «sin Dios, antes que Dios y no según Dios» (San Máximo el Confesor).

********

La muerte devoró aquel Cuerpo crucificado, pero en él estaba contenida la plenitud de la divinidad, el germen de Vida verdadera y fue la muerte “la primera sorprendida”, pues mordió vida incorruptible, y quedó herida de muerte. Es una interpretación muy querida, especialmente por la patrística oriental:

“Realizada la destrucción de la tiranía del maligno que nos dominaba por el engaño, venciendo la carne vencida en Adán, volviendo el arma contra el maligno, para mostrar que la carne, que había sido capturada primero por la muerte, captura al que la había capturado y destruye su vida por la muerte natural. Y la carne, hecha para él veneno, por una parte, a fin de hacerlo vomitar a todos los que él había tragado (en tanto detentaba el dominio de la muerte), ella llegó a ser, por otra parte, vida para el género humano, como la levadura que hace fermentar la naturaleza para una resurrección de vida” (S. Máximo el Confesor, Interpretación del Padrenuestro).

"Cristo nace siempre místicamente en el alma, tomando carne de aquellos que se salvan y haciendo del alma que lo engendra una madre virgen" (Máximo Confesor, Comentario al Padrenuestro).

«Por tu nombre, Señor, no nos abandones para siempre, no rompas tu alianza y no alejes de nosotros tu misericordia (cf. Dn 3,34-35) por tu piedad, oh Padre nuestro que estás en los cielos, por la compasión de tu Hijo unigénito y por la misericordia de tu Santo Espíritu... No desoigas nuestra súplica, oh Señor, y no nos abandones para siempre. No confiamos en nuestras obras de justicia, sino en tu piedad, mediante la cual conservas nuestro linaje... No mires nuestra indignidad; antes bien, ten compasión de nosotros según tu gran piedad, y según la plenitud de tu misericordia borra nuestros pecados, para que sin condena nos presentemos ante tu santa gloria y seamos considerados dignos de la protección de tu Hijo unigénito».

«Sí, oh Señor, Dios todopoderoso, escucha nuestra súplica, pues no reconocemos a ningún otro fuera de ti»

San Máximo el Confesor - Discurso ascético (37-39)


********


Para que la muerte quede muerta en nosotros, tenemos el Pan de la vida (“el que coma de este pan vivirá para siempre”, Jn 6,51) y con razón se denomina a la Eucaristía “medicina de inmortalidad, antídoto contra la muerte” (S. Ignacio de Antioquía, Ad Eph., XX,2) en contraposición al veneno de la muerte.


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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Jue Feb 13, 2014 3:10 pm

Paráfrasis del Padrenuestro (San Francisco de Asís)




¡Santísimo PADRE NUESTRO: creador, redentor, consolador y salvador nuestro!

QUE ESTÁS EN LOS CIELOS: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para conocer, porque tú, Señor, eres la luz; inflamándolos para amar, porque tú, Señor, eres el amor; habitando en ellos y colmándolos para gozar, porque tú, Señor, eres el bien sumo, eterno, de quien todo bien procede, sin quien no hay bien alguno.

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE: clarificada sea en nosotros tu noticia, para que conozcamos cuál es la anchura de tus beneficios, la largura de tus promesas, la altura de la majestad y la hondura de los juicios (Ef 3,18).

VENGA A NOSOTROS TU REINO: para que reines tú en nosotros por la gracia y nos hagas llegar a tu reino, donde se halla la visión manifiesta de ti, el perfecto amor a ti, tu dichosa compañía, la fruición de ti por siempre.

HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EN EL CIELO, TAMBIÉN EN LA TIERRA: para que te amemos con todo el corazón (cf. Lc 10,27), pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio, no de otra cosa, sino del amor a ti; y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según podamos, a tu amor, alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros y compadeciéndolos en los males y no ofendiendo a nadie (cf. 2 Cor 6,3).

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo,

DÁNOSLE HOY: para que recordemos, comprendamos y veneremos el amor que nos tuvo y cuanto por nosotros dijo, hizo y padeció.

Y PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos.

Así COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES: y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que plenamente lo perdonemos, para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf. lTes 5,15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo.

Y NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN: oculta o manifiesta, imprevista o insistente.

MAS LÍBRANOS DEL MAL: pasado, presente y futuro. Gloria al Padre...
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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Miér Feb 26, 2014 7:38 pm



ORÍGENES
(Sobre la oración, XXII, 1-XXlll, 5)

Seria digno de observar, si en el antiguo testamento se encuentra una oración en la que alguien invoca a Dios como Padre; porque nosotros hasta el presente no la hemos encontrado, a pesar de haberla buscado con todo interés. Y no decimos que Dios no haya sido llamado con el titulo de Padre, o que los que han creído en él no hayan sido llamados hijos de Dios; sino que por ninguna parte hemos encontrado en una plegaria esa confianza proclamada por el Salvador de invocar a Dios como Padre. Por lo demás, que Dios es llamado Padre e hijos los que se atuvieron a la palabra divina, se puede constatar en muchos pasajes veterotestamentarios. Así: «Dejaste a Dios que te engendró, y diste al olvido a Dios que te alimentó»Dt 32, 18; y poco antes: «¿No es él el padre que te crió, el que por si mismo te hizo y te formó?» Dt 32, 6, y todavía en el mismo pasaje: «Son hijos sin fidelidad alguna» Dt 32, 20. Y en Isaías: «Yo he criado hijos y los he enaltecido, pero ellos me han despreciado Is 1,2. Y en Malaquias: «El hijo honrará a su padre y el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honra?» Mal 1, 6.

Aunque en todos estos textos Dios sea llamado Padre, e hijos aquellos que fueron engendrados por la palabra de la fe en él, no se encuentra, sin embargo, en la antigüedad una afirmación clara e indefectible de esta filiación. Y así los mismos lugares aducidos muestran que eran realmente súbditos los que se llamaban hijos. Ya que, según el apóstol, «mientras el heredero es menor, siendo el dueño de todo, no difiere del siervo; sino que está bajo tutores y encargados hasta la fecha señalada por el padre» Gál 4, 1. Mas la plenitud de los tiempos llegó con la venida de nuestro señor Jesucristo, cuando puede recibirse libremente la adopción, como enseña san Pablo cuando afirma que «¡habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: Abbá, Padre!» Rom 8, 15. Y en el evangelio de san Juan leemos: «Mas a cuantos lo recibieron les dio poder para llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre» Jn 1, 12. Y por este espíritu de adopción de hijos sabemos [...], que «todo el que ha nacido de Dios no peca, porque la simiente de Dios está en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios» I Jn 3, 9.

Por todo esto, si entendiéramos lo que escribe san Lucas al decir: «Cuando oréis, decid: Padre» Lc 1 1, 2, nos avergonzaríamos de invocarlo bajo ese titulo, si no somos hijos legitimos. Porque seria triste que, junto a los demás pecados nuestros, añadiéramos el crimen de la impiedad. E intentaré explicarme. San Pablo afirma [...], que «nadie puede decir: <Jesús es el Señor>, sino en el Espiritu santo; y nadie hablando en el Espíritu de Dios puede decir: <anatema Jesús>»1 Cor 12, 3. A uno mismo llama Espíritu santo y Espíritu de Dios. Mas no está claro lo que significa decir «Jesús es el Señor» en el Espíritu santo, ya que esta expresión la dicen muchísimos hipócritas y muchísimos heterodoxos; y a veces también los demonios, vencidos por la eficacia de este mismo nombre. Y nadie osará afirmar que alguno de éstos pronuncie el nombre del «Señor Jesús en el Espíritu santo». Porque ni siquiera querrían decir: Señor Jesús; ya que sólo lo dicen de corazón los que sirven al Verbo de Dios, y únicamente a él lo invocan como Señor, al hacer cualquier obra. Y si éstos son los que dicen: «Señor Jesús», entonces todo el que peca, anatematizando con su prevaricación al Verbo divino, con las obras mismas exclama: «anatema a Jesús». Pues de la manera que el que sirve al Verbo de Dios dice: «Señor Jesús», y el que se comporta de modo contrario dice: «anatema Jesús», así todo el que ha nacido de Dios y no hace pecado, por participar de la semilla divina que aparta de todo pecador Cf. 1 Jn 3, 9, con sus obras está diciendo: «Padre nuestro que estás en los cielos», dando «el Espiritu mismo testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios» Rom 8, 16 y sus herederos y coherederos con Cristo, ya que al participar en los trabajos y dolores esperan lógicamente participar en la gloria Cf. Rom 8, 17.

Y para que no digan a medias el «Padre nuestro», al testimonio de sus obras se acompaña también el de su corazón—fuente y principio de toda obra buena—, y el de su boca, que confiesa para la salud Cf. Rom 10. 10.

Y de esta manera todas sus obras, palabras y pensamientos, configurados por el mismo Verbo unigénito, reproducen la imagen de Dios invisible y se hacen a imagen del Creador que hace salir el sol sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos Mt. 5, 45, para que esté en ellos la imagen del Celestial Cf. 1 Cor 15, 49, quien, a su vez, es imagen de Dios. Pues siendo los santos una imagen de la Imagen (que es el Hijo), expresan la filiación al haber sido hechos conforme no sólo al cuerpo glorioso de Cristo, sino a la persona que está en ese cuerpo. Son, pues, configurados con aquél, que está en el cuerpo glorioso, al haber sido transformados por la renovación del espíritu. Si, pues, los que son del todo así, dicen: «Padre nuestro que estás en los cielos», es evidente que quien comete pecado [...] es del diablo, porque «el diablo desde el principio peca» 1 Jn 3, 8a. Y así como la semilla de Dios, al permanecer en quien ha nacido de Dios, es la causa de que no pueda pecar por estar configurado al Verbo unigénito, así en todo el que comete pecado se encuentra la semilla del diablo, que mientras está en el alma no le deja posibilidad de realizar el bien. Pero como «el Hijo de Dios ha aparecido» para esto, «para destruir las obras del diablo» 1 Jn 3, 8b, puede ocurrir que, viniendo a nuestra alma el Verbo de Dios, destruyendo la obra del diablo, haga desaparecer la mala semilla arrojada en nosotros, viniendo a ser hechos de Dios.

No pensemos que hemos aprendido solamente a recitar unas palabras en determinados momentos destinados a la oración, sino que, entendiendo lo que arriba dijimos con respecto al «orad sin cesar» Cf. Xll, 1-2, comprenderemos que toda nuestra vida, en incesante oración, debería decir: «Padre nuestro que estás en los cielos»; y no debería estar nuestra conversación en modo alguno sobre la tierra, sino completamente en el cielo Cf. Flp 3, 20, que es el trono de Dios, ya que ha sido establecido el reino de Dios en todos los portadores de la imagen del Celestial Cf. 1 Cor 15. 49 y, por esto, han venido a ser celestiales.

Cuando se dice que el Padre de los santos «está en los cielos», no se ha de pensar que está limitado por una figura corpórea y que habita en los cielos como en un lugar. Pues, si estuviera comprehendido por los cielos, vendría a ser menor que los cielos, que lo abarcan. Por el contrario, se ha de creer que es él el que, con su inefable y divina virtud, lo abarca y lo contiene todo. En general, las palabras que, tomadas a la letra, pueden parecer a la gente sencilla que indican estar en un lugar, hay que entenderlas en un sentido elevado y espiritual, acomodado a la noción de Dios.

Consideremos estas palabras [...]: «Antes de la fiesta de la pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» Jn 13, 1. Y poco más adelante: «Sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, y que había salido de Dios y a él se volvía» Jn 13, 3. Y en el capítulo siguiente: «Habéis oído lo que os dije: me voy, pero vuelvo a vosotros. Si me amarais, os alegraríais, porque voy al Padre» Jn 14, 28. y nuevamente más adelante: «Mas ahora voy al que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿adónde vas?» Jn 16, 5. Si estas frases se han de tomar en relación a un lugar, del mismo modo también la siguiente: «Respondió Jesús y les dijo: si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» Jn 14, 23.

Mas esta expresión no implica que haya de entenderse como un tránsito de un lugar a otro la venida del Padre y del Hijo a aquél que ama la palabra de Jesús. Luego ni aquellas primeras se han de tomar localmente, sino que el Verbo de Dios, que se acomodó a nosotros y se humilló en su dignidad mientras estuvo entre los hombres, dice que pasa de este mundo al Padre, para que nosotros allí lo contemplemos a él en su perfección—vuelto desde la vacuidad con que se despojó (cuando estuvo con nosotros) a su propia plenitud—, donde también nosotros, sirviéndonos de él como de jefe, seremos llevados a la plenitud y librados de toda vacuidad. ¡Marche, pues, después de abandonar el mundo, el Verbo de Dios a aquél que lo envió! ¡Vaya al Padre! Tratemos de entender en sentido más místico aquellas palabras [...]: «Deja ya de tocarme, porque aún no he subido al Padre» Jn 20, 17, y concibamos con santa claridad la ascensión del Hijo hasta el Padre de una cierta manera más divina, de suerte que con esta subida más bien suba la mente que el cuerpo[...].


(Sobre la oración, XXIV, 1-5)


Estas palabras pueden dar a entender o que todavía no se ha obtenido para sí aquello por lo que se ora, o que se debe pedir la conservación de algo que no es permanente. Es claro, en todo caso, que según Mateo y Lucas somos invitados a decir «santificado sea tu nombre» como si realmente todavía no hubiera sido santificado el nombre de Dios, como si no lo estuviera ya. Y preguntará alguien: ¿cómo es esto posible? Consideremos detenidamente qué se entiende por nombre de Dios y veamos cómo se ha de santificar ese nombre.
El nombre es una denominación compendiosa, que manifiesta una cualidad propia de la cosa designada. Por ejemplo, hay unas ciertas cualidades especificas del apóstol Pablo: unas afectan a su alma, otras a su mente —capacitándola para contemplar determinadas realidades—, otras, en fin, afectan propiamente a su cuerpo. Lo que es propio de estas cualidades y no puede convenir a ninguna otra persona—porque no hay ningún otro hombre que no difiera algo de Pablo—esto se expresa con el nombre de Pablo. Y cuando aquellas cualidades propias, como si se mudaran en los hombres, se cambian lógicamente, según vemos en la Escritura, también los nombres. Y así, cambiada la cualidad de Abram, fue llamado Abrahán; y, cambiada la cualidad de Simón se llamó Pedro; e igualmente, cambiada la cualidad de Saulo, perseguidor de Cristo, fue llamado Pablo.
Mas en Dios, que es invariable e inmutable, siempre es uno e idéntico su nombre: «el que es». Este es el nombre con que se le designa en el Exodo Ex 3, 14, si es que se puede hablar aquí de nombre en el sentido estricto. Cuando pensamos algo sobre Dios, todos nos formamos una cierta idea de él, pero no todos sabemos lo que es en realidad—porque son pocos (y si vale la expresión, menos que pocos) los que pueden comprender plenamente sus propiedades—. Por eso se nos enseña, con razón, que tratemos de obtener una idea acertada de Dios a través de sus propiedades de creador, de providente, de juez, considerando cuándo elige y cuándo abandona, cuándo acepta y cuándo rechaza, cuándo otorga premio y cuándo castigo, según los merecimientos.
En ésta y semejantes facetas se manifiestan, por así decirlo, las cualidades divinas que, a mi entender, se expresan en la Sagrada Escritura bajo el nombre de Dios. Asi en el Exodo se dice: «No tomarás el nombre de Dios en vano» Ex 20 7; y en el Deuteronomio:
«Caiga a gotas como la lluvia mi doctrina, como el rocio mi discurso; como la llovizna sobre la hierba y como las gotas de la lluvia sobre el césped: porque invoqué el nombre del Señor» Dt 32, 2; y en los salmos: «Recordarán tu nombre por generaciones y generaciones» Sal 44, 18. Porque también el que aplica el nombre de Dios a cosas que no conviene, toma el nombre del Señor Dios en vano.
Mas si alguien puede expresar ideas, que a modo de lluvia produzcan fertilidad en las almas de los que escuchan, y siembran palabras de consuelo semejantes al rocío, y derrama sobre los oyentes una llovizna útil y eficaz de palabras para su sólida edificación, esto lo puede en el nombre de Dios, cuya ayuda invoca por saber que necesariamente ha de ser él quien lleve a término todos estos buenos efectos. Y todo el que penetra las realidades divinas más bien está recordando que aprendiendo, aunque al parecer sea instruido por alguien en los misterios de la religión o piense que él mismo los esté investigando.
Lo que hasta aquí se ha dicho conviene que lo considere el que ora, mas también urge que pida sea santificado el nombre de Dios.
Efectivamente, dice el salmista: «Ensalcemos a una su nombre» Sal 33.4.
Con esto nos ordena el Padre, que con suma concordia, con un mismo ánimo, con un mismo parecer lleguemos a obtener una idea verdadera y sublime de las propiedades divinas. Se ensalza efectivamente a una el nombre de Dios cuando aquél, que ha participado de la emanación de la divinidad por haber sido acogido por Dios y haber superado de tal forma a los enemigos que no les haya sido posible alegrarse de su daño, alaba la misma virtud divina de la que ha sido hecho participe; como el salmo declara con estas palabras: «Te enalteceré, Señor, porque me has acogido, y no has alegrado a los enemigos por mi daño» Sal 29, 3. Exalta también a Dios quien le dedica una morada en sí mismo; pues el titulo del mismo salmo reza así: «Canto para la dedicación de la casa de David».


(Sobre la oración, XXV 1-3)


«Si el reino de Dios—según las palabras del Señor y Salvador nuestro—no viene ostensiblemente; y si no podrá decirse: helo aquí o allí, sino que el reino de Dios está dentro de nosotros» Lc17,20-21, «porque lo tenemos enteramente cerca de nosotros, en nuestra boca, en nuestro corazón» Dt 30, 14, sin duda el que suplica que venga el reino de Dios lógicamente está orando por el reino divino, que tiene dentro de sí, para que surja y dé fruto y se perfeccione.
Porque en cada uno de los santos reina Dios, y cada santo obedece las leyes espirituales de Dios, que habita en él como en una ciudad bien gobernada. Presente está en él el Padre, y reina juntamente el Ungido (Cristo) del Padre en aquella alma perfecta, según lo que se ha mencionado poco ha: «Vendremos a él y en él haremos morada» Jn 14, 23. Y pienso que se llama reino de Dios al estado feliz de la parte superior del alma y a los ordenados y sabios pensamientos; y reino de Cristo, bien a las palabras que se pronuncian para la salud de los oyentes, bien a las obras de justicia y de las demás virtudes. Porque el Hijo de Dios es el Logos y la Justicia. Por el contrario, «el príncipe de este siglo» ejerce tiranía sobre todos los pecadores; pues todo pecador en el presente siglo es esclavizado fieramente, al no entregarse voluntariamente a «quien se entregó por nuestros pecados, para librarnos de este siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre» Ga 1, 4 [...]. Quien soporta la tiranía del «príncipe de este siglo», por la libre aceptación del pecado, está bajo el reino del pecado. Por lo cual san Pablo nos llama la atención, para que no nos sometamos ya más al pecado, que pretende señorearse sobre nosotros, y nos amonesta con estas palabras: «¿Que no reine, pues, el pecado en nuestro cuerpo mortal, obedeciendo a sus concupiscencias!» Rom 6, 12.
Pero alguien puede proponer la siguiente dificultad a las dos peticiones «santificado sea tu nombre» y «venga tu reino»: si el que ora lo hace precisamente para ser escuchado, y alguna vez realmente lo consigue, es evidente que entonces el nombre de Dios se habrá santificado por lo que a él respecta, y que el reino de Dios le habrá llegado; una vez conseguido esto ¿cómo va a ser razonable que continúe pidiendo por lo que tiene, como si no lo tuviera, repitiendo «santificado sea tu nombre» y «venga tu reino»? Si esto es así, será conveniente omitir en este caso ambas peticiones.
A esto hay que responder, que lo mismo que quien pide en la oración un «conocimiento adecuado de la ciencia y de la sabiduría», será siempre razonable que lo pida, pues aunque su oído capte continuamente muchas nociones de sabiduría y de ciencia, su inteligencia, conoce, no obstante, de un modo limitado lo que al presente pudiera captar [...]; del mismo modo el reino de Dios no puede [...] estar presente en uno de manera perfecta, hasta que venga lo que es perfecto Cf. 1 Cor 13, 10 en la ciencia y en la sabiduría, y así en las demás virtudes. Y recorremos el camino de la perfección, si «dando al olvido lo que ya queda atrás, nos lanzamos en persecución de lo que tenemos delante» Flp 3, 13; y el reino de Dios, que está en nosotros, avanzando nosotros continuamente, llegará al sumo cuando se cumpla lo que dice el apóstol: «Que Cristo, una vez sometidos a si todos sus enemigos, entregue a Dios Padre el reino, para que sea Dios todo en todas las cosas» 1 Cor 15, 24-28. Por tanto, orando sin cesar con una disposición de ánimo divinizada por el Logos, debemos decir a nuestro Padre que está en los cielos: «santificado sea tu nombre, venga tu reino».
Aún tenemos que hacer una aclaración sobre el reino de Dios: así como no hay «consorcio entre la justicia y la iniquidad, ni comunidad entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Belial» 2 Cor 6, 14-15, así tampoco puede coexistir el reino de Dios con el reino del pecado, Luego, si queremos que Dios reine en nosotros, «de ningún modo debe reinar el pecado en nuestro cuerpo mortal»Rom 1, 12, ni debemos prestar oídos a los preceptos de quien incita a nuestra alma a las obras de la carne y a cosas contrarias a Dios; antes debemos mortificar nuestros «miembros terrenos» Col 3,5, para que demos frutos en el Espiritu; para que en nosotros, como en un paraíso espiritual, se pasee Dios, y sea él solo el que reine en nosotros con su Cristo sentado en nosotros a la diestra de la virtud espiritual, que deseamos recibir; y permanezca sentado hasta que todos sus enemigos, que están en nosotros, se conviertan en «escabel de sus pies» Sal 109, 1 y se desvanezcan en nosotros todo su principado, su potestad y su virtud. Porque estas cosas pueden ocurrir en cada uno de nosotros, «llegando a destruir el último enemigo que es la muerte» 1 Cor 15, 26, al punto de que diga Cristo en nosotros: «¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, muerte, tu victoria?» 1 Cor 15,55. Y se revista ya así nuestro cuerpo «corruptible» de aquella santidad e «incorruptibilidad», que hay en la castidad y en toda pureza, y nuestro cuerpo «mortal», liberado de la muerte, se revista de la «inmortalidad» 1 Cor 15, 53-54 paterna, para que, reinando Dios en nosotros, nos encontremos ya entre los bienes de regeneración y resurrección.


