Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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 La Metafísica Oriental

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Joselia
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MensajeTema: La Metafísica Oriental   Mar Ago 16, 2011 10:32 am

LA METAFÍSICA ORIENTAL


He tomado como tema de esta exposición la metafísica oriental; quizás habría valido más decir simplemente la metafísica sin epíteto, ya que, en verdad, la metafísica pura, al estar por esencia fuera y más allá de todas las formas y de todas las contingencias, no es ni oriental ni occidental, es universal. Son sólo las formas exteriores de las que es revestida por las necesidades de una exposición, para expresar lo que es expresable de ella, son estas formas las que pueden ser ya sea orientales, ya sea occidentales; pero, bajo su diversidad, es un fondo idéntico el que se encuentra por todas partes y siempre, por todas partes al menos donde hay metafísica verdadera, y eso por la simple razón de que la verdad es una.

Si ello es así, ¿por qué hablar más especialmente de metafísica oriental? Es porque, en las condiciones intelectuales donde se encuentra actualmente el mundo occidental, la metafísica es en él algo olvidado, ignorado en general, perdido casi enteramente, mientras que en Oriente es siempre el objeto de un conocimiento efectivo. Así pues, si se quiere saber lo que es la metafísica, es a Oriente adonde es menester dirigirse; e, inclusive si se quiere recuperar algo de las antiguas tradiciones metafísicas que han podido existir en Occidente, en un Occidente que, bajo muchos aspectos, estaba entonces singularmente más próximo de Oriente de lo que lo está hoy día, es sobre todo con la ayuda de las doctrinas orientales y por comparación con éstas como se podrá llegar a ello, porque estas doctrinas son las únicas que, en este dominio metafísico, pueden ser estudiadas todavía directamente. Solamente, para eso, es muy evidente que es menester estudiarlas como lo hacen los Orientales mismos, y no librándose a interpretaciones más o menos hipotéticas y a veces completamente fantasiosas; se olvida muy frecuentemente que las civilizaciones orientales existen todavía y que tienen sus representantes cualificados, junto a los cuales bastaría informarse para saber verdaderamente de qué se trata.

He dicho metafísica oriental, y no únicamente metafísica hindú, ya que las doctrinas de este orden, con todo lo que implican, no se encuentran sólo en la India, contrariamente a lo que parecen creer algunos, que por lo demás no se dan cuenta apenas de su verdadera naturaleza. El caso de la India no es en modo alguno excepcional bajo esta relación; es exactamente el de todas las civilizaciones que poseen lo que se puede llamar una base tradicional. Lo que es excepcional y anormal, son al contrario civilizaciones desprovistas de una tal base; y a decir verdad, no conocemos más que una, la civilización occidental moderna. Para no considerar más que las principales civilizaciones de Oriente, el equivalente de la metafísica hindú se encuentra, en China, en el Taoísmo; se encuentra también, por otro lado, en algunas escuelas esotéricas del Islam (por lo demás, debe entenderse bien que este esoterismo islámico no tiene nada de común con la filosofía exterior de los árabes, de inspiración griega en su mayor parte). La única diferencia, es que, en cualquier otra parte que en la India, estas doctrinas están reservadas a una élite más restringida y más cerrada; es lo que tuvo lugar también en Occidente en la edad media, para un esoterismo bastante comparable al del Islam bajo muchos aspectos, y también puramente metafísico como éste, pero del que los modernos, en su mayor parte, ni siquiera sospechan ya la existencia. En la India, no se puede hablar de esoterismo en el sentido propio de esta palabra, porque allí no se encuentra una doctrina con dos caras, exotérica y esotérica; no puede tratarse más que de un esoterismo natural, en el sentido de que cada uno profundizará más o menos en la doctrina e irá más o menos lejos según la medida de sus propias posibilidades intelectuales, ya que hay, para algunas individualidades humanas, limitaciones que son inherentes a su naturaleza misma y que les es imposible franquear.