(Sobre la oración, XXVI, 1-6)


[...] Como los que oramos nos encontramos «en la tierra» y entendemos que «en el cielo» se cumple la voluntad de Dios por todos los que allí habitan, hemos de rogar que la voluntad divina se realice en todos sus detalles también por quienes estamos «en la tierra», y esto tendrá lugar si no hacemos nada al margen de su voluntad. Y si igual que se cumple la voluntad divina en el cielo, así también nosotros la cumplimos en la tierra, entonces, por asemejarnos a los celestiales y por llevar igual que ellos la imagen del Celestial, seremos herederos del reino de los cielos. Y más tarde, los que nos sucedan en la tierra, pedirán, a su vez,
asemejarse a los que ya habremos sido recibidos en el cielo.
La frase «así en la tierra como en el cielo» [...] puede también aplicarse a las peticiones anteriores, como si fuera esto lo que se nos preceptuara que digamos en la oración: «santificado sea tu nombre así en la tierra como en el cielo; venga tu reino así en la tierra como en el cielo; hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo». Pues también el nombre de Dios es santificado por los que están en el cielo, y a ellos les llega el reino y ellos cumplen también la voluntad divina. Todo esto nos falta a los que estamos en la tierra, pero podemos tenerlo, con tal que nos mostremos dignos de que Dios nos escucha al implorarlo.
Alguien preguntará, a propósito de esta petición del padrenuestro, cómo se cumple la voluntad de Dios en el cielo, si allí están los espiritus malvados1, en que se cebará la espada de Dios Cf. Is 34,5. Si pedimos que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo, ¿no habrá peligro de que vayamos a pedir que permanezcan en la tierra incluso las cosas que nos son contrarias, ya que también ésas nos vienen del cielo, cometiendo con esto una imprudencia, pues que se han enviciado muchos en la tierra por la maldad de los espiritus que habitan en los cielos? Mas quien, tomando el cielo alegóricamente, dijere que ese era Cristo y que la tierra era la iglesia -porque ¿qué trono tan digno del Padre como Cristo y qué escabel de sus pies como la iglesia?- , éste resolverá fácilmente la cuestión, afirmando que ha de orar cada uno de los que forman la iglesia, para que de tal manera ceda a la voluntad paterna como Cristo cedía a la de su Padre, obrándolo todo a la perfección. Podemos, pues, adhiriéndonos a él, hacernos un espiritu con él, y cumplir de tal manera su voluntad que, lo mismo de perfecta, que en el cielo, se realice en la tierra; porque el que
«se llega al Señor, se hace espiritu de él» 1 Co 6, 17. Creo que esta interpretación no tienen por qué rechazarla ni los espiritus más exigentes.
Pero si alguno encuentra reparos, coteje lo que al final de este evangelio [Mt] dice el Señor, después de la resurrección, a los once discípulos: «Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra» Mt 28, 18. Como tuviera la potestad sobre las cosas celestiales, que ya antes habían sido iluminadas por él, dice que además ha recibido la potestad sobre las cosas terrenas, que en la consumación del siglo, en virtud de la potestad otorgada al Hijo y a imitación de las celestiales, obtendrán su perfección. Quiere, pues, tomarse como colaboradores ante el Padre a los discípulos con su oración, para que las cosas terrenas a semejanza de las celestiales que están sujetas a la verdad y al Verbo, y con la potestad que él recibió en el cielo y en la tierra, sean llevadas al final felicisimo de los que están bajo su dominio.
Pero el que quiere que el Salvador mismo sea el cielo y la tierra la iglesia, diciendo además que el primogénito de toda criatura, en quien, como en un solio, descansa el Padre, es el cielo, afirma que era Cristo en cuanto hombre, revestido de potencia divina por haberse humillado a si mismo y haberse hecho obediente hasta la muerte, el que dijo después de resucitado: «Me ha sido otorgada toda potestad en el cielo y en la tierra», recibiendo de esta manera la humanidad del Salvador la potestad sobre las cosas celestiales, que el Unigénito le comunica en virtud de su unión e incorporación a la divinidad.
En la segunda opinión todavía no está solucionada la cuestión de cómo se cumple la voluntad de Dios en el cielo, si los malos espíritus celestiales luchan contra los que están en la tierra. Puede resolverse de este modo aquella dificultad: no es el lugar, sino el afecto, la clave de la solución. El que está todavía en la tierra, pero tiene su ciudadanía en el cielo y atesora en el cielo, teniendo allí su corazón, y lleva la imagen del Celestial, este tal no es de la tierra ni del mundo inferior, sino del cielo y del mundo celestial, mejor que el
de aquí abajo. Del mismo modo los espíritus malos, que todavía andan por el cielo Cf. Ef 6, 12, pero tienen ciudadanía en la tierra y acechan belicosamente a los hombres [...], no son celestiales, ni por su mal afecto habitan en los cielos. Cuando, pues, se dice «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», no hay siquiera que imaginar en el cielo a los que, por la mala inclinación de su ánimo, cayeron como un rayo junto con quien fue arrojado del cielo.
Y tal vez también cuando nuestro salvador dice que hay que pedir que se haga la voluntad del Padre en la tierra como en el cielo, no ordena que se recite la oración enteramente por los que están en el lugar terreno, para que se asemejen a los que están en el lugar celestial; sino que dispone esta oración con la idea de que
cuanto hay en la tierra, es decir, lo peor y más afín a lo terreno, se asemeje a las cosas mejores, que tienen ciudadanía en los cielos y que se han convertido en cielo. Porque el pecador, donde quiera que se encuentre, es al fin tierra y en tierra se convertirá, si no se arrepiente. Mas quien cumple la voluntad de Dios y no descuida sus saludables leyes espirituales, es cielo. Si pues todavía somos tierra, por efecto de nuestros pecados, pidamos que también para nuestra enmienda se extienda el cumplimiento de la voluntad
divina, como ya ocurrió con los que antes de nosotros se convirtieron en cielo y lo son; y si a los ojos de Dios no somos tierra, sino que somos considerados ya cielo, pidamos que sea «en la tierra como en el cielo», es decir, que en los hombres peores se cumpla la voluntad de Dios, para que aquella tierra se convierta, por así decirlo, en cielo; de suerte que ya no haya más tierra, sino que todo se convierta en cielo. Porque si, según esta interpretación, «la voluntad divina se hace en la tierra como en el cielo», la tierra no seguirá siendo tal; como si dijera usando un ejemplo más expresivo: si la voluntad de Dios se cumple en las
personas deshonestas como en las puras, los impuros se volverán honestos; o si se cumple en los injustos como en los justos se ha cumplido, aquellos se tornarán justos. Por eso, si en la tierra se cumple la voluntad divina como en el cielo, todos seremos cielo: porque «la carne (que de nada aprovecha) y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» Jn 6, 63; 1 Co 15, 50; pero podían hacerlo, si de carne, tierra, polvo y sangre se transforman en sustancia celestial.

1. Opinión sostenida por Origenes a raíz de Ef 4, 9; 6, 12; cf. De principiis. II 9, 3.


(Sobre la oración, XXVII, 1-17)


[...] Algunos piensan que se nos manda pedir el pan material. [...] Nosotros, en cambio, siguiendo las enseñanzas del Maestro mismo en lo referente al pan, expondremos ampliamente otra interpretación.
[...] «En verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque habéis comido los panes y os habéis saciado» Jn 6. 26. Porque el que comió de los panes que Jesús bendijo se sintió saciado de ellos, sigue procurando comprender más perfectamente al Hijo de Dios y a él se siente fuertemente atraído. Por eso ordenó muy bien el Maestro «procuraos no el alimento perecedero, sino el que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os dará» Jn 6. 27. y como preguntasen los oyentes diciendo: «¿Qué haremos para hacer obras de Dios?», respondió Jesús y les dijo: «La obra de Dios es que creáis en aquél que él ha enviado» Jn 6, 28-29. [...] Los que creen en este Verbo hacen obras de Dios que son el alimento que permanece hasta la vida eterna. Pues dice: «Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es él que bajó del cielo y da la vida al mundo» Jn 6, 32. El verdadero pan según eso, es el que nutre al hombre verdadero, al que está hecho a imagen de Dios; y el que se alimenta de ese pan se hace también semejante al Creador.
¿Qué hay, en efecto, más apto para alimentar al alma que el Verbo? ¿Qué más precioso que la sabiduría divina para el espíritu de quien la puede comprender? ¿Qué hay más conveniente para una naturaleza racional que la verdad?
Si alguien objeta a esto que, si así fueran las cosas, no hubiera habido lugar a que Cristo enseñara que hay que pedir un pan sustancial como algo distinto de él mismo, sepa también que en el evangelio de san Juan habla unas veces del pan como de algo distinto de sí, otras como si él fuera el pan. Habla como si se tratara de otro cuando dice: «Moisés no os dio pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» In 6, 32. Pero a los que dijeron: «Danos siempre este pan», les responde refiriéndose a sí mismo: «Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá ya más hambre, y el que cree en mí jamás tendrá sed» Jn 6, 34-35. Y poco después: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo» Jn 6, 51; cf. 6, 53-57.
[...] Este es verdadero alimento: la carne de Cristo; alimento que, siendo Verbo, se hizo carne, según la frase: «El Verbo se hizo carne» y cuando lo comemos, entonces «habita entre nosotros» y cuando es distribuido, se cumple la cláusula: «y hemos visto su gloria» Jn 1, 14. «Este es el pan bajado del cielo. No como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre» Jn 6, 59.
Pero Pablo, hablando a los corintios como a niños pequeños, que se comportan al modo humano, les dice: «Os di a beber leche, no os di comida porque aún no la admitíais; y ni aún ahora la admitís, porque sois todavía carnales» 1 Co 3, 2. Y en la Carta a los hebreos: «Y os habéis vuelto tales, que tenéis necesidad de leche en vez de manjar sólido; pues todo el que se alimenta de leche no es capaz de entender la doctrina de la justicia, porque es aún niño; mas el manjar sólido es para los perfectos, los que en virtud de la costumbre tienen los sentidos ejercitados en discernir lo bueno de lo malo» Heb 5, 12. Y en otro lugar dice: «Hay quien cree poder comer de todo; mas el que está enfermo tiene que comer verduras» Rm 14, 2. Y pienso yo que no se refiere en primer lugar a los alimentos del cuerpo, sino al alimento del alma. Porque el más fiel y más perfecto puede asimilarlo todo; y a él se refiere con la frase: «Hay quien cree poder comer de todo». Pero al más débil e imperfecto le bastan enseñanzas más simples [...]; y para designar a éste dice: «mas el que está enfermo tiene que comer verduras».
[...] Así, pues, para que no enferme nuestra alma por falta de alimentos, o muramos a Dios por hambre de la palabra del Señor, siguiendo a nuestro maestro y salvador con nuestra fe y con una vida de mayor rectitud, debemos pedir al Padre el pan vivo, que es el verdaderamente sustancial.
Antes de proseguir la explicación hay que desentrañar el significado del término epiousios1: en primer lugar hay que saber que ese vocablo no es empleado por ningún autor literario o científico griego, ni se encuentra tampoco en el uso vulgar, sino que parece creado por los evangelistas Mt 6, 11 = Lc 11, 3 [...] y, según parece, [...] se ha formado de ousía (=sustancia), para indicar el pan, que se transforma en nuestra sustancia [...]. La sustancia en sentido estricto, según la teoría [=Platón] que afirma que la sustancia de los seres inmateriales es la hipóstasis o substracto principal de todos, debe considerarse como uno más de estos seres inmateriales, que tienen su existencia fija sin admitir crecimiento o disminución. [...] Otros [=los estoicos] opinan que la sustancia de los seres inmateriales es secundaria y que la principal es la de los seres materiales. Por eso dan esta definición: «Sustancia es la primera materia de las cosas, de la que proceden los seres» [...].
Ocupados en indagar acerca de la sustancia, con motivo del «pan sustancial» [...], hemos hecho este excurso para distinguir los diversos conceptos de sustancia. Por otra parte, habíamos dicho anteriormente que el pan, que debíamos pedir, era un pan que se puede captar por la inteligencia. Hay, pues, que ver un estrecho parentesco entre la sustancia y el pan. De la manera que el pan material, al distribuirse por el cuerpo de quien lo come, se convierte en la sustancia, así «el pan vivo que ha descendido del cielo», asimilado por la mente y por el alma, comunica su virtualidad a quien se presta a ser alimentado por él. De esta forma el pan, que pedimos, será sustancial.
Además, así como las diversas energías del que se alimenta dependen de las cualidades nutritivas de los alimentos ingeridos, que pueden ser sólidos y convenientes para atletas, o lácteos y leguminosos, así también cuando la palabra divina se ofrezca a los niños en forma de leche, o a modo de legumbres a propósito para enfermos, o como carne útil para los combatientes, cada uno de los que se nutren proporcionalmente a las condiciones en que se presentó para recibir la palabra divina, es lógico consiga efectos y desarrollo distintos. Por lo demás, hay alimentos que se consideran perniciosos, los hay que producen enfermedades, y algunos ni siquiera se pueden tomar. Y todas estas cosas se han de aplicar, por analogía, a la variedad de disciplinas, que entendemos pueden alimentar. Según esto, un pan sustancial es
aquél que, siendo utilísimo a la naturaleza racional y estando íntimamente relacionado con la sustancia misma, produce salud, buena constitución y energías en el alma, dando a participar, a quien lo come, su propia inmortalidad: ¡porque inmortal es el Verbo de Dios!
Este «pan sustancial» me parece que, en la Escritura, se llama también «árbol de vida», el cual, «si alguno tiende su mano y come de él, vivirá para siempre» Gén 3, 22. Con un tercer nombre llama Salomón a este árbol «la ciencia de Dios, que es el árbol de vida para quien la consigue, y quien la alcanza es bienaventurado» Prov 3,  Jn 1, 14.
Y como también los ángeles se alimentan de la sabiduría divina y, contemplando la sabiduría y la verdad, toman energías para realizar sus propias acciones, por eso se afirma en el libro de los salmos que también los ángeles se alimentan de él; y que los hombres de Dios, comprendidos en este caso bajo el nombre de
hebreos, llevan vida en común con los ángeles y son como conciudadanos de ellos. De aquí el texto: «Comió el hombre pan de ángeles» Sal 77, 25. Y no debemos ser tan escasos de inteligencia que pensemos que es de un cierto pan material aquél que, según la narración del Exodo Ex 16, 13-15, cayó del cielo para los que habían salido fugitivos de Egipto, del que se sirven los ángeles y del que [...] los hebreos fueron hechos partícipes [...]. Indagando cuál es el «pan sustancial», que al mismo tiempo es el árbol de la vida y de la sabiduría de Dios, y se constituye en alimento común de los hombres santos y de los ángeles, no será ajeno a este propósito volver nuestra atención a lo que se dice en el Génesis: tres varones se presentaron delante de Abrahán y comieron panes amasados a base de tres seas de flor de harina y cocidos al rescoldo Gén 18, 1-6. Estas cosas probablemente no se dijeron con un solo sentido, sino en forma figurada, dando a entender que los santos pueden comunicar el alimento espiritual y racional no sólo a los hombres, sino también a las potencias divinas [...]. Se alegran efectivamente y se alimentan los ángeles con esta demostración; y se tornan más dispuestos para seguir prestando su máxima colaboración y poner su mejor empeño en enseñar doctrinas más elevadas a quien les proporciona esta alegría y, por así decirlo, los alimenta con las primeras doctrinas nutritivas asimiladas. Y no es de extrañar que los ángeles sean alimentados por el hombre, cuando el mismo Cristo confiesa que está a la puerta y llama para entrar a casa de quien le abra y cenar con él Ap 3, 20 de lo que tenga, dando él después de sus propios bienes a quien, primeramente, aceptó a la mesa—según sus posibilidades—al Hijo de Dios.
Quien, pues, da firmeza a su corazón, participando del pan sustancial, se hace hijo de Dios [...]. Y si no repugna [...] que cada uno sea alimentado de esta o aquella persona, ¿por qué hemos de temer admitir en todas las potestades [...] y también en los hombres el que pueda cada uno de nosotros alimentarse de todas
estas cosas?
San Pedro, cuando [...] iba a hacer a los gentiles partícipes de la palabra divina, vio aquel «mantel sostenido por las cuatro puntas, que bajaba del cielo y en el que había todo género de cuadrúpedos y reptiles de tierra»; entonces se le ordena que, levantándose, mate y coma; y como se negara diciendo: «tú sabes que jamás cosa manchada o inmunda entró en mi boca», se le ordenó que no llamara manchado o inmundo a nada; porque lo que Dios había purificado, Pedro no lo debía llamar impuro [...] Hech 1O, ll-15 = 11, 5-8.
La distinción, que establece la ley de Moisés, es una larga enumeración de animales a base de los alimentos puros e impuros; y, por analogía con las distintas costumbres de los seres racionales, es índice de que unos alimentos son nutritivos para nosotros y otros contraproducentes, hasta que Dios los purifica todos o, al menos, algunos de cada especie. Pero habiendo tenido lugar ya esta purificación, y siendo en consecuencia tan grande la variedad de alimentos, sólo uno entre todos los mencionados es «el pan sustancial». Debemos pedir llegar a ser dignos de él, para que, nutridos del Verbo que, siendo Dios, «al principio estaba en Dios» Jn 1, 1, nos transformemos en Dios.
Dirá alguno que el término epiousion se ha formado de epienai (=sobrevenir, avanzar, aproximar), con lo que se nos indicaría que debemos pedir el pan propio del siglo futuro, para que nos lo concediera ya Dios por anticipado y se nos diera hoy lo que habría de dársenos mañana, entendiendo por hoy la vida presente y por mañana la vida futura. Mas, siendo mejor—a mi criterio—la primera interpretación, tratemos de examinar el alcance del adverbio «hoy» añadido por san Mateo, o de la expresión «cada día», utilizada por san Lucas Mt 6, 11; Lc 11, 3.
Es costumbre en muchos lugares de la Escritura llamar «hoy» a todo el siglo Cf. Gén 19, 37-38: Sal 94, 8; Jos 22 29. [...] Y si «hoy» es todo este siglo, tal vez «ayer» se refiera al siglo pasado; esto es lo que sospechamos se dice en los salmos Cf. Sal 89, 4 y en la Carta de san Pablo a los hebreos Heb 13, 8. [...] Y no es de admirar que para Dios todo un siglo se compute por el espacio de un día de los nuestros. [...] Pues quien el día de hoy ruega a Dios, que existe por infinidad de infinidades, no sólo que lo reciba hoy, sino cada día, ese tal podrá recibir de «quien es poderoso, para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos» Ef 3, 20, [...] aun cosas superiores a las que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vinieron a la mente del hombre» 1 Co 2, 9 [...].