Naturalmente, las formas cambian de una civilización a otra, puesto que deben estar adaptadas a condiciones diferentes; pero, aunque más habituado a las formas hindúes, no siento ningún escrúpulo en emplear otras según necesidad, si se encuentra que pueden ayudar a la comprehensión sobre algunos puntos; en eso no hay ningún inconveniente, porque no son en suma más que expresiones diversas de una misma cosa. Todavía una vez más, la verdad es una, y es la misma para todos los que, por una vía cualquiera, han llegado a su conocimiento.

Dicho eso, conviene entenderse sobre el sentido que es menester dar aquí a la palabra «metafísica», y eso importa tanto más cuanto que frecuentemente hemos tenido la ocasión de constatar que todo el mundo no la comprendía de la misma manera. Pienso que lo mejor que se puede hacer, para las palabras que pueden dar lugar a equívoco, es restituirles tanto como sea posible su significación primitiva y etimológica. Ahora bien, según su composición, esta palabra «metafísica» significa literalmente «más allá de la física», tomando «física» en la acepción que este término tenía siempre para los Antiguos, la de «ciencia de la naturaleza» en toda su generalidad. La física es el estudio de todo lo que pertenece al dominio de la naturaleza; lo que concierne a la metafísica, es lo que está más allá de la naturaleza. Así pues, ¿cómo pueden pretender algunos que el conocimiento metafísico es un conocimiento natural, ya sea en cuanto a su objeto, ya sea en cuanto a las facultades por las que es obtenido? En eso hay un verdadero contrasentido, una contradicción en los términos mismos; y sin embargo, lo que es más sorprendente, ocurre que esta confusión es cometida incluso por aquellos que deberían haber guardado alguna idea de la verdadera metafísica y saber distinguirla más claramente de la pseudometafísica de los filósofos modernos.

Pero, se dirá quizás, si esta palabra «metafísica» da lugar a tales confusiones, ¿no valdría más renunciar a su empleo y sustituirla por otra que tuviera menos inconvenientes? En verdad, sería fastidioso, porque, por su formación, esta palabra conviene perfectamente a aquello de lo que se trata; y apenas es posible, porque las lenguas occidentales no poseen ningún otro término que esté tan bien adaptado a este uso. Emplear pura y simplemente la palabra «conocimiento», como se hace en la India, porque es en efecto el conocimiento por excelencia, el único que sea absolutamente digno de este nombre, es menester no pensarlo siquiera, ya que sería todavía mucho menos claro para los Occidentales, que, en hecho de conocimiento, están habituados a no considerar nada fuera del dominio científico y racional. ¿Es pues necesario preocuparse tanto del abuso que se ha hecho de una palabra? Si se debieran rechazar todas aquellas que se encuentran en este caso, ¿cuántas se tendrían todavía a disposición? ¿No basta tomar las precauciones requeridas para descartar las equivocaciones y los malentendidos? No estimamos más a la palabra «metafísica» que a no importa cuál otra; pero, en tanto que no se nos haya propuesto un término mejor para remplazarla, continuaremos sirviéndonos de ella como lo hemos hecho hasta aquí.

Desgraciadamente hay gentes que tienen la pretensión de «juzgar» lo que ignoran, y que, porque dan el nombre de «metafísica» a un conocimiento puramente humano y racional (lo que no es para nos más que ciencia o filosofía), se imaginan que la metafísica oriental no es nada más ni nada diferente de eso, de donde sacan lógicamente la conclusión de que esta metafísica no puede conducir realmente a tales o a cuales resultados. No obstante, conduce a ellos efectivamente, pero porque es algo muy diferente de lo que suponen; todo lo que ellos consideran no tiene verdaderamente nada de metafísico, desde que no es más que un conocimiento de orden natural, un saber profano y exterior; no es en modo alguno de eso de lo que queremos hablar. Así pues, ¿hacemos «metafísica» sinónimo de «sobrenatural»? Aceptaríamos de muy buena gana una tal asimilación, puesto que, en tanto que no se rebasa la naturaleza, es decir, el mundo manifestado en toda su extensión (y no sólo el mundo sensible que no es más que un elemento infinitesimal suyo), se está todavía en el dominio de la física; lo que es metafísica, como ya lo hemos dicho, es lo que está más allá y por encima de la naturaleza, es por consiguiente propiamente lo «sobrenatural».

Pero aquí se hará sin duda una objeción: ¿es posible rebasar así la naturaleza? No vacilaremos en responder muy claramente: eso no sólo es posible, sino que eso es. Eso no es más que una afirmación, se dirá todavía; ¿qué pruebas se pueden dar de ello? Es verdaderamente extraño que se pida probar la posibilidad de un conocimiento en lugar de buscar darse cuenta de él por sí mismo haciendo el trabajo necesario para adquirirlo. Para el que posee este conocimiento, ¿qué interés y qué valor pueden tener todas estas discusiones? El hecho de sustituir el conocimiento mismo por la «teoría del conocimiento» es quizás la más bella confesión de impotencia de la filosofía moderna.

Por lo demás, en toda certeza hay algo de incomunicable; nadie puede alcanzar realmente un conocimiento cualquiera de otro modo que por un esfuerzo estrictamente personal, y todo lo que otro puede hacer, es dar la ocasión e indicar los medios para llegar a él. Por eso es por lo que, en el orden puramente intelectual, sería vano pretender imponer una convicción cualquiera; a este respecto, la mejor argumentación no podría ocupar el lugar del conocimiento directo y efectivo.

Ahora bien, ¿se puede definir la metafísica tal como la entendemos? No, ya que definir es siempre limitar, y aquello de lo que se trata es, en sí mismo, verdadera y absolutamente ilimitado, y por consiguiente no podría dejarse encerrar en ninguna fórmula ni en ningún sistema. Se puede caracterizar la metafísica de una cierta manera, diciendo por ejemplo que es el conocimiento de los principios universales; pero eso no es una definición hablando propiamente, y, por lo demás, eso no puede dar de ella más que una idea bastante vaga. Agregaremos algo al respecto si decimos que este dominio de los principios se extiende mucho más lejos de lo que han pensado algunos Occidentales que no obstante han hecho metafísica, pero de una manera parcial e incompleta. Así, cuando Aristóteles consideraba la metafísica como el conocimiento del ser en tanto que ser, la identificaba a la ontología, es decir, que tomaba la parte por el todo. Para la metafísica oriental, el ser puro no es el primero ni el más universal de los principios, pues es ya una determinación; así pues, es menester ir más allá del ser, e incluso es eso lo que más importa. Por eso es por lo que, en toda concepción verdaderamente metafísica, es menester reservar siempre la parte de lo inexpresable; e incluso todo lo que se puede expresar no es literalmente nada al respeto de lo que rebasa toda expresión, como lo finito, cualquiera que sea su magnitud, es nulo frente a lo Infinito. Se puede sugerir mucho más de lo que se expresa, y es ese, en suma, el papel que desempeñan aquí las formas exteriores; todas estas formas, ya se trate de palabras o de símbolos, no constituyen más que un soporte, un punto de apoyo para elevarse a posibilidades de concepción que las rebasan incomparablemente; volveremos sobre esto después.

Hablamos de concepciones metafísicas, a falta de tener otro término a nuestra disposición para hacernos comprender; pero no se vaya a creer por eso que haya ahí nada asimilable a concepciones científicas o filosóficas; no se trata de operar «abstracciones», sino de tomar un conocimiento directo de la verdad tal cual es. La ciencia es el conocimiento racional, discursivo, siempre indirecto, un conocimiento por reflejo; la metafísica es el conocimiento supraracional, intuitivo e inmediato. Por lo demás, esta intuición intelectual pura, sin la cual no hay metafísica verdadera, no debe ser asimilada de ninguna manera a la intuición de la que hablan algunos filósofos contemporáneos, ya que, al contrario, ésta es infraracional. Hay una intuición intelectual y una intuición sensible; una está más allá de la razón, pero la otra está más acá de ella; esta última no puede aprehender más que el mundo del cambio y del devenir, es decir, la naturaleza, o más bien una ínfima parte de la naturaleza. El dominio de la intuición intelectual, al contrario, es el dominio de los principios eternos e inmutables, es el dominio metafísico.