 
1. Literalmente traducido = «supersubstancial».


Última edición por Joselia el Dom Mar 02, 2014 5:44 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Miér Feb 26, 2014 7:42 pm

ORÍGENES
(Sobre la oración, XXVIII 1-10)


Sobre las «deudas» dice también el apóstol: «Pagad a todos los que debéis: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor. No estéis en deuda con nadie, sino amaos los unos a los otros» Rom 13, 7-8. Estamos, pues, en deuda, y tenemos que cumplir ciertas obligaciones, no sólo dando, sino también hablando con benignidad y realizando determinadas obras. Más aún, en cierto modo debemos sentirnos inclinados hacia los demas. Y estas deudas o las pagamos cumpliendo las prescripciones de la ley divina, o despreciando la sana razón no las pagamos, y quedamos deudores. De modo semejante se ha de pensar con respecto a nuestras deudas para con los hermanos, ya se trate de los que mediante las palabras de religión han sido regenerados con nosotros en Cristo, ya de los que son hijos de nuestro mismo padre o de nuestra misma madre. Existe también una deuda respecto a los ciudadanos y asimismo una deuda común para con todos los hombres; una deuda para con los huéspedes y otra para con las personas de edad; otra, en fin, para con algunos a los que es justo honrar como a hijos o hermanos.
Así, pues, el que no hace lo que se debe cumplir con el hermano, queda deudor de lo que ha omitido. Asimismo, si dejamos de hacer a los hombres aquellas cosas, que por el humanitario espíritu de sabiduría es conveniente que les hagamos, más considerable es nuestra deuda.
También en lo que atañe a nosotros debemos usar adecuadamente nuestro cuerpo, sin desgastar las carnes por la voluptuosidad. Debemos ocuparnos preferentemente de nuestra alma y atender a la elevación de nuestros pensamientos y de nuestras palabras, para que no sean punzantes, sino útiles y en modo alguno ociosas; y si no hacemos lo que debemos para con nosotros mismos, más grave se hace nuestra deuda.
Y además, por ser nosotros la mayor obra de Dios e imagen suya, debemos guardarle a él un afecto y amor salido del corazón y profesado con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente.
Y si no lo hacemos seremos deudores de Dios, pecando contra el Señor. ¿Y quién intercederá por nosotros en este caso? «Si un hombre ofende a otro hombre, está de por medio Dios para salvarle; pero si el hombre ofende al Señor ¿de quién puede esperar la intervención?» 1 Sam 2, 25 [...]. Somos también deudores de Cristo, que nos rescató con su propia sangre, lo mismo que un siervo es deudor de quien le compra, que al fin no hace más que dar dinero por él. Tenemos también para con el Espíritu santo una deuda que solventar: guardándonos de «entristecer a aquél, en quien hemos sido sellados para el día de la redención» Ef 4, 30, y no contristándolo, llevamos los frutos reclamados por nosotros, ayudándonos él mismo y vivificando nuestra alma.
Además, aunque no sepamos con precisión cuál es el ángel custodio de cada uno de nosotros, que contempla siempre el rostro del Padre que está en los cielos Mt 18, 10, es, no obstante, claro para quien lo considere, que también a él le somos deudores.
Asimismo si somos «espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres» 1 Cor 4, 9, se ha de saber que así como el que sale en el teatro tiene obligación de decir o hacer estas cosas y aquellas otras a la vista de los espectadores, y si no las hiciera es castigado por comportarse indebidamente con el auditorio, así nosotros a todo el mundo, a todos los ángeles y al género humano les debemos aquellas cosas que la sabiduría, si quisiéramos, nos enseñará.
Aparte de todas estas obligaciones de carácter universal, hay una deuda de la viuda atendida por la iglesia; y también otra deuda del diácono y otra deuda del presbítero; y la deuda del obispo es gravísima, y de no solventarla, el Salvador de toda la iglesia lo llamará a juicio. También el apóstol se refiere al débito mutuo de marido y mujer cuando dice: «El marido pague a la mujer e igualmente la mujer al marido», y añade: «no os defraudéis el uno al otro» 1 Cor 7, 3.5. Y ¿para qué va a ser preciso que diga yo las deudas que pesan sobre nosotros, si cada lector podrá colegirlas de lo que se ha dicho? Ciertamente no puede suceder que, estando en esta vida día y noche, no se tenga alguna deuda.
Mas si se contrae una deuda, o se paga o se defrauda; y esto sí que puede suceder en esta vida: que se pague la deuda o que no se pague, ofreciéndose aquí una gran variedad de matices. Pues hay personas, que a nadie deben; las hay que pagan mucho, debiendo poco; otros pagan poco, debiendo mucho; y alguno hay, quizá, que, debiéndolo todo, no pague nada. Y aquél que todo lo pagó, al punto de no deber nada al presente, esto le sirve: más precisa del perdón de deudas anteriores; y este perdón lo puede lógicamente conseguir quien por algún tiempo se esfuerza en solventar las deudas, a las que se veía sometido. Además, las acciones fuera de ley, impresas en nuestra alma, vienen a ser como un «acta de decretos contra nosotros», por la que, como si se tratara de documentos por así decir autógrafos, se nos juzgará; porque «todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo» Rom 14, 10, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» 2Cor 5, 10 [...]. Y si son tantos los acreedores, cierto que también hay algunos que nos deben a nosotros. Porque unos nos deben como a hombres, otros como a ciudadanos, otros como a padres, algunos como a hijos; como a esposos, las mujeres; y como a amigos, los amigos.
Si, pues, algunos de los muchos deudores se comportasen menos diligentemente en cumplir los deberes que les obligan con nosotros hemos de actuar con ellos humanitariamente. Tampoco debemos acordarnos de las injurias, antes recordar nuestras propias deudas, que frecuentemente dejamos de pagar no sólo a
los hombres sino al mismo Dios. Porque el recuerdo de las deudas escamoteadas por nosotros en el tiempo pasado nos hará más indulgentes con quienes nos deben y no nos pagan, máxime si no olvidamos nuestras ofensas contra Dios ni la iniquidades proferidas contra el Altísimo, bien por ignorancia de la verdad, bien
por impaciencia en las adversidades que nos sobrevinieron. Y si no queremos ser indulgentes con nuestros deudores, habremos de soportar lo mismo que el que no perdonó los cien denarios a su compañero: cuando ya se había perdonado su deuda, [...] el señor ordena que se le encadene y le exige lo que le había condonado diciéndole: «Mal siervo, ¿no era de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti?; Metedlo en la cárcel, hasta que pague toda su deuda!»; a lo que añade el Señor: «así hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonase cada uno a su hermano de todo corazón» Mt 18, 23-35.
Hay que perdonar a los que afirman estar arrepentidos de las ofensas que nos hicieron, aunque esta actitud la adopte repetidas veces el que algo nos debe. Porque dice el Señor: «Si siete veces al día peca contra ti tu hermano y siete veces se vuelve a ti diciéndote: me arrepiento, le perdonarás» Lc 17,4. Y si no se arrepiente no somos nosotros los duros contra ellos, sino ellos mismos se perjudican: «Pues el que tiene en poco la corrección, se menosprecia a sí mismo» Prov 15, 32. Más aún, cuando esto sucede hay que procurar por todos los medios que la curación llegue a quien es tan perverso, que ni siquiera percibe sus propios males, embriagado y obcecado [...] por las tinieblas de la maldad.
Lo que dice san Lucas: «perdónanos nuestros pecados»—ya que los pecados se originan al no pagar lo que debemos—, eso mismo lo dice san Mateo: «perdónanos nuestras deudas», lo que no parece referirse a quien sólo quiera perdonar a sus deudores arrepentidos, ya que aduce la prescripción del Salvador de que
añadiéramos en la oración: «puesto que nosotros perdonamos a todos nuestros deudores». Todos, por tanto, tenemos la facultad de perdonar los pecados que van dirigidos contra nosotros, como aparece claro de la expresión: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»; y de la otra: «puesto que nosotros
perdonamos, a todos nuestros deudores». Mas aquél, sobre quien Jesús sopló como sobre los apóstoles y que puede por sus frutos manifestar que ha recibido el Espíritu santo Cf. Jn 20, 22-23, y que se ha hecho espiritual, porque se conduce por el Espíritu de Dios al modo del Hijo de Dios en todo lo que razonablemente se ha de hacer, éste (=el sacerdote) perdona lo que perdonaría Dios, y retiene los pecados incurables, sirviendo [...] también él al único que tiene potestad de perdonar, que es Dios.
Estas son las palabras que en el evangelio de san Juan nos hablan del perdón, que han de otorgar los apóstoles: «Recibid el Espíritu santo, a quienes perdonareis los pecados les serán perdonados y a quienes se los retuviereis les serán retenidos» Jn 20, 23.
Si estas palabras se reciben sin ponderar, se acusaría a los apóstoles de no perdonar a todos en una especie de amnistía general y de retener a algunos sus pecados, con lo que a causa de ellos Dios también se los retiene. Será, pues, útil tomar ejemplos de la ley, para que se entienda el perdón de pecados, que Dios otorga a los hombres por medio de los hombres.
Se prohíbe a los sacerdotes de la ley ofrecer el sacrificio por determinados delitos, para que se perdonen. Y jamás el sacerdote, que tiene potestad de perdonar algunas faltas involuntarias o de ofrecer sacrificios por los delitos, ofrecerá sacrificio por el adulterio o por el homicidio voluntario o por cualquier delito o pecado mayor.
De la misma manera los apóstoles, y los sacerdotes a semejanza de ellos, instruidos por el gran pontífice en la disciplina del culto divino y enseñados por el Espíritu, saben por qué pecados y cuándo y cómo convenga ofrecer el sacrificio; y también conocen por qué otros pecados no convenga. [...] Hay algunos que no sé
cómo se arrogan lo que supera a la dignidad sacerdotal—ni tienen quizá la ciencia sacerdotal—y se glorían como si pudieran perdonar la idolatría, los adulterios y las fornicaciones. ¡Como si con tal de orar por quienes tales males cometieron se hubiera de perdonar también «el pecado, que lleva a la muerte»! Sin duda que no han reparado en la frase: «Hay un pecado de muerte, y no es por éste por el que digo yo que se ruegue»1 [...].


1. 1 Jn 5, 16. Estos pecados —idolatría, adulterio, fornicación— no se
perdonan inmediatamente por «la oración del sacerdote» (=absolución
sacramental), sino que, como «llevan a la muerte», deben ser retenidas,
es decir, sometidos a una penitencia saludable que, obrando la
conversión, prepara el perdón ulterior: cf. P. Galtier, Les péchés
incurables d'Origine: Greg 10 (1929) 209.


(Sobre la oración XXIX 1-19)


1. La vida como prueba

Si el Salvador no nos ha ordenado pedir cosas imposibles, me parece digno de preguntarse cómo se nos manda pedir que no nos ponga en tentación, siendo así que la vida de todo hombre en la tierra es tentación: pues mientras andamos por la tierra revestidos de la carne que «milita contra el espíritu» Gal 5, 17, cuyo «apetito es enemistad con Dios y no se sujeta ni puede sujetarse a la ley de Dios» Rom 8, 7, estamos en tentación. Por lo demás, que la vida entera del hombre mortal es tentación nos lo enseña Job: «¿No es prueba la vida del hombre sobre la tierra?» Job 7, 1. [...] Y también san Pablo dice que Dios nos da su ayuda no para que no seamos tentados, sino para que no seamos tentados más allá de nuestras fuerzas 1 Cor 10, 13 [...]. Porque o bien luchamos con la carne, que se enardece y milita contra el espíritu, o bien con el principio vital de toda carne que es considerado como la facultad directora y también se llama corazón—esta es la lucha de quienes se ejercitan en las pruebas humanas—, o bien a modo de atletas aventajados y expertos que no luchan ya con la carne ni con la sangre, ni son puestos a prueba con tentaciones humanas que han sabido superar; luchamos «contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» Efe, 12. Sea como fuere, no estamos exentos de tentaciones.
¿Cómo, pues, el Salvador nos manda que pidamos no ser puestos en tentación, siendo así que Dios a todos nos tienta de algún modo?: [...] «muchas son las tribulaciones de los justos» Sal 23, 20; cf. Jdt 8, 26-27; el apóstol: «por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios» Hech 14, 22.
[...] Pero, ¿cuándo alguien pensó que los hombres estarían fuera de tentaciones, si éstas les vienen con el uso de la razón? ¿Y en qué tiempo se sentiría seguro de no tener que pelear, para no pecar? ¿Está alguno en indigencia?: que tema «no sea que robe y blasfeme del nombre de Dios» Prov 30, 9. ¿Es rico?: que no esté seguro, porque en la abundancia puede engañarse y, exaltado, decir: ¿quién me ve? [...] Tampoco los que poseen un término medio entre las riquezas y la pobreza están inmunes de pecado en su posesión media. ¿Pero es que el sano y pletórico de vida piensa estar fuera de tentación por su misma buena salud? ¿Y de quiénes, si no es de los sanos y robustos, es el pecado de «violación del templo de Dios» 1 Cor 3, 17; 6, 18-19 [...] ¿Y qué enfermo escapa a todas las insinuaciones para violar el templo de Dios, si encontrándose a la sazón ocioso fácilmente puede consentir los pensamientos de cosas impuras que le asaltan? [...] Mas, ¿cree alguno que lo dejarán tranquilo las tentaciones, cuando se vea rodeado del honor de los hombres, y que no es suficientemente dura la frase: «recibieron ya la paga» Mt 6. 2.5, dirigida a los que se dejan llevar por la estima de las gentes como si en ello hubiera algún bien? [...] ¿Y a qué tengo que enumerar los fallos de soberbia de quienes se creen nobles y a la sumisión aduladora de los que se llaman innobles...? [...].
Ni XXIX. 9 siquiera aquél que «medita la ley del Señor día y noche» Sal 1. 2 [...] esta exento de tentación. ¿Será preciso Cf. XXIX. 10 decir cuántos estudiosos de las divinas Escrituras entendieron erróneamente las promesas contenidas en la Ley y los profetas, y se implicaron en doctrinas impías necias y ridículas? ¿No son también incontables los que, por no considerar reprochable la negligencia de la lectura, cayeron en los mismos errores? [...] Y esto les ocurría por no hacer frente a la tentación que les proponía no dedicarse a la lectura de los libros sagrados, encontrándose por ello desarmados para la lucha inminente.

2. Cómo superar la prueba

Así pues XXIX. 9, «la vida toda del hombre sobre la tierra es prueba» Job 7. 1. Por eso pedimos vernos libres de la tentación, no para dejar de ser tentados—pues esto es imposible mientras vivimos sobre la tierra— sino para no sucumbir en las pruebas. Pues el que sucumbe a la tentación cae en ella, como si fuera capturado en sus redes. En estas redes ya entró el Salvador por los que en ellas habían sido apresados y, mirando a través de sus mallas como por «entre celosía», [...] habla a los que allá están aprisionados y caídos en tentación, como si se tratara de su esposa: «¡levántate ya, amada mía, paloma mía!» Cant 2. 9-10. Por tanto XXIX. I I, hay que orar, no para dejar de ser tentados—cosa imposible— sino para no ser enredados por la tentación, como sucede a quienes por ella son atrapados y vencidos.

3. ¿Tienta Dios?

Puesto que fuera de la oración (del padrenuestro) se dice: [«Orad para] que no caigáis en tentación» Mt 26. 41, [...] y dentro de esta oración se nos propone decir a Dios Padre: «no nos dejes caer en la tentación» hay que entender cómo Dios necesariamente al que no ora lo lleva a la tentación. Porque si [...] caer en tentación es un mal, que pedimos no nos sobrevenga, ¿cómo no ha de ser absurdo pensar que Dios bueno [...] lance a alguien al mal? [...] Creo que Dios dispone de tal modo a cada una de las almas racionales, para que mire a su vida eterna. Todas conservan siempre su libertad; y por su propio impulso bien eligen lo mejor y suben hasta llegar a la cumbre de los bienes, bien por negligencia van descendiendo de diversos modos al mayor cúmulo de males.
Una curación rápida y precipitada engendra en algunos el desprecio de sus propias enfermedades, como fáciles de curar; con lo que sucede que, una vez sanados, vuelven a caer en las mismas enfermedades. Teniendo esto presente, no puede considerarse descabellado el dejar despectivamente que la maldad crezca en ellos y se desarrolle hasta hacerse incurable, para que, pasando la vida en el mal y saciándose del pecado, apetecido hasta que le provoque náuseas, por fin adviertan su daño, odien lo que primeramente han abrazado y, una vez curados, puedan conservar con mayor firmeza la recuperada salud del alma. [...]
Pues no quiere Dios que el bien venga a uno necesariamente, sino que se acepte libremente. [...] Luego si «no es injusto tender la red a las aves» Prov 1, 17, Dios razonablemente nos lleva al lazo, según el salmista dijo: «nos metiste en la red» Sal 65, 11; y si ni el más insignificante de los pájaros, sin la voluntad de Dios, cae en el lazo—y el que cae en él es por no haber usado rectamente de la facultad concedida de reanudar el vuelo—, pidamos no admitir nada por lo que merezcamos caer en tentación por justo juicio de Dios. Y cae en tentación cualquiera que es entregado por Dios a los deseos inmundos del corazón Cf. Rom 1, 24, y cualquiera que es abandonado a las pasiones ignominiosas Cf. Rom 1, 26-27, y cualquiera que, al no procurar tener a Dios dentro de sí, es entregado a un réprobo sentir, que lo lleva a cometer torpezas Cf. Rom 1, 28-32.

4. Utilidad de la tentación

He aquí cuál es la utilidad de la tentación: las cosas de nuestra alma, ocultas no a Dios pero sí a todos e incluso a nosotros mismos, se ponen de manifiesto por las tentaciones. Así no se nos esconde cómo somos, sino que, teniéndolo a la vista, advertimos, si queremos, los propios males, y agradecemos también los bienes, que por las tentaciones se nos han puesto de manifiesto.
Que las tentaciones nos sobrevienen precisamente para que aparezca cómo somos y se conozcan los rincones de nuestro corazón, lo declara el Señor: «¿Piensas que he tratado contigo con otro objeto que el de poner de manifiesto tu justicia?» Job 40, 3. Y en otro lugar: «El te afligió, te hizo pasar hambre, y te alimentó con el maná... te ha conducido a través del desierto, de serpientes de fuego y escorpiones, tierra árida y sin agua..., para que se conocieran los sentimientos de tu corazón» Dt 8, 2-3.15-16.
Por tanto, en los intervalos de las sucesivas tentaciones mantengámonos firmes y pertrechémonos para el futuro que pueda sobrevenirnos, a fin de que lo que suceda no ponga al descubierto nuestra preocupación, sino que sirva para poner de manifiesto nuestra esmerada preparación. Pues lo que faltara, a causa de la
debilidad humana, si agotamos nuestras posibilidades, lo completará Dios, que «hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» Rom 8, 28, de los que en su presciencia previa lo que serían.