El intelecto transcendente, para aprehender directamente los principios universales, debe ser él mismo de orden universal; ya no es una facultad individual, y considerarle como tal sería contradictorio, ya que no puede estar en las posibilidades del individuo rebasar sus propios límites, salir de las condiciones que le definen en tanto que individuo. La razón es una facultad propia y específicamente humana; pero lo que está más allá de la razón es verdaderamente «no humano»; es lo que hace posible el conocimiento metafísico, y éste, es menester repetirlo, no es un conocimiento humano. En otros términos, no es en tanto que hombre como el hombre puede llegar a él; sino que es en tanto que este ser, que es humano en uno de sus estados, es al mismo tiempo otra cosa y más que un ser humano; y es la toma de consciencia efectiva de los estados supraindividuales lo que es el objeto real de la metafísica, o, mejor todavía, lo que es el conocimiento metafísico mismo. Así pues, llegamos aquí a uno de los puntos más esenciales, y es necesario insistir en él: si el individuo fuera un ser completo, si constituyera un sistema cerrado a la manera de la mónada de Leibniz, no habría metafísica posible; irremediablemente encerrado en él mismo, este ser no tendría ningún medio de conocer lo que no es del orden de existencia al cual pertenece. Pero ello no es así: el individuo no representa en realidad más que una manifestación transitoria y contingente del ser verdadero; no es más que un estado especial entre una multitud indefinida de otros estados del mismo ser; y este ser es, en sí mismo, absolutamente independiente de todas sus manifestaciones, del mismo modo que, para emplear una comparación que aparece a cada instante en los textos hindúes, el sol es absolutamente independiente de las múltiples imágenes en las cuales se refleja. Tal es la distinción fundamental del «Sí mismo» y del «yo», de la personalidad y de la individualidad; y, del mismo modo que las imágenes están ligadas por los rayos luminosos a la fuente solar sin la cual no tendrían ninguna existencia ni ninguna realidad, del mismo modo la individualidad, ya sea que se trate por lo demás de la individualidad humana o de todo otro estado análogo de manifestación, está ligada a la personalidad, al centro principial del ser, por este intelecto transcendente del que acabamos de hablar. No es posible, en los límites de esta exposición, desarrollar más completamente estas consideraciones, ni dar una idea más precisa de la teoría de los estados múltiples del ser; pero, no obstante, pienso haber dicho al respecto bastante para hacer presentir al menos su importancia capital en toda doctrina verdaderamente metafísica.

He dicho teoría, pero no es sólo de teoría de lo que se trata, y ese es también un punto que requiere ser explicado. El conocimiento teórico, que no es todavía más que indirecto y en cierto modo simbólico, no es más que una preparación, por lo demás, indispensable, del verdadero conocimiento. Por otra parte, es el único que sea comunicable de una cierta manera, y todavía no lo es completamente; por eso es por lo que toda exposición no es más que un medio de acercarse al conocimiento, y este conocimiento, que no es primero más que virtual, debe ser realizado después efectivamente. Encontramos aquí una nueva diferencia con esa metafísica parcial a la que hemos hecho alusión precedentemente, la de Aristóteles por ejemplo, ya teóricamente incompleta porque se limita al ser, y donde, además, la teoría parece ser presentada como bastándose a sí misma, en lugar de estar ordenada expresamente en vistas de una realización correspondiente, así como lo está siempre en todas las doctrinas orientales. No obstante, incluso en esta metafísica imperfecta, e incluso estaríamos tentados a decir en esta semimetafísica, se encuentran a veces afirmaciones que, si hubieran sido bien comprendidas, habrían debido conducir a consecuencias muy diferentes: así, ¿no dice Aristóteles claramente que un ser es todo lo que conoce? Esta afirmación de la identificación por el conocimiento, es el principio mismo de la realización metafísica; pero aquí este principio se queda aislado, no tiene más que el valor de una declaración completamente teórica, no se saca de él ningún partido, y parece que, después de haberlo planteado, ya no se piensa más en él; ¿cómo es posible que Aristóteles mismo y sus continuadores no hayan visto mejor todo lo que estaba implicado ahí? Es verdad que ocurre lo mismo en muchos otros casos, y que parecen olvidar a veces cosas tan esenciales como la distinción del intelecto puro y de la razón, después de haberlas formulado no obstante no menos explícitamente; son extrañas lagunas. ¿Es menester ver en eso el efecto de algunas limitaciones que serían inherentes al espíritu occidental, salvo excepciones más o menos raras, pero siempre posibles? Eso puede ser verdad en una cierta medida, pero sin embargo es menester no creer que la intelectualidad occidental haya sido, en general, tan estrechamente limitada antaño como lo es en la época moderna. Únicamente, doctrinas como éstas no son después de todo más que doctrinas exteriores, muy superiores a muchas otras, puesto que encierran a pesar de todo una parte de metafísica verdadera, pero siempre mezclada a consideraciones de un orden diferente, que, ellas, no tienen nada de metafísico… Por nuestra parte, tenemos la certeza de que ha habido otra cosa que eso en Occidente, en la antigüedad y en la edad media, que ha habido, para el uso de una élite, doctrinas puramente metafísicas y que podemos decir completas, comprendida en eso esta realización que, para la mayoría de los modernos, es sin duda una cosa apenas concebible; si Occidente ha perdido tan totalmente su recuerdo, es porque ha roto con sus propias tradiciones, y es por eso por lo que la civilización moderna es una civilización anormal y desviada.

Si el conocimiento puramente teórico fuera él mismo su propio fin, si la metafísica debiera quedarse ahí, eso ya sería algo, ciertamente, pero sería completamente insuficiente. A pesar de la certeza verdadera, más fuerte todavía que una certeza matemática, que está vinculada ya a un tal conocimiento, eso no sería en suma, en un orden incomparablemente superior, más que el análogo de lo que es en su orden inferior, terrestre y humano, la especulación científica y filosófica. No es eso lo que debe ser la metafísica; que otros se interesen en «juegos de espíritu» o en lo que puede parecer tal, es asunto suyo; para nos, las cosas de ese género nos son más bien indiferentes, y pensamos que las curiosidades del psicólogo deben ser perfectamente extrañas al metafísico. De lo que se trata para éste, es de conocer lo que es, y de conocerlo de tal manera, que uno mismo es, real y efectivamente, todo lo que conoce.

En cuanto a los medios de la realización metafísica, sabemos bien qué objeciones pueden hacer, en lo que les concierne, aquellos que creen deber contestar la posibilidad de esta realización. En efecto, estos medios deben estar al alcance del hombre; para las primeras etapas al menos, deben estar adaptados a las condiciones del estado humano, puesto que es en este estado donde se encuentra actualmente el ser que, partiendo de ahí, deberá tomar posesión de los estados superiores. Así pues, es en las formas que pertenecen a este mundo en el que se sitúa su manifestación presente donde el ser tomará un punto de apoyo para elevarse por encima de este mundo mismo; palabras, signos simbólicos, ritos o procedimientos preparatorios, cualesquiera que sean, no tienen otra razón de ser ni otra función: como ya lo hemos dicho, son soportes y nada más. Pero, dirán algunos, ¿cómo es posible que estos medios puramente contingentes produzcan un efecto que los rebasa inmensamente, un efecto que es de un orden completamente diferente de aquel al que pertenecen ellos mismos? Haremos observar primero que no son en realidad más que medios accidentales, y que el resultado que ayudan a obtener no es de ninguna manera su efecto; ponen al ser en las disposiciones requeridas para llegar a él más fácilmente, y eso es todo. Si la objeción que consideramos fuera válida en este caso, valdría igualmente para los ritos religiosos, para los sacramentos, por ejemplo, donde la desproporción no es menor entre el medio y el fin; algunos de aquellos que la formulan quizás no han pensado suficiente en ello. En cuanto a nos, no confundimos un simple medio con una causa en el verdadero sentido de esta palabra, y no consideramos la realización metafísica como un efecto de nada, porque no es la producción de algo que no existe todavía, sino la toma de consciencia de lo que es, de una manera permanente e inmutable, fuera de toda sucesión temporal u otra, ya que todos los estados del ser, considerados en su principio, son en perfecta simultaneidad en el eterno presente.