(Sobre la oración, XXX, 1-3)


Me parece que Lucas con la frase: «no nos pongas en tentación» virtualmente nos ha enseñado también la otra: «líbranos del mal». Y ciertamente al discípulo, como a más aventajado, es probable que el Señor le hubiera hablado en compendio; mientras que al pueblo, que necesitaba una doctrina clara, lo hiciera en forma más explícita. El Señor nos libra del mal no cuando el enemigo deja de presentarnos batalla valiéndose de sus mil artes, sino cuando vencemos, arrostrando valientemente las circunstancias. Así leemos: «Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas lo libra el Señor» Sal 33, 20. Porque Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer, ya que dice el apóstol: «en mil maneras somos atribulados» 2Cor 4, 8, como si nunca nos hubiéramos de ver libres de ellas, sino cuando por la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación; pues estar en tribulación, según la fórmula hebrea, significa un estado que sobreviene independientemente de la voluntad, mientras que el abatimiento se dice de quien cede espontáneamente ante la tribulación, dejándose vencer por ella. Y por esto dice bien san Pablo: «en mil maneras somos atribulados, pero no nos abatimos» 2 Cor 4, 8.
De esta manera es como se ha de entender que uno es librado del mal. A Job lo liberó Dios no en que Satanás no recibiera autorización para presentarle estas o aquellas tentaciones—pues recibió efectivamente esta autorización—, sino porque en todas cuantas adversidades le sobrevinieron no pecó delante del Señor, antes se mostró justo. Pues quien había dicho: «¿Acaso teme Job a Dios en balde? ¿No has rodeado de un vallado protector a él, a su casa y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos y ha crecido así su hacienda sobre la tierra. Pero anda, extiende tu mano y tócale en lo suyo, a ver si no te vuelve las
espalda» Job 1, 9-11, se llenó de vergüenza, por haber dicho tantas falsedades contra Job; pues éste, a pesar de haber soportado tantos y tan grandes sufrimientos, no volvió la espalda a Dios, como decía su adversario, sino que perseveró bendiciendo a Dios, cuando estaba abandonado a la suerte del tentador. Y a su mujer que le decía: «!Maldice al Señor y muérete!» Job 2, 9, llegó a increparla, reprendiéndola con estas palabras: «!Has hablado como una mujer necia! ¿No recibimos de Dios los bienes? ¿Por qué no vamos a recibir también los males» Job 2, 10. Por segunda vez dijo el diablo sobre Job al Señor: «!Piel por piel! Cuanto el hombre tiene lo dará gustoso por su vida. Anda, pues, extiende tu mano y tócale en su hueso y en su carne, a ver si no te vuelve la espalda» Job 2, 4-5.
Pero, vencido por este atleta de la virtud, se puso al descubierto su mentira. Porque, herido de la manera más atroz, persistió en no ofender a Dios en nada con sus labios. Una vez sufridos los dos combates y saliendo en ambos victorioso, Job no tuvo que soportar un tercer combate de esta clase, pues convenía que esta triple lucha quedara reservada a Cristo y que nos la describieran los tres primeros evangelistas: en los tres combates venció al enemigo el Salvador en cuanto hombre Mt 4, 1-11 = Lc 4, 1-13.
Y después de haber examinado todo esto con diligencia y haberlo rumiado en nuestro interior para hacer consciente nuestra petición, haciéndonos dignos de que por haber escuchado a Dios él nos escuche debemos pedir que, si somos tentados, no perezcamos ni seamos abrasados por los «encendidos dardos que nos lanza el maligno» Ef 6, 16. Estos dardos prenden fuego en todos aquellos, cuyos «corazones—en expresión de un profeta—prestos estaban como un horno» Os 7, 6; en cambio no se inflaman los que, «con el escudo de la fe, hacen inútiles los encendidos dardos del maligno» Ef 6, 16, teniendo en sí mismo «ríos de agua, que saltan hasta la vida eterna» Jn 4, 14, que impiden el incremento del fuego del maligno, extinguiéndolo fácilmente con un diluvio de pensamientos divinos y saludables, que en el ánimo de quien procura ser espiritual se originan, al contemplar la verdad.
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Joselia
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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Dom Mar 23, 2014 6:37 pm

Catecismo de la Iglesia Católica



EL PADRE NUESTRO


SEGUNDA SECCIÓN
LA ORACIÓN DEL SEÑOR:
"PADRE NUESTRO"


2759 "Estando él [Jesús] en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.'" (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones: cf Lc 11, 2-4), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones: cf Mt 6, 9-13). la tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

2760 Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8*, 2) se afirma: "Tuyo es el poder y la gloria por siempre". Las Constituciones apostólicas (7, 24, 1) añaden en el comienzo: "el reino"': y ésta la fórmula actual para la oración ecuménica. La tradición bizantina añade después un gloria al "Padre, Hijo y Espíritu Santo". El misal romano desarrolla la última petición (Embolismo: "líbranos del mal") en la perspectiva explícita de "aguardando la feliz esperanza" (Tt 2, 13) y "la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo"; después se hace la aclamación de la asamblea, volviendo a tomar la doxología de las Constituciones apostólicas.

ARTÍCULO 1
"RESUMEN DE TODO EL EVANGELIO"


2761 "La oración dominical es en verdad el resumen de todo el Evangelio" (Tertuliano, or. 1). "Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: 'Pedid y se os dará' (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental" (Tertuliano, or. 10).

I Corazón de las Sagradas Escrituras

2762 Después de haber expuesto cómo los salmos son el alimento principal de la oración cristiana y confluyen en las peticiones del Padre Nuestro, San Agustín concluye:

Recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras, y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical (ep. 130, 12, 22).

2763 Toda la Escritura (la Ley, los Profetas, y los Salmos) se cumplen en Cristo (cf Lc 24, 44). El evangelio es esta "Buena Nueva". Su primer anuncio está resumido por San Mateo en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7). Pues bien, la oración del Padre Nuestro está en el centro de este anuncio. En este contexto se aclara cada una de las peticiones de la oración que nos dio el Señor:

La oración dominical es la más perfecta de las oraciones... En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad. (Santo Tomás de A., s. th. 2-2. 83, 9).

2764 El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en El.

II "La oración del Señor"

2765 La expresión tradicional "Oración dominical" [es decir, "oración del Señor"] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es "del Señor". Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado (cf Jn 17, 7): él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.

2766 Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico (cf Mt 6, 7; 1 R 18, 26-29). Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros "espíritu y vida" (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre "ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '¡Abbá, Padre!'" (Ga 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también "el que escruta los corazones", el Padre, quien "conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios" (Rm 8*, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

III Oración de la Iglesia

2767 Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor "tres veces al día" (Didaché 8*, 3), en lugar de las "Dieciocho bendiciones" de la piedad judía.

2768 Según la Tradición apostólica, la Oración del Señor está arraigada esencialmente en la oración litúrgica.

El Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque él no dice "Padre mío" que estás en el cielo, sino "Padre nuestro", a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt. 19, 4).

En todas las tradiciones litúrgicas, la Oración del Señor es parte integrante de las principales Horas del Oficio divino. Este carácter eclesial aparece con evidencia sobre todo en los tres sacramentos de la iniciación cristiana:

2769 En el Bautismo y la Confirmación, la entrega ["traditio"] de la Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Como la oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de Dios, "los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios vivo" (1 P 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que él escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones, sus oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la mayor parte de los comentarios patrísticos del Padre Nuestro están dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la Oración del Señor, es siempre el Pueblo de los "neófitos" el que ora y obtiene misericordia (cf 1 P 2, 1-10).

2770 En la Liturgia eucarística, la Oración del Señor aparece como la oración de toda la Iglesia. Allí se revela su sentido pleno y su eficacia. Situada entre la Anáfora (Oración eucarística) y la liturgia de la Comunión, recapitula por una parte todas las peticiones e intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis, y, por otra parte, llama a la puerta del Festín del Reino que la comunión sacramental va a anticipar.

2771 En la Eucaristía, la Oración del Señor manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los "últimos tiempos", tiempos de salvación que han comenzado con la efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del Señor. Las peticiones al Padre, a diferencia de las oraciones de la Antigua Alianza, se apoyan en el misterio de salvación ya realizado, de una vez por todas, en Cristo crucificado y resucitado.

2772 De esta fe inquebrantable brota la esperanza que suscita cada una de las siete peticiones. Estas expresan los gemidos del tiempo presente, este tiempo de paciencia y de espera durante el cual "aún no se ha manifestado lo que seremos" (1 Jn 3, 2; cf Col. 3, 4). La Eucaristía y el Padrenuestro están orientados hacia la venida del Señor, "¡hasta que venga!" (1 Co. 11, 26).

Resumen

2773 En respuesta a la petición de sus discípulos ("Señor, enséñanos a orar": Lc 11, 1), Jesús les entrega la oración cristiana fundamental, el "Padre Nuestro".

2774 "La oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio" (Tertuliano, or. 1), "la más perfecta de las oraciones" (Santo Tomás de A. s. th. 2-2, 83, 9). Es el corazón de las Sagradas Escrituras.

2775 Se llama "Oración dominical" porque nos viene del Señor Jesús, Maestro y modelo de nuestra oración.

2776 La Oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia. Forma parte integrante de las principales Horas del Oficio divino y de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Inserta en la Eucaristía, manifiesta el carácter "escatológico" de sus peticiones, en la esperanza del Señor, "hasta que venga" (1 Co 11, 26).

ARTÍCULO 2
"PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO"

I Acercarse a Él con toda confianza


2777 En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padre Nuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: "Atrevernos con toda confianza", "Haznos dignos de". Ante la zarza ardiendo, se le dijo a Moisés: "No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies" (Ex 3, 5). Este umbral de la santidad divina, sólo lo podía franquear Jesús, el que "después de llevar a cabo la purificación de los pecados" (Hb 1, 3), nos introduce en presencia del Padre: "Hénos aquí, a mí y a los hijos que Dios me dio" (Hb 2, 13):

La conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: 'Abbá, Padre' (Rm 8*, 15) ... ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre está animado por el Poder de lo alto? (San Pedro Crisólogo, serm. 71).

2778 Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana: "parrhesia", simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado (cf Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28; 3, 21; 5, 14).

II "¡Padre!"

2779 Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas imágenes falsas de "este mundo". La humildad nos hace reconocer que "nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar", es decir "a los pequeños" (Mt 11, 25-27). La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios. Dios nuestro Padre transciende las categorías del mundo creado. Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado:

La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando Moisés preguntó a Dios quién era El, oyó otro nombre. A nosotros este nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el nuevo nombre del Padre (Tertuliano, or. 3).

2780 Podemos invocar a Dios como "Padre" porque él nos ha sido revelado por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir, la relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que el Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes creemos que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).

2781 Cuando oramos al Padre estamos en comunión con El y con su Hijo, Jesucristo (cf 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como "Padre", Dios verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por habernos concedido creer en él y por haber sido habitados por su presencia.

2782 Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que se derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros "cristos":

Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en adelante, como participantes de Cristo, sois llamados "cristos" con justa causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3, 1).

El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice primero: "¡Padre!", porque ha sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat. 9).

2783 Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados a nosotros mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre (cf GS 22, 1):

Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te has convertido en buen hijo... Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no reclames ningún privilegio. No es Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro, para merecer ser hijo suyo (San Ambrosio, sacr. 5, 19).

2784 Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:

El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.

Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios 'Padre nuestro', de que debemos comportarnos como hijos de Dios (San Cipriano, Dom. orat. 11).

No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 7, 14).

Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma (San Gregorio de Nisa, or. dom. 2).

2785 Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños (cf Mt 18, 3); porque es a "los pequeños" a los que el Padre se revela (cf Mt 11, 25):

Es una mirada a Dios nada más, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable (San Juan Casiano, coll. 9, 18).

Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración, ... y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir ...¿Qué puede El, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos? (San Agustín, serm. Dom. 2, 4, 16).

III Padre "nuestro"

2786 Padre "Nuestro" se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios.

2787 Cuando decimos Padre "nuestro", reconocemos ante todo que todas sus promesas de amor anunciadas por los Profetas se han cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser "su Pueblo" y El es desde ahora en adelante "nuestro Dios". Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor y fidelidad (cf Os 2, 21-22; 6, 1-6) tenemos que responder "a la gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo (Jn 1, 17).

2788 Como la Oración del Señor es la de su Pueblo en los "últimos tiempos", ese "nuestro" expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al vencedor: "Yo seré su Dios y él será mi hijo" (Ap 21, 7).

2789 Al decir Padre "nuestro", es al Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien nos dirigimos personalmente. No dividimos la divinidad, ya que el Padre es su "fuente y origen", sino confesamos que eternamente el Hijo es engendrado por El y que de El procede el Espíritu Santo. No confundimos de ninguna manera las personas, ya que confesamos que nuestra comunión es con el Padre y su Hijo, Jesucristo, en su único Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es consubstancial e indivisible. Cuando oramos al Padre, le adoramos y le glorificamos con el Hijo y el Espíritu Santo.

2790 Gramaticalmente, "nuestro" califica una realidad común a varios. No hay más que un solo Dios y es reconocido Padre por aquellos que, por la fe en su Hijo único, han renacido de El por el agua y por el Espíritu (cf 1 Jn 5, 1; Jn 3, 5). La Iglesia es esta nueva comunión de Dios y de los hombres: unida con el Hijo único hecho "el primogénito de una multitud de hermanos" (Rm 8*, 29) se encuentra en comunión con un solo y mismo Padre, en un solo y mismo Espíritu (cf Ef 4, 4-6). Al decir Padre "nuestro", la oración de cada bautizado se hace en esta comunión: "La multitud de creyentes no tenía más que un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32).

2791 Por eso, a pesar de las divisiones entre los cristianos, la oración al Padre "nuestro" continúa siendo un bien común y un llamamiento apremiante para todos los bautizados. En comunión con Cristo por la fe y el Bautismo, los cristianos deben participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos (cf UR 8*; 22).

2792 Por último, si recitamos en verdad el "Padre Nuestro", salimos del individualismo, porque de él nos libera el Amor que recibimos. El adjetivo "nuestro" al comienzo de la Oración del Señor, así como el "nosotros" de las cuatro últimas peticiones no es exclusivo de nadie. Para que se diga en verdad (cf Mt 5, 23-24; 6, 14-16), debemos superar nuestras divisiones y los conflictos entre nosotros.

2793 Los bautizados no pueden rezar al Padre "nuestro" sin llevar con ellos ante El todos aquellos por los que el Padre ha entregado a su Hijo amado. El amor de Dios no tiene fronteras, nuestra oración tampoco debe tenerla (cf. NA 5). Orar a "nuestro" Padre nos abre a dimensiones de su Amor manifestado en Cristo: orar con todos los hombres y por todos los que no le conocen aún para que "estén reunidos en la unidad" (Jn 11, 52). Esta solicitud divina por todos los hombres y por toda la creación ha animado a todos los grandes orantes.

IV "Que estás en el cielo"

2794 Esta expresión bíblica no significa un lugar ["el espacio"] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está "fuera", sino "más allá de todo" lo que acerca de la santidad divina puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:

Con razón, estas palabras 'Padre nuestro que estás en el Cielo' hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquél a quien invoca (San Agustín, serm. Dom. 2, 5. 17).

El "cielo" bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).

2795 El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra "patria". De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8*; Sal 85, 12), porque el Hijo "ha bajado del cielo", solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

2796 Cuando la Iglesia ora diciendo "Padre nuestro que estás en el cielo", profesa que somos el Pueblo de Dios "sentado en el cielo, en Cristo Jesús" (Ef 2, 6), "ocultos con Cristo en Dios" (Col 3, 3), y, al mismo tiempo, "gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celestial" (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20; Hb 13, 14):

Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo (Epístola a Diogneto 5, 8-9).

Resumen

2797 La confianza sencilla y fiel, la seguridad humilde y alegre son las disposiciones propias del que reza el "Padre Nuestro".

2798 Podemos invocar a Dios como "Padre" porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios.

2799 La oración del Señor nos pone en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Al mismo tiempo, nos revela a nosotros mismos. (cf GS 22,1).

2800 Orar al Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de asemejarnos a él, así como debe fortalecer un corazón humilde y confiado.

2801 Al decir Padre "Nuestro", invocamos la nueva Alianza en Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina que se extiende por medio de la Iglesia a lo largo del mundo.

2802 "Que estás en el cielo" no designa un lugar sino la majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.

ARTÍCULO 3
LAS SIETE PETICIONES


2803 Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las cuatro últimas, como caminos hacia El, ofrecen nuestra miseria a su Gracia. "Abismo que llama al abismo" (Sal 42, 8*).

2804 El primer grupo de peticiones nos lleva hacia El, para El: ¡tu Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquél que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no "nos" nombramos, sino que lo que nos mueve es "el deseo ardiente", "el ansia" del Hijo amado, por la Gloria de su Padre,(cf Lc 22, 14; 12, 50): "Santificado sea ... venga ... hágase ...": estas tres súplicas ya han sido escuchadas en el Sacrificio de Cristo Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento final mientras Dios no sea todavía todo en todos (cf 1 Co 15, 28).

2805 El segundo grupo de peticiones se desenvuelve en el movimiento de ciertas epíclesis eucarísticas: son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos afecta ya ahora, en este mundo: "danos ... perdónanos ... no nos dejes ... líbranos". La cuarta y la quinta petición se refieren a nuestra vida como tal, sea para alimentarla, sea para curarla del pecado; las dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida, el combate mismo de la oración.

2806 Mediante las tres primeras peticiones somos afirmados en la fe, llenos de esperanza y abrasados por la caridad. Como criaturas y pecadores todavía, debemos pedir para nosotros, un "nosotros" que abarca el mundo y la historia, que ofrecemos al amor sin medida de nuestro Dios. Porque nuestro Padre cumple su plan de salvación para nosotros y para el mundo entero por medio del Nombre de Cristo y del Reino del Espíritu Santo.

I Santificado sea tu nombre

2807 El término "santificar" debe entenderse aquí, en primer lugar, no en su sentido causativo (solo Dios santifica, hace santo) sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de una manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias (cf Sal 111, 9; Lc 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a desear profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre se comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre sea santificado nos implica en "el benévolo designio que él se propuso de antemano" para que nosotros seamos "santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (cf Ef 1, 9. 4).

2808 En los momentos decisivos de su Economía, Dios revela su Nombre, pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se realiza para nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por nosotros y en nosotros.

2809 La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio eterno. Lo que se manifiesta de él en la creación y en la historia, la Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf Sal 8*; Is 6, 3). Al crear al hombre "a su imagen y semejanza" (Gn 1, 26), Dios "lo corona de gloria" (Sal 8*, 6), pero al pecar, el hombre queda "privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23). A partir de entonces, Dios manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir al hombre "a la imagen de su Creador" (Col 3, 10).

2810 En la promesa hecha a Abraham y en el juramento que la acompaña (cf Hb 6, 13), Dios se compromete a sí mismo sin revelar su Nombre. Empieza a revelarlo a Moisés (cf Ex 3, 14) y lo manifiesta a los ojos de todo el pueblo salvándolo de los egipcios: "se cubrió de Gloria" (Ex 15, 1). Desde la Alianza del Sinaí, este pueblo es "suyo" y debe ser una "nación santa" (o consagrada, es la misma palabra en hebreo: cf Ex 19, 5-6) porque el Nombre de Dios habita en él.

2811 A pesar de la Ley santa que le da y le vuelve a dar el Dios Santo (cf Lv 19, 2: "Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios soy santo"), y aunque el Señor "tuvo respeto a su Nombre" y usó de paciencia, el pueblo se separó del Santo de Israel y "profanó su Nombre entre las naciones" (cf Ez 20, 36). Por eso, los justos de la Antigua Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los profetas se sintieron inflamados por la pasión por su Nombre.

2812 Finalmente, el Nombre de Dios Santo se nos ha revelado y dado, en la carne, en Jesús, como Salvador (cf Mt 1, 21; Lc 1, 31): revelado por lo que él es, por su Palabra y por su Sacrificio (cf Jn 8, 28; 17, 8; 17, 17-19). Esto es el núcleo de su oración sacerdotal: "Padre santo ... por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad" (Jn 17, 19). Jesús nos "manifiesta" el Nombre del Padre (Jn 17, 6) porque "santifica" él mismo su Nombre (cf Ez 20, 39; 36, 20-21). Al terminar su Pascua, el Padre le da el Nombre que está sobre todo nombre: Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (cf Flp 2, 9-11).

2813 En el agua del bautismo, hemos sido "lavados, santificados, justificados en el Nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios" (1 Co 6, 11). A lo largo de nuestra vida, nuestro Padre "nos llama a la santidad" (1 Ts 4, 7) y como nos viene de él que "estemos en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros santificación" (1 Co 1, 30), es cuestión de su Gloria y de nuestra vida el que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros. Tal es la exigencia de nuestra primera petición.