Así pues, no vemos ninguna dificultad en reconocer que no hay ninguna medida común entre la realización metafísica y los medios que conducen a ella, o, si se prefiere, que la preparan. Por lo demás, es por eso por lo que ninguno de estos medios es estrictamente necesario, de una necesidad absoluta; o al menos no hay más que una única preparación verdaderamente indispensable, y es el conocimiento teórico. Éste, por otra parte, no podría ir muy lejos sin un medio que debemos considerar así como el que desempeñará el papel más importante y el más constante: este medio, es la concentración; y eso es algo absolutamente extraño, contrario incluso a los hábitos mentales del Occidente moderno, donde todo tiende a la dispersión y al cambio incesante. Todos los demás medios no son más que secundarios en relación a éste: sirven sobre todo para favorecer la concentración, y también para armonizar entre ellos los diversos elementos de la individualidad humana, a fin de preparar la comunicación efectiva entre esta individualidad y los estados superiores del ser.

Por lo demás, en el punto de partida, estos medios podrán ser casi indefinidamente variados, ya que, para cada individuo, deberán ser apropiados a su naturaleza especial, conformes a sus aptitudes y a sus disposiciones particulares. Después, las diferencias irán disminuyendo, ya que se trata de vías múltiples que tienden todas hacia una misma meta; y, a partir de un cierto estadio, toda multiplicidad habrá desaparecido; pero entonces los medios contingentes e individuales habrán acabado de desempeñar su papel. Para mostrar que no es en modo alguno necesario, algunos textos hindúes comparan este papel al de un caballo con cuya ayuda un hombre llegará más rápido y más fácilmente al término de su viaje, pero sin el cual también podría llegar a él. Los ritos, los procedimientos diversos indicados en vista de la realización metafísica, podrían desatenderse y, no obstante, únicamente por la fijación constante del espíritu y de todas las potencias del ser sobre la meta de esta realización, alcanzar finalmente esta meta suprema; pero, si hay medios que hacen el esfuerzo menos penoso, ¿por qué desatenderlos voluntariamente? ¿Es confundir lo contingente y lo absoluto tener en cuenta las condiciones del estado humano, puesto que es desde este estado, contingente él mismo, desde donde estamos actualmente obligados a partir para la conquista de los estados superiores, y después del estado supremo e incondicionado?

Indicamos ahora, según las enseñanzas que son comunes a todas las doctrinas tradicionales de Oriente, las principales etapas de la realización metafísica. La primera, que no es más que preliminar en cierto modo, se opera en el dominio humano y no se extiende todavía más allá de la individualidad. Consiste en una extensión indefinida de esta individualidad, de la que la modalidad corporal, la única que sea desarrollada en el hombre ordinario, no representa más que una porción muy pequeña; es desde esta modalidad corporal de donde es menester partir de hecho, de donde el uso, para comenzar, de medios tomados al orden sensible, pero que deberán tener una repercusión en las demás modalidades del ser humano. La fase de la que hablamos es en suma la realización o el desarrollo de todas las posibilidades que están contenidas virtualmente en la individualidad humana, que constituyen como prolongamientos múltiples suyos que se extienden en diversos sentidos más allá del dominio corporal y sensible; y es por estos prolongamientos por los que se podrá establecer después la comunicación con los demás estados.