¿Quién podría santificar a Dios puesto que él santifica? Inspirándonos nosotros en estas palabras 'Sed santos porque yo soy santo' (Lv 20, 26), pedimos que, santificados por el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y lo pedimos todos los días porque faltamos diariamente y debemos purificar nuestros pecados por una santificación incesante... Recurrimos, por tanto, a la oración para que esta santidad permanezca en nosotros (San Cipriano, Dom orat. 12).

2814 Depende inseparablemente de nuestra vida y de nuestra oración que su Nombre sea santificado entre las naciones:

Pedimos a Dios santificar su Nombre porque él salva y santifica a toda la creación por medio de la santidad... Se trata del Nombre que da la salvación al mundo perdido pero nosotros pedimos que este Nombre de Dios sea santificado en nosotros por nuestra vida. Porque si nosotros vivimos bien, el nombre divino es bendecido; pero si vivimos mal, es blasfemado, según las palabras del Apóstol: 'el nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones'(Rm 2, 24; Ez 36, 20-22). Por tanto, rogamos para merecer tener en nuestras almas tanta santidad como santo es el nombre de nuestro Dios (San Pedro Crisólogo, serm. 71).

Cuando decimos "santificado sea tu Nombre", pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en él, pero también en los otros a los que la gracia de Dios espera todavía para conformarnos al precepto que nos obliga a orar por todos, incluso por nuestros enemigos. He ahí por qué no decimos expresamente: Santificado sea tu Nombre 'en nosotros', porque pedimos que lo sea en todos los hombres (Tertuliano, or. 3).

2815 Esta petición, que contiene a todas, es escuchada gracias a la oración de Cristo, como las otras seis que siguen. La oración del Padre nuestro es oración nuestra si se hace "en el Nombre" de Jesús (cf Jn 14, 13; 15, 16; 16, 24. 26). Jesús pide en su oración sacerdotal: "Padre santo, cuida en tu Nombre a los que me has dado" (Jn 17, 11).

II Venga a nosotros tu reino

2816 En el Nuevo Testamento, la palabra "basileia" se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Ultima Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:

Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos (San Cipriano, Dom. orat. 13).

2817 Esta petición es el "Marana Tha", el grito del Espíritu y de la Esposa: "Ven, Señor Jesús":

Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición , dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: '¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?' (Ap 6, 10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino! (Tertuliano, or. 5).

2818 En la oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor "a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo" (MR, plegaria eucarística IV).

2819 "El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo" (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre "la carne" y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25):

Solo un corazón puro puede decir con seguridad: '¡Venga a nosotros tu Reino!'. Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: 'Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal' (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: '¡Venga tu Reino!' (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

2820 Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz (cf GS 22; 32; 39; 45; EN 31).

2821 Esta petición está sostenida y escuchada en la oración de Jesús (cf Jn 17, 17-20), presente y eficaz en la Eucaristía; su fruto es la vida nueva según las Bienaventuranzas (cf Mt 5, 13-16; 6, 24; 7, 12-13).

III Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

2822 La voluntad de nuestro Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 3-4). El "usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan" (2 P 3, 9; cf Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que "nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado" (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).

2823 El nos ha dado a "conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano ... : hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza ... a él por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su Voluntad" (Ef 1, 9-11). Pedimos con insistencia que se realice plenamente este designio benévolo, en la tierra como ya ocurre en el cielo.

2824 En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: " He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad" (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: "Yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: "No se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38). He aquí por qué Jesús "se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios" (Ga 1, 4). "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 10).

2825 Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia" (Hb 5, 8*). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):

Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra. Porque no dice 'Que tu voluntad se haga' en mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).

2826 Por la oración, podemos "discernir cuál es la voluntad de Dios" (Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener "constancia para cumplirla" (Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino "haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21).

2827 "Si alguno cumple la voluntad de Dios, a ese le escucha" (Jn 9, 31; cf 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración de la Iglesia en el Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es comunión de intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf Lc 1, 38. 49) y con todos los santos que han sido "agradables" al Señor por no haber querido más que su Voluntad:

Incluso podemos, sin herir la verdad, cambiar estas palabras: 'Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo' por estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que le ha sido desposada, como en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre (San Agustín, serm. Dom. 2, 6, 24).

IV Danos hoy nuestro pan de cada día

2828 "Danos": es hermosa la confianza de los hijos que esperan todo de su Padre. "Hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos" (Mt 5, 45) y da a todos los vivientes "a su tiempo su alimento" (Sal 104, 27). Jesús nos enseña esta petición; con ella se glorifica, en efecto, a nuestro Padre reconociendo hasta qué punto es Bueno más allá de toda bondad.

2829 Además, "danos" es la expresión de la Alianza: nosotros somos de El y él de nosotros, para nosotros. Pero este "nosotros" lo reconoce también como Padre de todos los hombres, y nosotros le pedimos por todos ellos, en solidaridad con sus necesidades y sus sufrimientos.

2830 "Nuestro pan". El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre (cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13) sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios. (S. Cipriano, Dom. orat. 21).

2831 Pero la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16, 19-31) y del juicio final (cf Mt 25, 31-46).

2832 Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (cf AA 5). Debe manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar jamás que no hay estructura justa sin seres humanos que quieran ser justos.

2833 Se trata de "nuestro" pan, "uno" para "muchos": La pobreza de las Bienaventuranzas entraña compartir los bienes: invita a comunicar y compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza sino por amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros (cf 2 Co 8, 1-15).

2834 "Ora et labora" (cf. San Benito, reg. 20; 48). "Orad como si todo dependiese de Dios y trabajad como si todo dependiese de vosotros". Después de realizado nuestro trabajo, el alimento continúa siendo don de nuestro Padre; es bueno pedírselo, dándole gracias por él. Este es el sentido de la bendición de la mesa en una familia cristiana.

2835 Esta petición y la responsabilidad que implica sirven además para otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: "No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3; Mt 4, 4), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. Los cristianos deben movilizar todos sus esfuerzos para "anunciar el Evangelio a los pobres". Hay hambre sobre la tierra, "mas no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios" (Am 8, 11). Por eso, el sentido específicamente cristiano de esta cuarta petición se refiere al Pan de Vida: la Palabra de Dios que se tiene que acoger en la fe, el Cuerpo de Cristo recibido en la Eucaristía (cf Jn 6, 26-58).

2836 "Hoy" es también una expresión de confianza. El Señor nos lo enseña (cf Mt 6, 34; Ex 16, 19); no hubiéramos podido inventarlo. Como se trata sobre todo de su Palabra y del Cuerpo de su Hijo, este "hoy" no es solamente el de nuestro tiempo mortal: es el Hoy de Dios:

Si recibes el pan cada día, cada día para ti es hoy. Si Jesucristo es para ti hoy, todos los días resucita para ti. ¿Cómo es eso? 'Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy' (Sal 2, 7). Hoy, es decir, cuando Cristo resucita (San Ambrosio, sacr. 5, 26).

2837 "De cada día". La palabra griega, "epiousios", no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de "hoy" (cf Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza "sin reserva". Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8*). Tomada al pie de la letra [epiousios: "lo más esencial"], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, "remedio de inmortalidad" (San Ignacio de Antioquía) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56) Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este "día" es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre "cada día".

La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos... Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación (San Agustín, serm. 57, 7, 7).

El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del cielo (cf Jn 6, 51). Cristo "mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la Iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial" (San Pedro Crisólogo, serm. 71)

V Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, -"perdona nuestras ofensas"- podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es "para la remisión de los pecados". Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: "como".

Perdona nuestras ofensas...

2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una "confesión" en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, "tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados" (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23).

2840 Ahora bien, este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.

2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero "todo es posible para Dios".

... como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

2842 Este "como" no es el único en la enseñanza de Jesús: "Sed perfectos 'como' es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48); "Sed misericordiosos, 'como' vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36); "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que 'como' yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida "del fondo del corazón", en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es "nuestra Vida" (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, "perdonándonos mutuamente 'como' nos perdonó Dios en Cristo" (Ef 4, 32).

2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: "Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano". Allí es, en efecto, en el fondo "del corazón" donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión.

2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, DM 14).

2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de "pecados" según Lc 11, 4, o de "deudas" según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: "Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor" (Rm 13, 8*). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 19-24). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24):

Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel (San Cipriano, Dom. orat. 23: PL 4, 535C-536A).

VI No nos dejes caer en la tentación

2846 Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos "deje caer" en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa "no permitas entrar en" (cf Mt 26, 41), "no nos dejes sucumbir a la tentación". "Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie" (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate "entre la carne y el Espíritu". Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.

2847 El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior (cf Lc 8, 13-15; Hch 14, 22; 2 Tm 3, 12) en orden a una "virtud probada" (Rm 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf St 1, 14-15). También debemos distinguir entre "ser tentado" y "consentir" en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es "bueno, seductor a la vista, deseable" (Gn 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres ... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).

2848 "No entrar en la tentación" implica una decisión del corazón: "Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón ... Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6, 21-24). "Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu" (Ga 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este "dejarnos conducir" por el Espíritu Santo. "No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito" (1 Co 10, 13).

2849 Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (cf Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Co 16, 13; Col 4, 2; 1 Ts 5, 6; 1 P 5, 8*). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Ap 16, 15).

VII Y Líbranos del mal

2850 La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el "nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana. La oración del Señor no cesa de abrirnos a las dimensiones de la economía de la salvación. Nuestra interdependencia en el drama del pecado y de la muerte se vuelve solidaridad en el Cuerpo de Cristo, en "comunión con los santos" (cf RP 16).

2851 En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El "diablo" ["dia-bolos"] es aquél que "se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo.

2852 "Homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 44), "Satanás, el seductor del mundo entero" (Ap 12, 9), es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo y, por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será "liberada del pecado y de la muerte" (MR, Plegaria Eucarística IV). "Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno" (1 Jn 5, 18-19):

El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del Diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al Demonio. "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8, 31) (S. Ambrosio, sacr. 5, 30).

2853 La victoria sobre el "príncipe de este mundo" (Jn 14, 30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo está "echado abajo" (Jn 12, 31; Ap 12, 11). "El se lanza en persecución de la Mujer" (cf Ap 12, 13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, "llena de gracia" del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos" (Ap 12, 17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 17. 20) ya que su Venida nos librará del Maligno.

2854 Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que "tiene las llaves de la Muerte y del Hades" (Ap 1,18), "el Dueño de todo, Aquél que es, que era y que ha de venir" (Ap 1,8; cf Ap 1, 4):

Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo (MR, Embolismo).

LA DOXOLOGÍA FINAL

2855 La doxología final "Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre Señor" vuelve a tomar, implícitamente, las tres primeras peticiones del Padrenuestro: la glorificación de su nombre, la venida de su Reino y el poder de su voluntad salvífica. Pero esta repetición se hace en forma de adoración y de acción de gracias, como en la Liturgia celestial (cf Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13). El príncipe de este mundo se había atribuido con mentira estos tres títulos de realeza, poder y gloria (cf Lc 4, 5-6). Cristo, el Señor, los restituye a su Padre y nuestro Padre, hasta que le entregue el Reino, cuando sea consumado definitivamente el Misterio de la salvación y Dios sea todo en todos (cf 1 Co 15, 24-28).

2856 "Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa 'Así sea' (cf Lc 1, 38), lo que contiene la oración que Dios nos enseñó" (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 18).

Resumen

2857 En el Padrenuestro, las tres primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

2858 Al pedir: "Santificado sea tu Nombre" entramos en el plan de Dios, la santificación de su Nombre -revelado a Moisés, después en Jesús - por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

2859 En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el "hoy" de nuestras vidas.

2860 En la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo.

2861 En la cuarta petición, al decir "danos", expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo. "Nuestro pan" designa el alimento terrenal necesario para la subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida: Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el "hoy" de Dios, como el alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino que anticipa la Eucaristía.

2862 La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

2863 Al decir: "No nos dejes caer en la tentación", pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

2864 En la última petición, "y líbranos del mal", el cristiano pide a Dios con la Iglesia que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre el "Príncipe de este mundo", sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a Su plan de salvación.

2865 Con el "Amén" final expresamos nuestro "fiat" respecto a las siete peticiones: "Así sea".

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Joselia
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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Dom Mar 23, 2014 6:46 pm

SANTO TOMAS DE AQUINO
EL PADRENUESTRO
comentado
PROLOGO




CUALIDADES DE LA ORACIÓN
I
1.  Entre todas las oraciones, la oración dominical es manifiestamente la principal.
A) En efecto, posee las cinco cualidades que se requieren en la oración. La cual debe ser confiada, recta, ordenada, devota y humilde.
2.  a) Debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la gracia, como se dice en Hebreos 4, 16.
Además debe hacerse con fe que no desfallezca, como dice Santiago (1, 6) : "Que pida con fe, sin ninguna
vacilación". Aun racionalmente esta oración es segurísima: está formada por nuestro abogado, que pide de manera sapientísima, en el cual están todos los tesoros de la sabiduría, como se dice en Colosenses 2, y
del cual dice Juan 1, 2-1: "Tenemos un abogado cabe el Padre, Jesucristo justo"; por lo cual dice Cipriano en su tratado sobre la Oración Dominical: "Como con Cristo tenemos un abogado cabe el Padre por nuestros pecados, cuando pedimos por nuestros delitos, presentemos las palabras de nuestro abogado". También por otro motivo se ve que esta oración es oída más seguramente y es que EL mismo que nos la enseñó la oye con el Padre, según aquello del Salmo 90, 15: "Clamará a Mí, y Yo lo oiré". Por lo cual dice Cipriano: "Rogar a Nuestro Señor con sus propias palabras es hacerle una oración grata, familiar y devota". Por lo cual nunca deja de sacarse algún fruto de esta oración, y según San Agustín por ella se perdonan nuestros pecados veniales.
3.  b) Nuestra oración debe ser también recta, de modo que el que ora le pida a Dios cosas que le convienen. Por lo cual el Damasceno dice: "La oración es una petición a Dios de dones que nos convienen".
En efecto, muy a menudo no es escuchada la oración porque se piden cosas inconvenientes. Santiago 4, 3:
"Pedís y no recibís porque pedís algo malo". Difícil es sin embargo saber qué es lo que se debe pedir, así como es también muy difícil saber qué se debe desear. En efecto, no es lícito pedir en la oración sino las cosas que es lícito desear: por lo cual dice el Apóstol, en Rom 8, 26: "No sabemos orar como es debido". Pero quien nos lo enseñó es el mismo Cristo: a El le corresponde enseñarnos lo que debemos pedir. Por lo cual los discípulos le dijeron (Luc 11, 1: "Señor, enséñanos a orar".
Así es que las cosas que El mismo nos enseñó a pedir, rectísimamente se piden, por lo cual dice San Agustín: "Si oramos de manera justa y conveniente, cualesquiera que sean las palabras que digamos, no
decimos sino lo que en la oración dominical está contenido".
4.  c) La oración debe ser también ordenada como el deseo mismo, puesto que la oración muestra el deseo. El orden debido es que en nuestros deseos y oraciones prefiramos lo espiritual a lo carnal, lo celestial a lo
terreno, según dice Mt 6, 33: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por
añadidura". Lo cual nos lo enseña el Señor a observar en esta oración: en ella se piden primeramente las cosas celestiales y después las de la tierra.
5.— d) La oración debe ser también devota, porque la consistencia de la devoción es lo que hace que el sacrificio de la oración sea acepto a Dios, según el Salmo LXII, 5-6: "En tu nombre alzaré mis manos: y mi alma se saciará de Ti como de médula y suculencia". A menudo por el mucho hablar se embota la devoción, por lo cual el Señor nos enseña a evitar la demasiada prolijidad en las palabras, según Mt 6, 7: "Al orar no multipliquéis las palabras". Agustín le dice a Proba: "Que no haya en la oración muchas palabras; pero no se deje de mucho suplicar si persevera el esfuerzo fervoroso". Por lo cual el Señor instituyó esta breve oración [del Padrenuestro],
6.  Por otra parte, la devoción proviene de la caridad, que es amor de Dios y del prójimo. Y uno y otro se
manifiestan en esta oración. En efecto, para dar a conocer el divino amor, a El lo llamamos Padre; y para
dar a conocer el amor al prójimo oramos en general por todos diciendo: "Padre nuestro, y perdónanos nuestras deudas". A lo cual nos lleva el amor de nuestros prójimos.
7. --- e) La oración debe ser también humilde, según el Salmo 101, 18: "Atendió la oración de los humildes"; y Luc 18, sobre el fariseo y el publicano; y Judit 9, 16: "Siempre te ha sido acepta la súplica de los humildes y mansos". Tal humildad se practica en esta oración, porque hay verdadera humildad cuando nada fincamos en nuestras propias fuerzas y sólo del divino poder esperamos obtenerlo todo.

II
Efectos de la oración
8.  B) Conviene saber que la oración produce tres bienes.
a) Primeramente es un remedio eficaz y útil contra los males. En efecto, nos libra de los pecados cometidos.
Salmo 31, 5-6: "Tú perdonaste la iniquidad de mi pecado, por lo cual orará a ti todo hombre santo". Así oró el ladrón en la cruz, y obtuvo el perdón; porque Jesús le dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Luc 23, 43). Así oró el publicano, y volvió a su casa justificado (Luc 18,14).
Nos libra también del temor de los pecados que pueden sobrevenir, de las tribulaciones y de la tristeza (Sant
5, 13: "¿Hay alguno triste entre vosotros? Que ore (con el alma tranquila)".
También nos libra de persecuciones y de enemigos. Salmo 108, 4: "En lugar de amarme me denigraban; mas yo oraba".
9.  b) En segundo lugar es eficaz y útil para la obtención de todos nuestros deseos. Marc 11, 24: "Todo cuanto orando pidiereis creed que lo recibiréis". Y si no somos escuchados es que no pedimos con insistencia: "En efecto, es necesario orar siempre y no desfallecer" (Luc 18, 1); o no pedimos lo que más conviene para nuestra salvación. Dice Agustín: "Bueno es el Señor, que a menudo no nos concede lo que queremos para darnos lo que más nos favorece". Ejemplo de ello hallamos en Pablo, que tres veces pidió ser librado de un punzante tormento y no fue oído: 2 Cor 12, 8.
10.  En tercer lugar, la oración es útil porque nos convierte en familiares de Dios. Salmo 140, 2: "Que mi
oración esté ante ti como incienso".

PADRE NUESTRO

11. --- Advirtamos dos cosas: de qué manera Dios es Padre y qué le debemos por ser Padre.
Se le llama Padre a causa de la manera especial como nos creó, pues nos creó a su imagen y semejanza,
imagen y semejanza que no imprimió en las demás creaturas inferiores. Deut 32, 6: "El mismo es tu Padre, el que te hizo y te creó".
También por razón de su gobierno: aunque gobierna todas las cosas, a nosotros nos gobierna como a señores y las demás cosas como a esclavas. Sab 14, 3: "Tu providencia, oh Padre, gobierna todas las cosas"; y Sab 12, 18: "Y a nosotros nos gobiernas con extremada
consideración".
También por razón de su adopción: porque a las otras criaturas les dio algo como pequeños regalos; mas
a nosotros la heredad, y esto porque somos sus hijos; pero por ser hijos también herederos. Dice el Apóstol
(Rom 8, 15): "No recibisteis espíritu de servidumbre en el temor, sino espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre".
12. --- Le debemos cuatro cosas:
En primer lugar, honor. Mat 1, 6: "Si yo soy Padre ¿dónde está el honor que me es debido?": el cual consiste en tres cosas.
Debemos rendirle alabanzas como a Dios. Salmo 49. 23: "El sacrificio de alabanza me honrará". Las cuales
deben estar no sólo en la boca sino también en el corazón. Isaías 29, 13: "Este pueblo me honra con los
labios; pero su corazón está lejos de Mí". En la pureza del cuerpo por cuanto ve a El mismo. 1 Cor 6, 20: "Glorificad a Dios y llevadlo en vuestro cuerpo". En la equidad de los juicios respecto al prójimo. Salmo
98, 4: "El honor del rey ama la justicia".
13. --- En segundo lugar debemos imitarlo, porque es nuestro padre. Jer 3, 19: "Me llamaréis Padre y no
dejaréis de marchar en pos de Mí". Tal imitación se perfecciona con tres cosas. Con amor. Ef 5, 1-2: "Sed imitadores de Dios como hijos queridos y proceded con amor". Y éste debe estar en el corazón. Con misericordia. En efecto, el amor debe acompañarse de misericordia. Luc 6, 36: "Sed misericordiosos". Y
la misericordia debe mostrarse en las obras. Con perfección. Porque amor y misericordia deben ser perfectos. Mt 5, 48: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".
14. --- En tercer lugar le debemos obediencia. Hebr 12, 9: "Mucho mejor es someterse al Padre de los espíritus". Y esto por tres razones. Primeramente a causa de su dominio: El es en efecto el Señor. Éxodo 24, 7: "Haremos todas las cosas que ha indicado el Señor y seremos obedientes". En segundo lugar por [su] ejemplo: porque su verdadero Hijo se hizo obediente al Padre hasta la muerte, como se dice en Filip 2, 8.
En tercer lugar por nuestra conveniencia. 2 Samuel 6, 21: "Danzaré ante el Señor que me eligió".
15. --- En cuarto lugar le debemos paciencia en los castigos. Prov 3, 11-12: "No rechaces, hijo mío, la corrección del Señor; ni desmayes cuando El te castigue. Porque el Señor reprime a los que ama, y en ellos se complace como un Padre con su hijo".
16. --- Con esto ---[con la palabra "nuestro"]--- se indica que debemos dos cosas a nuestros prójimos.
Primeramente, amor, porque son nuestros hermanos, puesto que todos son hijos de Dios: 1 Juan 4, 20: "El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?"
También respeto, porque son hijos de Dios. Mal 2, 10: "¿No es uno mismo el Padre de todos nosotros? ¿No un solo Dios que nos ha creado? ¿Pues por qué desprecia cada uno de vosotros a su hermano?" Rom 12, 10: "Anticipaos unos a otros en las señales de deferencia". Y todo esto por su fruto, porque "El mismo vino a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (Hebr 5, 9).