Esta realización de la individualidad integral es designada por todas las tradiciones como la restauración de lo que llaman el «estado primordial», estado que se considera como el del hombre verdadero, y que escapa ya a algunas de las limitaciones características del estado ordinario, concretamente a la que se debe a la condición temporal. El ser que ha alcanzado este «estado primordial» no es todavía más que un individuo humano, y no está en posesión efectiva de ningún estado supraindividual; y, sin embargo, desde entonces está liberado del tiempo, la sucesión aparente de las cosas se ha transmutado para él en simultaneidad; posee conscientemente una facultad que es desconocida para el hombre ordinario y que se puede llamar el «sentido de la eternidad». Esto es de una extrema importancia, ya que el que no puede salir del punto de vista de la sucesión temporal y considerar todas las cosas en modo simultáneo es incapaz de la menor concepción del orden metafísico. La primera cosa que tiene que hacer quien quiere llegar verdaderamente al conocimiento metafísico, es colocarse fuera del tiempo, diríamos de buena gana en el «no tiempo», si una tal expresión no debiera parecer demasiado singular e inusitada. Por lo demás, esta consciencia de lo intemporal puede ser alcanzada de una cierta manera, sin duda muy incompleta, pero ya real no obstante, mucho antes de que sea obtenido en su plenitud este «estado primordial» del que acabamos de hablar.

Se preguntará quizás: ¿por qué esta denominación de «estado primordial»? Es porque todas las tradiciones, comprendida la de Occidente (ya que la Biblia misma no dice otra cosa), están de acuerdo en enseñar que este estado es el que era normal en los orígenes de la humanidad, mientras que el estado presente no es más que el resultado de una decadencia, el efecto de una suerte de materialización progresiva que se ha producido en el curso de las edades, durante la duración de un cierto ciclo. Nos no creemos en la “evolución”, en el sentido que los modernos dan a esta palabra; las hipótesis supuestamente científicas que han imaginado no corresponden en modo alguno a la realidad. Por lo demás, no es posible hacer aquí más que una simple alusión a la teoría de los ciclos cósmicos, que está particularmente desarrollada en las doctrinas hindúes; eso sería salir de nuestro tema, ya que la cosmología no es la metafísica, aunque depende de ella bastante estrechamente; no es más que una aplicación suya al orden físico, y las verdaderas leyes naturales no son más que consecuencias, en un dominio relativo y contingente, de los principios universales y necesarios.

Volvamos a la realización metafísica: su segunda fase se refiere a los estados supraindividuales, pero todavía condicionados, aunque sus condiciones sean completamente diferentes de las del estado humano. Aquí, el mundo del hombre, donde estábamos todavía en el estadio precedente, es rebasado entera y definitivamente. Es menester decir más: lo que es rebasado, es el mundo de las formas en su acepción más general, que comprende todos los estados individuales cualesquiera que sean, ya que la forma es la condición común a todos estos estados, aquella por la que se define la individualidad como tal. El ser, al que ya no puede llamarse humano, ha salido en adelante de la «corriente de las formas», según la expresión extremo oriental. Por lo demás, habría que hacer otras distinciones, ya que esta fase puede subdividirse: conlleva en realidad varias etapas, desde la obtención de estados que, aunque informales, pertenecen todavía a la existencia manifestada, hasta el grado de universalidad que es el del ser puro.

Sin embargo, por elevados que sean estos estados en relación al estado humano, por alejados que estén de éste, no son todavía más que relativos, y eso es verdad inclusive del más alto de entre ellos, el que corresponde al principio de toda manifestación. Así pues, su posesión no es más que un resultado transitorio, que no debe ser confundido con la meta última de la realización metafísica; es más allá del ser donde reside esta meta, en relación a la cual todo el resto no es más que encaminamiento y preparación. Esta meta suprema, es el estado absolutamente incondicionado, liberado de toda limitación; por esta razón misma, es enteramente inexpresable, y todo lo que se puede decir de él no se traduce más que por términos de forma negativa: negación de los límites que determinan y definen toda existencia en su relatividad. La obtención de este estado, es lo que la doctrina hindú llama la «Liberación», cuando la considera en relación a los estados condicionados, y también la «Unión», cuando la considera en relación al Principio supremo.

En este estado incondicionado, todos los demás estados del ser se encuentran por lo demás en principio, pero transformados, liberados de las condiciones especiales que los determinaban en tanto que estados particulares. Lo que subsiste, es todo lo que tiene una realidad positiva, puesto que es ahí donde todo tiene su principio; el ser «liberado» está verdaderamente en posesión de la plenitud de sus posibilidades. Lo que ha desaparecido, son sólo las condiciones limitativas, cuya realidad es completamente negativa, puesto que no representan más que una «privación» en el sentido en que Aristóteles entendía esta palabra. Así, muy lejos de ser una suerte de aniquilamiento como lo creen algunos Occidentales, este estado final es al contrario la absoluta plenitud, la realidad suprema frente a la que todo lo demás no es más que ilusión.