QUE ESTAS EN LOS CIELOS

17. --- Entre las disposiciones que le son necesarias al que ora, la confianza tiene una gran importancia. Santiago 1, 6: "Pídase con fe, sin vacilar". Por lo cual al enseñarnos el Señor a orar, adelantó aquellas cosas por las que se engendra en nosotros la confianza: esto es, la benignidad del Padre: por lo cual dijo "Padre nuestro", según Luc 11,13: "Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto
más vuestro Padre [celestial] os dará [de lo alto"] del cielo su buen Espíritu a los que se lo pidan?"; y la
grandeza de su poder: por lo cual dijo "que estás en los cielos". También el Salmo 122, 1: "Levantaré mis ojos a Ti, que habitas en los cielos".
18. --- Lo cual puede corresponder a tres cosas:
Primeramente a la preparación del que ora, pues se dice en Eccli 18, 23: "Antes de la oración prepara tu
alma". Para que se entienda que "estás en los cielos" es lo mismo que "en la gloria celestial". A este propósito dice Mt 5, 12: "Vuestra recompensa es copiosa en los cielos". Y tal preparación debe ser mediante la imitación de las realidades celestiales, porque el hijo debe imitar a su padre. Por lo cual se dice en Cor 15, 49: "Así como hemos llevado la imagen del hombre terreno, debemos también llevar la imagen del celeste".
También mediante la contemplación de las cosas celestiales. Porque los hombres suelen dirigir su pensamiento más frecuentemente al lugar donde tienen a su padre y las demás cosas que aman, según Mt 6, 21: "Donde está tu tesoro allí está tu corazón". Por lo cual les decía el Apóstol a los Filipenses (3, 20): "Nuestra morada está en los cielos". Y mediante la aspiración a las cosas celestiales, de modo que a quien está en los cielos no le pidamos sino las cosas celestiales, conforme a Colos 3, 1: "Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo".
19. --- En segundo lugar, las palabras "que estás en los cielos" pueden referirse a la facilidad del que oye, porque entonces está más cercano a nosotros; y así, "que estás en los cielos" entiéndase que es lo mismo que en los Santos, en los que Dios habita, conforme a Jer 14, 9: "Tú estás en nosotros, Señor". En efecto, a los Santos se les llama cielos, conforme al Salmo 18, 2: "Los cielos cuentan la gloria de Dios".
Ahora bien, Dios habita en los Santos por la fe: Ef 3, 17: "Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones".
Por la caridad: 1 Juan 4, 16: "El que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él".
Por el cumplimiento de los mandamientos: Juan 14, 23: "Si alguno me ama, observará mi doctrina; y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él".
20. --- En tercer lugar, las palabras "que estás en los cielos" pueden referirse a la omnipotencia del que nos
oye; y así, que por cielos entendamos los cielos materiales; no porque Dios esté encerrado en los cielos
materiales, porque está escrito en Reyes 8, 27: "Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte"; sino para dar a entender: que Dios es de penetrante observación, porque ve desde muy alto. Salmo 101, 20: "Ha mirado desde su santa altura"; que es sublime en su poder, según el Salmo 102, 19: "El Señor dispuso su asiento en el cielo"; que es estable en su eternidad, según el Salmo 101, 13: "Mas Tú permaneces eternamente"; y también el [versículo] 28: "Y tus años no tienen fin". Por lo cual se dice de Cristo en el Salmo 88, 30: "Su trono es como el día del cielo". Y el filósofo enseña, en su tratado "Del cielo", que a causa de su incorruptibilidad todos han considerado que el cielo es el asiento de los espíritus.
21. --- Con las palabras "que estás en los cielos" se nos da confianza para orar, por tres motivos: por el poder de Aquel a quien se pide; por la familiaridad con El; y por la conveniencia de la petición.
a) El poder de Aquel a quien se pide es sugerido si por cielos entendemos los cielos materiales. Pues aunque no está El limitado por los cielos materiales, como se lee en Jeremías 23, 24: Yo lleno el cielo y la tierra; sin embargo se dice que El está en los cielos materiales para indicar dos cosas: tanto la virtud de su poder como la sublimidad de su naturaleza.
22. --- Lo primero es contra los que dicen que todo ocurre necesariamente por la determinación de los cuerpos celestiales: tanto que sería inútil pedirle algo a Dios por la oración. Pero esto es una estulticia, porque si se dice que Dios está en los cielos es precisamente como Señor de los mismos cielos y de las estrellas, conforme al Salmo 102, 19: "El Señor en el cielo asentó su trono".
23. --- Lo segundo es contra aquellos que al orar idean e inventan imágenes corporales de Dios. Por eso se dice que está en los cielos para que por aquello que en las cosas sensibles es lo más elevado, se exprese que la divina sublimidad todo lo excede, aun los deseos y la comprensión de los hombres; de modo que todo lo que se pueda pensar o desear es menor que Dios. Por lo cual se dice en Job 36, 26: "¡Qué grande es Dios, que sobrepuja a nuestra ciencia!"; en el Salmo 112, 4: "Excelso es el Señor sobre todas las gentes"; en Isaías 40, 18: "¿A quién habéis asemejado a Dios?".
24. --- b) La familiaridad con Dios se nos muestra si por cielos se toma a los Santos. En efecto, ya que algunos dijeron que El por su excelsitud no cuida de las cosas humanas, conviene saber que está muy cerca de nosotros, o más bien nos es íntimo, pues se dice que está en los cielos, esto es, en los Santos, a quienes se les llama cielos, conforme al Salmo 18, 2: "Los cielos cuentan la gloria de Dios"; y Jerem 14, 9: "Tú, Señor, estás con nosotros".
25. --- Esto produce confianza en los que oran, por dos motivos. Primero por la proximidad de Dios, según el Salmo 144, 18: "Muy cerca está el Señor de todos los que lo invocan". Por lo cual nos dice en Mt 6, 6: "Mas tú, cuando vayas a orar entra en tu aposento", a saber, el del corazón. Segundo, porque por la intercesión de los santos podemos obtener lo que pedimos, según Job 5, 1: "Dirígete a alguno de los Santos"; Sant 5, 16: "Orad los unos por los otros para que seáis salvos".
26. --- c) Diciendo "que El está en los cielos" la oración tiene idoneidad y conveniencia, si por cielos se entienden los bienes espirituales y eternos, en los cuales consiste la bienaventuranza, por dos razones.
Primeramente, porque con estas palabras se inflaman nuestros deseos por las cosas celestiales. En efecto,
nuestros deseos deben tender a donde tenemos a nuestro Padre, porque allí es donde está nuestra heredad. Colos 3, 1: "Buscad las cosas que son de arriba". 1 Pedro 1, 4 nos habla de "la herencia inmarcesible" que nos está "reservada en los cielos".
En segundo lugar, porque esto nos convida a que nuestra vida sea celestial, a fin de que seamos conformes
con el Padre Celestial, según 1 Cor 15, 48: "Como el celeste, así serán los celestes". Y estas dos cosas ---el deseo de lo celestial y una vida celestial--- nos hacen idóneos para pedir, pues por ellas es digna la oración.

Primera Petición

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE


27. --- Esta es la primera petición. En ella pedimos que su nombre se manifieste y se proclame por nosotros. Ahora bien, el nombre de Dios es antes que nada admirable, porque en todas las criaturas opera maravillas. Por lo cual dice el Señor en Marc 16, 17: "En mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, cogerán serpientes y aunque beban algo envenenado no les hará daño".
28. --- En segundo lugar es amable. Hechos 4, 12: "No se nos ha dado bajo el cielo otro nombre por el que
debamos salvarnos". Ahora bien, la salvación debe ser amada por todos. Ejemplo tenemos en San Ignacio, quien amó tanto el nombre de Cristo, que habiéndole pedido [Emperador] Trajano que negara ese nombre, le respondió que no podría quitárselo de la boca; y como aquél lo amenazara con cortarle la cabeza y quitarle así a Cristo de su boca, respondió Ignacio: "Aunque me lo quites de la boca, nunca podrás arrancarlo de mi corazón: porque tengo escrito este nombre en mi corazón, y por lo mismo no puedo dejar de invocarlo". Habiendo oído esto Trajano, y deseoso de comprobarlo, habiéndole cortado la cabeza al siervo de Dios, ordenó que se le extrajera el corazón, y se halló escrito en él con letras de oro el nombre de Cristo. En efecto, había puesto ese nombre en su corazón como un sello.
29. --- En tercer lugar, es venerable. Dice el Apóstol en Fil 2, 10: "Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en los infiernos".
En el cielo: Ángeles y Santos.
En la tierra: los hombres de este mundo, que tal hacen o por el deseo de alcanzar la gloria o por temor al
castigo del que huyen.
Y en los infiernos los condenados, que tal hacen por pavor.
30. --- En cuarto lugar, [el nombre de Dios] es inexplicable porque las lenguas todas no bastan para expresarlo [suficientemente].
Pero se trata de hacerlo con ayuda de las criaturas. Y así [a Dios] se le llama roca, por razón de su fortaleza:
Mt 16. 18: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia". También se le llama fuego, porque purifica: porque
así como el fuego purifica los metales, así Dios purifica los corazones de los pecadores. Por lo cual dice el Deut 4, 24: "Tu Dios es un fuego devorador".
También luz, porque ilumina: así como la luz aclara las tinieblas, así el nombre de Dios disipa las tinieblas de nuestro entendimiento. Salmo 17, 29: "Dios mío, ilumina mis tinieblas".
31. --- Así es que pedimos que el nombre de Dios sea manifestado, para que sea conocido y tenido por Santo. La palabra Santo tiene tres significaciones. Santo es lo mismo que inmutable. Y así a todos los
bienaventurados que están en el cielo se les llama Santos porque son inquebrantables en la eterna felicidad.
32. --- En segundo lugar, Santo es lo mismo que no terreno. Por lo cual los Santos que están en el cielo no
tienen ningún afecto terreno. Por lo que dice el Apóstol en Fil 3, 8: "Todas las cosas las tengo por inmundicias, por ganar a Cristo".
Con la palabra tierra se designa a los pecadores.
Primeramente por razón de lo que engendran. Porque así como la tierra, si no se cultiva, produce espinas y
abrojos, así también el alma del pecador, si no es cultivada por la gracia, no da sino las espinas y los
abrojos de los pecados: Gen 3, 18: "Espinas y abrojos te producirá".
En segundo lugar, por su oscuridad. En efecto, la tierra es oscura y opaca: y así también el [alma del]
pecador es tenebrosa y opaca. Gen 1, 2: "Las tinieblas cubrían la superficie del abismo".
En tercer lugar, por razón de su condición. Porque la tierra es un elemento que se disgrega si no se lo impide la humedad del agua: porque Dios estableció la tierra sobre las aguas, según el Salmo 135, 6: "Sobre las aguas afirmó la tierra", porque con la humedad del agua se detiene la aridez o sequedad de la tierra. De manera semejante, el pecador tiene el alma seca y árida, según el Salmo 142, 6: "Como tierra sin agua, mi alma sin Ti".
33. --- En tercer lugar, Santo significa también "teñido en sangre". Por eso a los Santos que están en el cielo se les llama Santos porque están teñidos en sangre, según el Apoc 7, 14: "Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus vestiduras en la sangre del cordero". Asimismo Ibíd. 1, 5: "Nos lavó de nuestros pecados con su sangre".

Segunda Petición

VENGA A NOS TU REINO


34. --- Como está dicho, el Espíritu Santo hace que amemos, deseemos y pidamos rectamente.
Y primeramente causa en nosotros el temor por el que tratamos de que sea santificado el nombre de Dios.
Otro don es el don de piedad. La piedad es propiamente un afecto tierno y devoto al Padre, y también a
todo hombre que se halle en la miseria.
Como Dios es ciertamente nuestro Padre, no solamente debemos reverenciarlo y temerlo, sino que también
debemos tenerle un amor tierno y delicado. Y este afecto es el que nos hace pedir que venga el reino de
Dios. Tit 2, 12-13: "Vivamos en este siglo con piedad y justicia, aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios".
35. --- Mas se podría preguntar: El reino de Dios siempre ha existido: ¿por qué pues pedimos que venga?
Debemos responder que esto puede entenderse de tres maneras.
A) En primer lugar porque algunas veces un rey tiene tan sólo el derecho del reino o del señorío; y sin
embargo aún no se declara el dominio de ese mismo reino porque la gente del reino aún no se le sujeta. Luego su reinado o dominio se declarará cuando la gente del reino se le sujete.
Ahora bien, por sí mismo y por su naturaleza Dios es el Señor de todo. Dan 7, 14: "A Él se le dio el poder, el honor y el reino". Es necesario, por lo tanto, que todo le esté sometido. Pero esto no se ha realizado aún, sino que se realizará al fin del mundo. 1 Cor 15, 25: "Él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos a sus pies". Por lo cual pedimos y decimos: "Venga a nos tu reino".
36. --- Y esto lo pedimos en cuanto a tres cosas: que los pecadores se conviertan y sean salvados por la gracia de Dios; que los pecadores sean castigados en la vida presente para su conversión para que escapen el castigo eterno; que los pecadores contumaces en impenitencia final sean castigados; y la muerte destruida.
Porque los hombres están sometidos a Cristo de dos maneras: o voluntariamente, o a la fuerza. Como, en
efecto, la voluntad de Dios es de tal manera eficaz que se tiene que cumplir totalmente y Dios quiere que todas las cosas se le sometan a Cristo, una de esas dos maneras será necesaria: o sea, que o el hombre haga la voluntad de Dios sometiéndose uno a sus mandatos, y esto es lo que hacen los justos; o que Dios haga con todos su propia voluntad castigándolos, y esto hará con los pecadores y con sus enemigos. Lo cual será en el fin del mundo. Salmo 109, 1: cuando "ponga a tus enemigos de escabel de tus pies".
Por lo cual les es dado a los santos (los justos que viven en el estado de gracia santificante) el pedir que
venga el reino de Dios, o sea, que se le sometan aquéllos totalmente.
Mas para los pecadores contumaces es algo horrible, porque el pedir que venga el reino de Dios no es
sino que por voluntad de Dios se les someta a los suplicios. Amos 5, 18: "¡ Ay de los [pecadores] que ansían el día del Señor!".
Pero con esto se destruirá la muerte. En efecto, como Cristo es la vida, en su reino no puede existir la muerte, que es lo contrario de la vida. Por lo cual se dice en 1 Cor 15, 26: "El último enemigo en ser destruido será la muerte".
Y esto ocurrirá en la resurrección. Fil 3, 21: "Transformará nuestro vil cuerpo en un cuerpo semejante al
suyo glorioso".
37. — B) En segundo lugar el reino de los cielos se llama gloria del paraíso. Ni es de admirar, porque reino no significa sino gobierno. Y se da el mejor gobierno donde nada hay contra la voluntad del gobernante. Ahora bien, la voluntad de Dios es la salvación de los hombres, porque El quiere que [todos] los hombres se salven (cf. 1 Tim 2, 4). Y esto será principalmente en el paraíso, donde no habrá nada contrario a la salvación de los hombres. Mt 13, 41: "Los ángeles quitarán de su reino todos los escándalos". Mas en este mundo hay muchas cosas contrarias a la salvación de los hombres. Así es que cuando pedimos "Venga a nos tu reino" oramos para ser partícipes del reino celestial y de la gloria del paraíso.
38. --- Y este reino es sobremanera deseable por tres motivos.
Primeramente por la soberana justicia que en él hay. Isaías 60, 21: "Tu pueblo: todos justos". Y si bien aquí los malos están mezclados con los buenos, allá no habrá ningún malo y ningún pecador.
39. — También por su perfectísima libertad. Pues aquí no existe la libertad, aunque todos naturalmente la desean; pero allá habrá libertad plena contra toda clase de esclavitud. Rom 8, 21: "La criatura misma será liberada [de la esclavitud] de la corrupción". Y no sólo serán todos libres sino que también serán reyes: Apoc 5, 10: "Nos hiciste reyes para nuestro Dios".
La razón de ello es que todos tendrán la misma voluntad con Dios; y Dios querrá todo lo que los santos quieran, y éstos lo que Dios quiera: de modo que al hacerse la voluntad de Dios se hará la de ellos. Y por lo
mismo todos reinarán, pues se hará la voluntad de todos, y el Señor será la corona de todos. Isaías 28, 5: "En aquel día el Señor de los ejércitos será corona de gloria y diadema de gozo para el resto de su pueblo".
40. --- También por su maravillosa plenitud [de bienes]. Isaías 64, 4: "Ningún ojo ha visto, sino sólo Tú, oh Dios, lo que has preparado para los que te están aguardando". Salmo 102, 5: "El es el que sacia con sus bienes tus deseos".
Y adviértase que el hombre hallará todo en solo Dios más excelentemente y más perfectamente que todo
cuanto encuentre en el mundo. Si buscas el deleite, el supremo deleite encontrarás en Dios; si riquezas, en El encontrarás toda la abundancia que da su razón de ser a las riquezas; y así en cuanto a lo demás. Dice San Agustín en sus Confesiones: "Cuando el alma fornica alejándose de ti, fuera de ti busca las cosas puras y límpidas que no encuentra sino cuando vuelve a ti".
41. --- C) El tercer motivo [de pedir a Dios que venga su reino] es que algunas veces reina en este mundo el
pecado. Y esto ocurre cuando el hombre está de tal manera dispuesto que sigue inmediatamente y hasta el
final su inclinación al pecado. Dice el Apóstol en Rom 6, 12: "Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal"; sino que Dios debe reinar en tu corazón. Isaías 7, 7: "Sión, reinará tu Dios". Y esto ocurre cuando está presto a obedecer a Dios y a observar todos sus mandamientos.
Así es que cuando pedimos que venga el reino de Dios, pedimos que no reine en nosotros el pecado, sino Dios.
42. --- Por esta misma petición llegaremos a la bienaventuranza, de la que se dice en Mt 5, 4: "Bienaventurados los mansos". En efecto, según la primera explicación [del "venga a nos tu reino"], por
desear el hombre que Dios sea el Señor de todos, no se venga de la injuria que se le infiera, sino que se la deja a Dios. Porque si te vengaras, no desearías que viniese su
reino.
Y según la segunda explicación, si esperas su reino, o sea, la gloria del paraíso, no debes preocuparte si
pierdes los bienes de este mundo.
Asimismo según la tercera explicación, si pides que Dios reine en ti y su Cristo, como El fue mansísimo,
también tú debes ser manso. Mt 11, 29: "Aprended de Mí que soy manso". Hebr 10, 34: "Con alegría aceptasteis el despojo de vuestros bienes".

Tercera Petición

HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO


43. --- El tercer don que produce en nosotros el Espíritu Santo se llama don de ciencia.
En efecto, el mismo Espíritu Santo no sólo produce en los buenos el don de temor y el don de piedad, que es, como ya se dijo, un delicado amor a Dios, sino que también hace sabio al hombre. Y esto lo pedía David en el Salmo 118, 66, diciendo: "Enséñame la bondad, la sabiduría y la ciencia". Y esta es la ciencia por la que se vive rectamente y que el Espíritu Santo nos enseñó.
Entre las cosas relativas a la ciencia y a la sabiduría del hombre la más importante es la prudencia por la que
el hombre no se fía en su propio sentir. Prov 3, 5: "No descanses en tu propia prudencia". En efecto, los que
presumen de su propio juicio, de modo que no dan crédito a los demás, sino sólo a sí mismos, siempre son
tenidos y juzgados como insensatos. Proverbios 26, 12: "¿Has visto a un hombre que se cree sabio? Habrá que esperar más de un insensato que de él".
En efecto, que el hombre no crea en su propio juicio procede de la humildad, porque donde hay humildad hay sabiduría, como se dice en Prov 11, 2. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos.
44. --- Así es que por el don de ciencia el Espíritu Santo nos enseña a no hacer nuestra voluntad sino la voluntad de Dios. Y así por este don le pedimos a Dios que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo. Y en esto se manifiesta el don de ciencia.
Así es que se le dice a Dios: "Hágase tu voluntad", como sí estuviese uno enfermo, y al aceptar algo del
médico, no quiere exactamente sino lo que sea la prescripción del médico, pues si lo quisiera por su sola voluntad, necio sería. Nosotros, igualmente, nada debemos pedirle a Dios sino que haga de nosotros lo que sea su voluntad, o sea que se cumpla su voluntad en nosotros.
En efecto, el corazón del hombre es recto cuando concuerda con la voluntad divina. Esto es lo que hizo
Cristo: Juan 6, 38: "He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado". En efecto, Cristo en cuanto Dios tiene una misma voluntad con el Padre; pero en cuanto hombre tiene voluntad distinta de la del Padre: y en cuanto a esta voluntad El declara que no hace su voluntad sino la del Padre. Y por esto nos enseña a orar y pedir: "Hágase tu voluntad".
45. --- Pero ¿qué es lo que se está diciendo? ¿Acaso no se dice en el Salmo 113, 3 que "hizo todo lo que quiso"? Si [Dios] hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, ¿qué significa esto otro que [Cristo] dice: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo"?
46. --- En cuanto a esto debemos saber que Dios quiere de nosotros tres cosas, y nosotros pedimos que éstas se cumplan.
A) Lo primero que Dios quiere para nosotros es que poseamos la vida eterna. En efecto, quien hace una cosa por algún fin, desea de ella aquello por lo que la hizo.
Ahora bien, Dios hizo al hombre, mas no para nada, porque, según se dice en el Salmo 88, 48, "¿Acaso creaste en vano a todos los hijos de los hombres?". Así es que para algo creó a los hombres; mas no para los placeres, porque también los animales los tienen, sino para que posean la vida eterna. Luego el Señor quiere que elhombre posea la vida eterna.
47. --- Siempre que una cosa alcanza aquello para lo que fue hecha, se dice que se salva; mas cuando no lo
alcanza se dice que esa cosa se pierde. Ahora bien, Dios hizo al hombre para la vida eterna. Así es que cuando el hombre consigue la vida eterna, se salva; y tal es la voluntad de Dios: Juan 6, 40: "La voluntad de mi Padre que me ha enviado es que todo aquel que ve al Hijo y cree en El, posea la vida eterna".
Esta voluntad ya se cumplió en los Ángeles y en los Santos que están en la patria, porque ven a Dios y lo
conocen y gozan de El.
Pero nosotros deseamos que así como se ha realizado la voluntad de Dios en los bienaventurados que
están en los cielos, también se realice en nosotros que estamos en la tierra. Y esto es lo que pedimos al orar así: "Hágase tu voluntad" en nosotros que estamos en la tierra, así como se cumple en los santos que están en el cielo.
48. --- B) También es voluntad de Dios respecto a nosotros que guardemos sus mandamientos. En efecto, cuando alguien desea algo, no sólo quiere lo que desea, sino todas las cosas por las que alcanza aquello. Así el médico que desea que [el enfermo] obtenga la salud, quiere también la dieta, la medicina y lo demás de este género.
Ahora bien, Dios quiere que poseamos la vida eterna. Mt 19, 17: "Si quieres entrar en la vida eterna,
guarda los mandamientos". Así es que El quiere que cumplamos los mandamientos. Rom 12, 1: "Que vuestra obediencia sea conforme a la razón", ib. 2: "para que distingáis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable yperfecta".
Es buena por ser útil: Isaías 48, 17: "Yo soy el Señor que te enseña lo que es provechoso".
Es del agrado de quien lo ama; y aunque no es agradable para los demás, sin embargo es deleitosa para el
que ama. Salmo 96, 11: "La luz sale para el justo, y la alegría para los de recto corazón".
Es perfecta por ser honesta: Mt 5, 48: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".
Así es que cuando decimos "Hágase tu voluntad", oramos por nuestro cumplimiento de los mandatos de
Dios.
Ahora bien, esta voluntad de Dios se cumple en los justos, pero aún no en los pecadores. A los justos se les
designa por el cielo; a los pecadores, por la tierra. Así es que pedimos que se haga la voluntad de Dios "así en la tierra", o sea, en los pecadores, "como en el cielo", esto es, en los justos.
49. --- Mas debemos observar que por el modo de hablar se nos revela la doctrina. En efecto, no dice Haz, ni tampoco Hagamos, sino que dice: "Hágase tu voluntad", porque dos cosas son necesarias para la vida eterna, a saber, la gracia de Dios y la voluntad del hombre, pues aunque Dios haya hecho al hombre sin el hombre, sin embargo no lo justifica sin él. San Agustín dice en su Comentario sobre San Juan: "Quien te creó sin ti no te justificará sin ti", porque El quiere que el hombre coopere. Zac 1, 3: "Convertios a mí y Yo me convertiré a vosotros". Y el Apóstol, 1 Cor 15, 10: "Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí".
Así es que no presumas de ti mismo, sino que confía en la gracia de Dios, ni tampoco te descuides sino que
pon tu esfuerzo. Por lo cual no se dice "Que hagamos", para que no parezca que nada tiene que hacer la gracia de Dios; ni tampoco se dice "Haz", para que no parezca que nada tienen que hacer nuestra voluntad y nuestro esfuerzo; sino que se dice "Hágase" por la gracia de Dios, a la que se agrega nuestro cuidado y nuestro esfuerzo.
50. --- C) Lo tercero que Dios quiere de nosotros es que el hombre sea restituido al estado y dignidad en que fue creado el primer hombre, la cual fue tan grande que su espíritu y su alma no sufrían ninguna oposición de la carne y de la sensualidad.
En efecto, mientras el alma estuvo sujeta a Dios, tan sujeta estuvo la carne al espíritu que no experimentó ni
la corrupción de la muerte o de enfermedad alguna ni otras alteraciones; pero desde que el espíritu y el alma, que era el medio entre Dios y la carne, se le rebeló a Dios por el pecado, empezó entonces a experimentar la muerte y las enfermedades, y una continua rebelión de la sensibilidad contra el espíritu. Rom 7, 23: "Advierto otra ley en mis miembros que resiste a la ley de mi razón"; y Gal. 5, 17: "La carne tiene apetencias contrarias al espíritu y el espíritu las tiene contrarias a la carne". Así hay una guerra incesante entre la carne y el espíritu, y el hombre continuamente se echa a perder por el pecado.
Sin embargo, la voluntad de Dios es que el hombre sea restablecido en su primer estado, o sea, que en su
carne no haya nada contrario a su espíritu: 1 Tes 4, 3: "La voluntad de Dios es vuestra santificación".
51. --- Ahora bien, esta voluntad de Dios no puede cumplirse en esta vida sino que se cumplirá con la resurrección de los Santos, cuando sus cuerpos resucitarán glorificados, y serán incorruptibles y espléndidos: 1 Cor 15, 43: "Sembrado en la ignominia, resucitará en la gloria".
Sin embargo, la voluntad de Dios está en los justos en cuanto al espíritu por su justicia, su ciencia y su vida.
Por lo cual, cuando decimos "Hágase tu voluntad" oramos por que eso sea también en nuestra carne. De modo que por cielo entendemos nuestro espíritu, por tierra nuestra carne, para que este sea el sentido: "Hágase tu voluntad" así "en la tierra", esto es en nuestra carne, "como" se cumple "en el cielo", esto es en nuestro espíritu por la justicia.
52. --- Por esta petición llegamos a la bienaventuranza de las lágrimas, de la que dice San Mateo 5, 5: "Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados". Y esto conforme a cualquiera de tres explicaciones.
Según la primera deseamos la vida eterna: pues bien, por el amor a ella somos inducidos al llanto: Salmo
119, 5: "Ay de mí, porque mi destierro se ha prolongado". Y este anhelo de los santos es tan vehemente que por esto desean la muerte, la cual de por sí es de huírsele : 2 Cor 5, 8: "Con buen ánimo preferimos mejor salir de este cuerpo y vivir en la presencia de Dios".
Según la segunda explicación, los que guardan los mandamientos están en la aflicción, porque aunque éstos
son dulces para el alma, sin embargo para la carne son amargos, a la que continuamente mortifican: Salmo 125, 5: "Cuando iban sembraban llorando", en cuanto a la carne; "mas cuando vuelvan vendrán con gran regocijo", en cuanto al alma.
Según la tercera explicación, de la lucha que continuamente existe entre la carne y el espíritu proviene el
llanto. En efecto, no es posible que el alma no sea debilitada cuando menos por los pecados veniales, por
parte de la carne: y por esto, para expiarlos, está en llanto: Salmo 6, 7: "Cada noche", o sea durante las
tinieblas de mis pecados, "baño mi lecho", esto es, mi conciencia. Y quienes así lloran llegan a la Patria, a la
que Dios nos conduzca.

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MensajeTema: Re: Comentarios al Padre nuestro   Dom Mar 23, 2014 6:48 pm

Cuarta Petición

DANOS HOY NUESTRO PAN DE CADA DÍA


53. --- Muchas veces sucede que por su gran ciencia y sabiduría el hombre se vuelve tímido. Por lo cual es
necesaria la fortaleza del corazón, para que no desfallezca en sus necesidades. Isaías 40, 29: "El es el que al
cansado da vigor, y a los que no lo están les multiplica la fuerza y el vigor". Porque esta fortaleza la da el Espíritu Santo: Ez 2, 2: "Entró en mí el Espíritu y me hizo tenerme en pie".
Mas la fortaleza que el Espíritu Santo da es para que el corazón del hombre no desfallezca por temor de
[carecer de] las cosas necesarias, sino que firmemente crea que todas las cosas que le son necesarias le serán concedidas por Dios. Por lo cual el Espíritu Santo, que da esa fortaleza, nos enseña a pedirle a Dios: "Danos hoy nuestro pan de cada día". Por lo cual se le llama Espíritu de fortaleza.
54. --- Mas debemos saber que en las tres peticiones precedentes se piden bienes espirituales que tienen su
principio en este mundo pero que no se perfeccionan sino en la vida eterna.
Así es que cuando pedimos que sea santificado el nombre de Dios, lo que pedimos es que su santidad sea
conocida.
Cuando pedimos que venga el reino de Dios, lo que pedimos es ser partícipes de la vida eterna.
Cuando rogamos que se haga la voluntad de Dios, lo que pedimos es que se cumpla en nosotros su voluntad.
Y aunque todas estas cosas comienzan en este mundo, sin embargo, no se pueden tener perfectamente sino
en la vida eterna.
Por lo cual fue necesario que pidamos algunos bienes indispensables que se pudiesen poseer perfectamente
en la presente vida.
Por eso el Espíritu Santo nos enseñó a pedir los bienes que son necesarios en la presente vida y que aquí se
poseen perfectamente. Y a la vez se nos muestra que también los bienes temporales se nos dan por la providencia de Dios. Y esto es lo que se expresa así: "Danos hoy el pan nuestro de cada día".
55. --- Con estas palabras nos enseñó Cristo a evitar cinco pecados que se cometen habitualmente por el apetito de las cosas temporales.
El primer pecado es que el hombre, por un apetito inmoderado pide cosas que exceden a su estado y condición, no contento con lo que le es conveniente. Por ejemplo, si siendo soldado desea vestirse no como soldado sino como conde; si siendo clérigo, no como clérigo sino como Obispo. Y este vicio aparta a los hombres de las cosas espirituales, en cuanto liga excesivamente sus deseos a las cosas temporales.
Pues este vicio nos enseñó el Señor a evitarlo al enseñarnos a pedir tan sólo pan, o sea, los bienes necesarios para la presente vida según la condición de cada quien: cosas todas que se comprenden con el nombre de pan. Por lo cual no nos enseñó a pedir cosas delicadas, ni muchas, ni exquisitas, sino pan, sin el cual la vida del hombre no es posible porque es [el alimento] común a todos. Eccli 29, 28: "Lo primero para la vida del hombre son el pan y el agua". Dice el Apóstol en 1 Tim 6, 8: "Teniendo comida y con qué vestir, estemos contentos con eso".
56. --- El segundo vicio consiste en que algunos en la adquisición de los bienes temporales perjudican y defraudan a los demás. Este vicio es tan peligroso cuanto difícil es restituir los bienes robados. Pues no se perdona ese pecado si no se restituye lo robado, según San Agustín. Y este vicio nos enseñó El a evitarlo enseñándonos a pedir nuestro pan, no el ajeno. Y los ladrones no comen su pan, sino el ajeno.
57. --- El tercer vicio consiste en la excesiva solicitud. En efecto, hay algunos que nunca están contentos con lo que tienen, sino que siempre quieren más. Lo cual es inmoderado, porque el deseo debe moderarse conforme a la necesidad. Prov 30, 8: "No me des ni riquezas ni pobreza; dame solamente lo necesario para mi subsistencia". Y El nos enseñó a evitar este pecado diciendo: "El pan nuestro de cada día", o sea de un solo día o de una sola unidad de tiempo.
58. --- El cuarto vicio es la inmoderada voracidad. En efecto, hay quienes en un solo día desean gastar tanto
que les bastaría para muchos días: estos no piden el pan de cada día sino el de diez días. Y como gastan
demasiado resulta que todo se lo acaban. Prov 23, 21: "Dedicados a la bebida y a pagar su parte en comilonas, se arruinarán". Eccli 19, 1: "El obrero borracho no se enriquecerá".
59. --- El quinto vicio es la ingratitud. Que alguien se ensoberbezca por las riquezas y no reconozca que las
tiene de Dios es algo demasiado malo. Porque todo lo que tenemos, tanto lo espiritual como lo temporal, proviene de Dios. 1 Paral 29, 14: "Tuyas son todas las cosas, de tu mano las hemos recibido". Por lo cual, para descartar este vicio dice El: "Danos" y "el pan nuestro", para que sepamos que todos nuestros bienes vienen de Dios.
60. --- Y de esto tenemos una prueba: porque ocurre que alguno que tiene grandes riquezas ninguna utilidad obtiene de ellas sino daño espiritual y temporal. Porque algunos se perdieron por sus riquezas. Eccle 6, 1-2: "Hay otro mal que he visto bajo el sol, mal que es frecuente entre los hombres. El hombre a quien Dios dio riquezas y hacienda y honores, y nada le falta a su alma de cuantas cosas desea; mas Dios no le permite disfrutar de ello, sino que un extraño lo ha de devorar". También Eccle 5, 12: "Las riquezas acumuladas para daño de su dueño".
Así es que debemos pedir que nuestros bienes nos sean útiles. Y esto lo pedimos cuando decimos: "Danos
nuestro pan", o sea, haz que los bienes nos sean útiles. Job 20, 14-15: "Su pan se convertirá dentro de su vientre en hiel de áspides. Vomita las riquezas que engulló, y Dios se las arranca de su vientre".
61. --- Otro vicio es la excesiva solicitud en las cosas del mundo. Porque hay algunos que ahora se inquietan por los bienes temporales de hasta un año entero, y cuando ya los poseen jamás descansan. Mt 6, 31: "No andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? o ¿qué vamos a beber? o ¿con qué nos vestiremos?". Por lo cual el Señor nos enseñó a pedir que hoy se nos dé nuestro pan, o sea, lo necesario para el momento presente.
62. --- Hay, en verdad, otras dos clases de pan: a saber, el pan sacramental y el pan de la palabra de Dios.
Así es que pedimos nuestro pan sacramental, que diariamente se consagra en la Iglesia, a fin de que tal
como lo recibimos en el Sacramento se nos dé para nuestra salvación. Juan 6, 51: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo". 1 Cor 11, 29: "Quien lo come y bebe indignamente traga y bebe su propia condenación".
El otro pan es la palabra de Dios. Mt 4, 4: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de
la boca de Dios".
Así es que le pedimos que nos dé el pan, esto es, su palabra. Y de esta palabra proviene para el hombre la
bienaventuranza que es hambre de justicia. Porque cuando se poseen los bienes espirituales más se desean;
y de este deseo proviene el hambre, y de tal hambre la saciedad de la vida eterna.

Quinta Petición

Y PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS, ASI
COMO NOSOTROS PERDONAMOS A
NUESTROS DEUDORES


63. --- Hay algunos de gran sabiduría y fortaleza; y por confiar demasiado en su capacidad no efectúan sabiamente sus obras, ni llevan a su término lo que pretenden. Prov 20, 18: "Las empresas con el consejo se afianzan".
Pero advirtamos que el Espíritu Santo, que da la fortaleza, da también el consejo. Porque todo buen consejo
relativo a la salvación de los hombres del Espíritu Santo procede.
Ahora bien, el consejo le es necesario al hombre cuando vive en tribulación, como la consulta de los médicos cuando alguien enferma. Por lo cual también el hombre, como espiritualmente está enfermo por el pecado, para sanar debe pedir consejo.
En Daniel 4, 24 se ve que el consejo le es necesario al pecador cuando dice [a Nabucodonosor]: "Oh rey,
acepta mi consejo. Redime con limosnas tus pecados". El mejor consejo contra el pecado es la limosna y la
misericordia. Por lo cual el Espíritu Santo enseña a los pecadores que pidan y oren: "Perdónanos nuestras
deudas".
64. --- Por otra parte, a Dios le debemos lo que le quitamos de su derecho. Ahora bien, derecho de Dios es que hagamos su voluntad, prefiriéndola a la nuestra. Así es que menoscabamos su derecho cuando preferimos nuestra voluntad a la suya; y esto es pecado. Y los pecados son deudas nuestras. Por lo mismo el consejo del Espíritu Santo es que le pidamos a Dios el perdón de nuestros pecados; por lo cual decimos: "Perdónanos nuestras deudas".
65. --- En estas palabras podemos considerar tres cosas.
Primeramente el porqué de esta petición; en segundo lugar cuándo se cumple; en tercer lugar qué se necesita de nuestra parte para que se cumpla.
A) En cuanto a lo primero debemos saber que de esta petición podemos colegir dos cosas que les son necesarias a los hombres en esta vida.
Una es que el hombre se mantenga siempre en temor y humildad. En efecto, ha habido algunos tan presuntuosos que enseñaron que el hombre puede vivir en este mundo de tal manera que por sí mismo le es posible evitar el pecado. Pero esto a nadie le ha sido dado sino sólo a Cristo, que poseyó el Espíritu sin medida, y a la Santísima Virgen, que fue la llena de gracia, concebida Inmaculada sin pecado original, en la que no hubo ningún pecado, como dice San Agustín: "De ella (o sea de la Virgen) no quiero hacer ninguna mención cuando se trata del pecado". Pero a ninguno de los otros Santos se le concedió el no incurrir al menos en algún pecado venial: 1 Juan 1, 8: "Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos nosotros mismos y no hay verdad en nosotros".
Esto mismo se demuestra por esta petición. En efecto, es evidente que a todos, aun a los mismos Santos, les conviene decir estas palabras del "Padre Nuestro": "Perdónanos nuestras deudas". Así es que todos reconocen y confiesan que son pecadores y deudores.
Por lo tanto, como eres pecador, debes temer y humillarte.
66. --- La otra enseñanza es que vivamos siempre en la esperanza; porque aun cuando somos pecadores no
debemos desesperar, no sea que la desesperación nos lleve a mayores y diversos pecados, como dice el Apóstol en Ef 4, 19: "Los cuales, desesperados, se entregaron a la disolución, en la práctica de toda especie de impureza".
Luego conviene que siempre esperemos; porque por más pecador que sea el hombre debe esperar, pues si se arrepiente y se convierte perfectamente, Dios lo perdona.
Ahora bien, tal esperanza se fortalece en nosotros cuando pedimos: "Perdónanos nuestras deudas".
67. --- Esta esperanza la arrancaron los Novacianos, los cuales dijeron que quienes pecaran [aunque fuera] una sola vez después del bautismo jamás obtendrían misericordia. Pero esto no es verdad, puesto que la palabra de Cristo es verdadera: Mt 18, 32: "Te perdoné toda deuda porque me lo rogaste". Así es que en cualquier día que pidas podrás alcanzar misericordia, si ruegas con dolor de tus pecados.
Así pues, de esta petición brotan el temor y la esperanza: porque todos los pecadores contritos y que se
confiesan alcanzan misericordia. Por lo cual era necesaria esta petición [dentro del Padre Nuestro].
68. --- En cuanto a lo segundo [o sea, cuándo es oída esta petición, de que se nos perdonen nuestras deudas], debemos saber que en el pecado hay dos elementos: la culpa con la que Dios es ofendido y la pena que se debe por la culpa. Mas la culpa se perdona con la perfecta contrición, que incluye el propósito de confesarse y satisfacer. Salmo 21, 5: "Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor mi injusticia; y tú perdonaste la impiedad de mi pecado". Por lo tanto no se debe desesperar puesto que para el perdón de la culpa basta la perfecta contrición con el propósito de confesarse. [Pero como nadie puede estar seguro de que su contrición sea perfecta, como enseña el mismo Santo Tomás (Véase R. Sineux, o.p., Compendio de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, t. III, p. 227. Ed. Tradición), por eso no se puede comulgar sino después de haberse confesado debidamente .]
69. --- Pero quizá alguno diga: Puesto que el pecado se perdona por la perfecta contrición, ¿ para qué es
necesario el sacerdote?
A lo cual debemos decir que por la perfecta contrición Dios perdona la culpa, y la pena eterna se conmuta en pena temporal; así es que queda obligado a la pena temporal. Por lo cual, si muriese sin confesión, no
por desprecio de ella sino por falta de tiempo, iría al purgatorio, [esto —conviene insistir— en el caso de que la contrición hubiese sido perfecta, o sea por puro amor a Dios, no por el interés del cielo ni por el temor al infierno; pues la sola atrición, o contrición imperfecta sin la confesión, aunque ésta se desee, no perdona los pecados mortales…].
Así es que cuando te confieses, el sacerdote te absuelve de esta pena por el poder de las llaves al que te
has sometido al confesarte. Y por eso dijo Cristo a los Apóstoles (Juan 20, 22-23): "Recibid el Espíritu Santo: se les perdonan sus pecados a aquellos a quienes se los perdonareis; y se les retienen a aquellos a quienes se los retuviereis".
Por eso cuando alguien se confiesa una vez, se le perdona algo de esa pena y de igual manera cuando se
confiesa de nuevo. Y podría confesarse tantas veces que se le perdonara íntegra.
70. --- Además, los sucesores de los Apóstoles hallaron [en la fuente de la Revelación] otro modo de perdón de esta pena: a saber, por el beneficio de las indulgencias, que para el que vive en la caridad valen tanto cuanto expresan y cuanto prometen. Es claro que el Papa tiene este poder. Porque muchos Santos hicieron gran número de obras buenas, y sin pecar, al menos mortalmente; y tales obras buenas las hicieron para la utilidad de la Iglesia. Asimismo los méritos de Cristo y de la Santísima Virgen están como en un tesoro. Por lo cual el Sumo Pontífice, y aquellos a quienes él mismo lo conceda, pueden distribuir esos méritos donde sea necesario.
Así pues, se perdonan los pecados no sólo en cuanto a la culpa por la contrición, sino también en cuanto a la pena por la confesión y por las indulgencias.
71. --- C) Acerca de lo tercero -[qué debemos hacer para que se cumpla esta petición del Padrenuestro]—
debemos saber que de nuestra parte se requiere que nosotros perdonemos a nuestros prójimos las ofensas que se nos hagan. Por lo cual se dice: "así como nosotros perdonamos a nuestros deudores", pues de otra manera Dios no nos perdonaría. Eccli 28, 3: "Un hombre guarda encono contra otro hombre y de Dios espera su remedio". Luc 6, 37: "Perdonad y seréis perdonados".
Por lo cual sólo en esta petición se pone una condición, al decir "Así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores". Por lo mismo, si no perdonas no se te perdonará.
72. --- Mas podríais decir: yo diré las palabras precedentes, a saber, "perdónanos", pero callaré el "así
como nosotros perdonamos a nuestros deudores".
Luego ¿acaso tratas de engañar a Cristo? Pero seguramente que no lo engañarás. Porque Cristo, que hizo
esta oración, muy bien se acuerda de ella; por lo cual no puede ser engañado. Por lo tanto, si la dices con la boca, ratifícala con el corazón.
73. ---- Pero preguntémonos si el que no se propone perdonar a su prójimo deba decir "así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores". Parece que no, porque mentiría.
Debemos responder que no miente porque no ora en su nombre sino en nombre de la Iglesia, la cual no es
engañada. Por eso esta petición se expresa en plural.
74. --- Pero es de saber que de dos modos se perdona. Uno es de los perfectos, o sea, que el ofendido busca al ofensor. Salmo 33, 15: "Busca la paz”. El otro es común a todos, al que todos están obligados, o sea, que se le conceda el perdón al que lo pida. Eccli 28, 2: "Perdona a tu prójimo que te agravia, y cuando lo pidas te serán perdonados tus pecados".
75. --- De esto se sigue otra bienaventuranza: "Bienaventurados los misericordiosos". En efecto, la misericordia nos hace compadecernos de nuestro prójimo.

Sexta Petición

Y NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN


76. --- Algunos, aunque pecaron, desean sin embargo obtener el perdón de sus pecados; y en consecuencia se confiesan y hacen penitencia y sin embargo no ponen todo el cuidado que deberían para no caer de nuevo en sus pecados. No es conveniente que por una parte llore uno sus pecados y se arrepienta y por otra, pecando, repita lo que llorará. Y por esto dice Isaías, 1, 16: "Lavaos, limpiaos, quitad de delante de mi vista la perversidad de vuestros pensamientos, dejad de hacer el mal".
Y por lo mismo, como ya se dijo, Cristo nos enseñó en la petición precedente a pedir el perdón de nuestros
pecados; y en ésta nos enseña a pedir que podamos evitar los pecados, de modo que no seamos inducidos a la tentación por la que caemos en el pecado, con estas palabras: "Y no nos dejes caer en tentación".
77. --- Acerca de esto examínense tres cosas:
Primeramente qué es la tentación;
En segundo lugar cómo y por quién es tentado el hombre
En tercer lugar cómo se libra de la tentación.
78. --- En cuanto a lo primero debemos saber que tentar no es sino sujetar a experimento o poner a prueba: así es que tentar a un hombre es probar su virtud.
Se sujeta a experimento o se pone a prueba la virtud de un hombre de dos maneras, por cuanto dos cosas
exige la virtud del hombre. Una consiste en que el bien que se ha de hacer se ejecute de manera excelente; la otra en que se guarde uno del mal. Salmo 33, 15: "Apártate del mal y obra el bien".
Por lo tanto la virtud del hombre se pone a prueba ora en cuanto a que obre excelentemente, ora en cuanto
a que se aleje del mal.
79. --- En cuanto a lo primero se pone a prueba el hombre para saber si es pronto en el bien obrar, por ejemplo para ayunar o algo semejante. En efecto, grande es tu virtud si se te halla pronto para hacer el bien. Y de este modo Dios prueba a veces al hombre: no es que se le oculte la virtud del hombre, sino para que todos la conozcan y se les dé a todos un ejemplo. Así tentó Dios a Abraham, Gen 22, y a Job. Y por eso Dios envía a menudo tribulaciones a los justos, para que si pacientemente las soportan se manifieste su virtud y en ella progresen. Deut 13, 3: "El Señor vuestro Dios os tienta para que se haga patente si lo amáis o no". Así es que de esta manera tienta Dios al hombre, excitándolo al bien.
80. --- En cuanto a lo segundo, se pone a prueba la virtud del hombre induciéndolo al mal. Y si él resiste en verdad, y no consiente, entonces es grande su virtud; mas si el hombre sucumbe a la tentación, entonces no existe tal virtud.
Mas de este modo nadie es tentado por Dios; porque, como dice Santiago 1, 13: "Dios no tienta a nadie
para el mal",
El hombre es tentado por su propia carne, por el Diablo y por el mundo.
81.—a) Por la carne de dos modos. Primeramente porque la carne instiga al mal: en efecto, la carne siempre busca sus deleites, a saber, los carnales, en los que frecuentemente hay pecado. Y quien se detiene en las delectaciones carnales descuida lo espiritual. Santiago 1, 14: "Cada uno es tentado por su propia concupiscencia".
En segundo lugar, la carne nos tienta apartándonos del bien. Porque el espíritu, en cuanto está de su parte,
siempre se deleita en los bienes espirituales; pero endureciendo al espíritu la carne lo entorpece. Sab 9, 15:
"El cuerpo corruptible entorpece al alma". Rom 7, 22: "Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior; mas yo veo en mis miembros otra ley que resiste a la ley de mi razón y que me tiene cautivo bajo la ley del pecado que está en mis miembros".
Y esta tentación, a saber, la de la carne, es muy fuerte, porque nuestro enemigo, o sea la carne, nos está
íntimamente unida. Y como dice Boecio, ninguna peste es más eficaz para hacer daño que un enemigo de casa. Por lo cual debemos estar vigilantes contra ella. Mt 26, 41: "Vigilad y orad para que no caigáis en tentación".
82. --- b) El diablo tienta de muy fuerte manera. Porque después de vencida la carne se presenta otro [enemigo], esto es, el Diablo, contra el cual nos toca una gran pelea cuerpo a cuerpo. San Pablo, Ef 6, 12: "No es nuestra pelea solamente contra la carne y la sangre, sino contra los Principados y las Potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo". Por lo cual [al diablo] característicamente se le llama el tentador. 1 Tes 3, 5: "No fuera a ser que el tentador os hubiera tentado".
Pero en sus tentaciones procede con suma astucia.
En efecto, tal como un hábil general que asedia una fortaleza, considera los puntos débiles de aquel a quien
quiere atacar, y lo tienta por la parte en que el hombre es más débil. Y por eso lo tienta en aquellos vicios a los que, vencida ya la carne, más inclinados están los hombres, como son la ira, la soberbia y otros vicios
espirituales. I Pedro 5, 8: "Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, anda rondando buscando a quién devorar".
83. --- Cuando tienta, el diablo hace dos cosas: porque de inmediato no le propone al que tienta un mal
manifiesto sino algo que tenga apariencia de bien, para al menos de esa manera al principio mismo apartarlo un poco de su principal propósito, pues luego más facilmente lo inducirá a pecar, por poco que lo haya apartado. San Pablo en 2 Cor 11, 14: "El mismo Satanás se transforma en ángel de luz".
Después de haber llevado al hombre a pecar, lo sujeta de tal manera que no le permite levantarse del
pecado. Job 40, 12: "Los nervios de sus testículos son entrelazados". Así es que el demonio hace dos cosas:
porque engaña, y al engañado lo retiene en el pecado.
84. --- También el mundo tienta de dos maneras. Primeramente por el demasiado e inmoderado afán de las
cosas temporales. Dice el Apóstol en 1 Tim 6, 10: "Una raíz de todos los males es el amor del dinero".
En segundo lugar amedrentándonos por medio de los perseguidores y tiranos. Job 37, 19: "En cuanto a
nosotros, estamos envueltos en tinieblas". 2 Tim 3,12: "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo
Jesús, padecerán persecución". Mt 10, 28: "No temáis a los que matan el cuerpo".
85. --- De esta manera, pues, es claro qué es la tentación, y cómo es tentado el hombre y por quién.
C) Veamos ahora cómo es liberado el hombre.
Acerca de esto debemos saber que Cristo nos enseña a pedir no que no seamos tentados sino que no caigamos en la tentación. Porque si el hombre vence la tentación merece la corona; por lo cual dice Santiago 1,2: "Considerad como un gran gozo, hermanos, el encontrarse en medio de toda clase de pruebas". Eccli 2, 1: "Hijo, en entrando al servicio de Dios... prepara tu alma para la tentación". También Santiago 1,12:
"Bienaventurado el hombre que soporta la tentación: después que fuere probado recibirá la corona de la vida".
Y por eso enseña a pedir que no caigamos en la tentación por consentimiento. 1 Cor 10, 13: "No sufriréis tentación que exceda lo humano". Porque el ser tentado es propio del hombre, pero el consentir es diabólico.
86. --- Pero ¿ acaso Dios induce al mal, pues se le dice : "No nos induzcas en tentación"?
Respondo que se dice que Dios induce al mal permitiéndolo, esto es, por cuanto por los muchos pecados le
sustrae su gracia al hombre, y quitada ésta cae el hombre en pecado por lo cual cantamos en el Salmo 70,
9: "Cuando me faltaren las fuerzas no me abandones (Señor)". Pero gracias al fervor de la caridad Dios rige al hombre para que no caiga en la tentación, porque la caridad, por corta que sea, puede resistir a cualquier
pecado. Cant 8, 7: "Las muchas aguas no pudieron extinguir la caridad".
[Nos rige] asimismo por la luz del entendimiento, con la cual nos instruye sobre lo que debemos hacer:
porque, como dice el Filósofo, todo pecador es ignorante.
Salmo 31, 8: "Entendimiento te daré y te instruiré". Y esto lo pedía David, quien decía ---Salmo 12, 4-5---: "Alumbra mis ojos, a fin de que jamás duerma yo el sueño de la muerte; que no diga alguna vez mi enemigo: triunfé sobre él".
87. --- Mas esto lo alcanzamos por el don de inteligencia.
Y porque no consintiendo en la tentación conservamos limpio el corazón, acerca de lo cual dice San Mateo 5, 8: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"; de modo que así llegaremos a ver a Dios, a lo cual nos conduzca El mismo.

Séptima Petición

MAS LÍBRANOS DEL MAL. AMEN.


88. --- Arriba nos enseñó el Señor a pedir el perdón de los pecados y cómo podemos evitar las tentaciones. Aquí nos enseña a pedir el ser preservados del mal.
Y esta petición es general contra todos los males: a saber, pecados, enfermedades y aflicciones, como dice
San Agustín.
Pero como ya hablamos del pecado y de las tentaciones, nos resta hablar de los otros males, a saber,
de todas las adversidades y aflicciones de este mundo, de las cuales Dios nos libra de cuatro maneras.
89. --- Primeramente [hace] que no se presente la aflicción.
Pero esto ocurre raramente, porque en este mundo los Santos son afligidos, pues, como se dice en 2 Tim 3,
12: "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución". Sin embargo, Dios le concede alguna vez a alguien el no ser afligido por el mal; ciertamente cuando lo sabe falto de fuerzas y que no podrá resistir; así como el médico no le da medicinas fuertes al enfermo débil. Apoc 3, 8: "He aquí que puse ante ti abierta una puerta, que nadie podrá cerrar, en atención a tu falta de vigor".
Mas en la Patria esto será [la ley] general, pues allí nadie será afligido. Job 5, 19: "En las seis tribulaciones", a saber, de la presente vida, que se articula por sus seis edades, "te libertará; y a la séptima no te alcanzará el mal". Apoc 7, 16: "Ya no tendrán hambre ni sed".
90. --- En segundo lugar, Dios nos libra [del mal] consolándonos en las aflicciones. Porque si Dios no consolase al hombre, no podría éste subsistir, 2 Cor 1, 8: "Fuimos abrumados desmedidamente sobre nuestras fuerzas"; y 2 Cor 7, 6: "Pero Dios, que consuela a los humildes, nos ha consolado". Salmo 93: "A proporción de la multitud de los dolores de mi corazón, tus consuelos alegraron mi alma".
91. --- En tercer lugar, porque Dios les hace tantos be neficios a los afligidos, que éstos dan al olvido sus males.
Tob 3, 22: "Después de la tempestad, produces la bonanza". Así, por lo tanto, no son de temer las aflicciones y tribulaciones de este mundo, porque son fácilmente soportables, tanto por la consolación que
traen consigo como por su brevedad. Dice el Apóstol en 2 Cor 4, 17: "Lo que al presente son nuestras breves y ligeras aflicciones nos producen, sobre toda medida, un ponderoso caudal de gloria eterna; porque por ellas llegamos a la vida eterna.
92. --- En cuarto lugar porque la tentación y la tribulación conviértanse en bien: por lo cual no se dice "líbranos" de la tribulación, sino "del mal"; porque las tribulaciones son para corona de los Santos; y por eso se glorían de las tribulaciones. Dice San Pablo, Rom 5, 3: "No sólo, sino que nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia". Tob. 3, 13: "En el tiempo de la tribulación perdonas los pecados".
Así es que Dios libera al hombre del mal y de las tribulaciones, convirtiéndolos en bien, lo cual es señal de
una sabiduría consumada, pues pertenece al sabio ordenar el mal al bien; y esto lo hace El mediante la paciencia que se tenga en las tribulaciones. Ciertamente las demás virtudes se sirven de los bienes, pero la paciencia se sirve de los males; y por eso sólo en los males, esto es, en las adversidades, es necesaria: Prov 19, 11: "La ciencia de un hombre se conoce por su paciencia".
93. --- Por lo cual el Espíritu Santo hace que pidamos el don de sabiduría, y por este don llegamos a la bienaventuranza a la que nos ordena la paz, porque por la paciencia tenemos paz lo mismo en tiempo próspero que en el adverso: y por eso los pacíficos son llamados hijos de Dios: son semejantes a Dios, porque así como a Dios nada lo puede dañar, tampoco a ellos, ni las cosas prósperas ni las adversas; y por eso: "bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).
94. --- La palabra Amén es la reafirmación general de todas las peticiones.

Explicación abreviada de todo el Padrenuestro

95. --- Para explicarla brevemente, se debe saber que en la oración dominical se contienen todas las cosas que se han de desear y todas las cosas de las que hemos de huir.
Ahora bien, entre todas las cosas deseables, lo que más se desea es lo que más se ama, y esto es Dios, y por eso primeramente pides la gloria de Dios cuando dices: "Santificado sea tu nombre".
Y de Dios son de esperar tres cosas para ti mismo. La primera es que alcances la vida eterna; y esto lo pides
cuando dices: "Venga a nos tu reino". La segunda es que cumplas la voluntad de Dios y su justicia; y esto lo pides cuando dices: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo". La tercera es que tengas las cosas necesarias para la vida; y esto lo pides cuando dices: "El pan nuestro de cada día dánosle hoy". Y de estas tres cosas habla el Señor en Mateo 6, 33: "Buscad primero el reino de Dios", en cuanto a lo primero; "y su justicia", en cuanto a lo segundo; "y todo lo demás se os dará por añadidura", en cuanto a lo tercero.
96. --- Ahora bien, las cosas que se han de evitar y de las que se debe huir son las contrarias al bien. Y el bien es lo que primeramente se ha de desear, y es cuádruple, como ya se dijo.
Y primeramente es la gloria de Dios, y a ésta ningún mal le es contrario. Job 35, 6: "Si pecas, ¿ en qué lo
dañarás?. . . si obrares bien ¿qué es lo que le das?". En efecto, la gloria de Dios resulta tanto del mal, en cuanto castigo, como del bien, en cuanto remunera.
El segundo bien es la vida eterna. Y a ella se opone el pecado porque ella se pierde por el pecado; y por eso, para rechazarlo decimos: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores".
El tercer bien es la justicia y las buenas obras y a éste se oponen las tentaciones, porque las tentaciones
nos impiden cumplir el bien; y para apartarlas pedimos: "Y no nos dejes caer en tentación".
El cuarto bien son las cosas que nos son necesarias; y a éste se oponen las adversidades y las tribulaciones; y para apartarlas pedimos: "Mas líbranos del mal". "Amén".
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