Agregamos todavía que todo resultado, incluso parcial, obtenido por el ser en el curso de la realización metafísica lo es de una manera definitiva. Este resultado constituye para ese ser una adquisición permanente, que nada puede hacerle perder jamás; el trabajo cumplido en este orden, incluso si viene a ser interrumpido antes del término final, está hecho de una vez por todas, por eso mismo de que está fuera del tiempo. Eso es verdad incluso para el simple conocimiento teórico, ya que todo conocimiento lleva su fruto en sí mismo, bien diferente en eso de la acción, que no es más que una modificación momentánea del ser y que está siempre separada de sus efectos. Por lo demás, éstos son del mismo dominio y del mismo orden de existencia que lo que los ha producido; la acción no puede tener como efecto liberar de la acción, y sus consecuencias no se extienden más allá de los límites de la individualidad, considerada por lo demás en la integridad de la extensión de la que es susceptible. La acción, cualquiera que sea, al no ser opuesta a la ignorancia que es la raíz de toda limitación, no podría hacer que se desvanezca: únicamente el conocimiento disipa la ignorancia como la luz del sol disipa las tinieblas, y es entonces cuando el «Sí mismo», el principio inmutable y eterno de todos los estados manifestados y no manifestados, aparece en su suprema realidad.

Después de este esbozo muy imperfecto y que no da ciertamente más que una idea muy débil de lo que puede ser la realización metafísica, es menester hacer una precisión que es enteramente esencial para evitar graves errores de interpretación: es que todo aquello de lo que se trata aquí no tiene ninguna relación con «fenómenos» cualesquiera, más o menos extraordinarios. Todo lo que es fenómeno es de orden físico; la metafísica está más allá de los fenómenos; y tomamos esta palabra en su mayor generalidad. Resulta de eso, entre otras consecuencias, que los estados de los que acabamos de hablar no tienen absolutamente nada de «psicológico»; es menester decirlo claramente, porque se han producido a veces a este respecto singulares confusiones. La psicología, por definición misma, no podría tener presa más que sobre estados humanos, y todavía, tal como se la entiende hoy, no alcanza más que a una zona muy restringida en las posibilidades del individuo, que se extienden mucho más lejos de lo que los especialistas de esta ciencia pueden suponer. El individuo humano, en efecto, es a la vez mucho más y mucho menos de lo que se piensa ordinariamente en Occidente; es mucho más, en razón de sus posibilidades de extensión indefinida más allá de la modalidad corporal, a la que se refiere en suma todo lo que se estudia de él comúnmente; pero es también mucho menos, puesto que, muy lejos de constituir un ser completo y que se basta a sí mismo, no es más que una manifestación exterior, una apariencia fugitiva revestida por el ser verdadero, cuya esencia no es afectada de ninguna manera por eso en su inmutabilidad.

Es menester insistir sobre este punto, que el dominio metafísico está enteramente fuera del mundo fenoménico, ya que los modernos, habitualmente, no conocen y no buscan apenas más que los fenómenos; es en éstos en lo que se interesan casi exclusivamente, como da testimonio de ello, por lo demás, el desarrollo que han dado a las ciencias experimentales; y su inaptitud metafísica procede de la misma tendencia. Sin duda, puede ocurrir que algunos fenómenos especiales se produzcan en el trabajo de realización metafísica, pero de una manera completamente accidental: ese es un resultado más bien enojoso, ya que las cosas de este género no pueden ser más que un obstáculo para el que estuviera tentado de atribuirles alguna importancia. El que se deja detener y desviar de su vía por los fenómenos, el que se deja ir sobre todo a buscar «poderes» excepcionales, tiene muy pocas posibilidades de llevar la realización más allá del grado al que haya llegado ya cuando sobreviene esta desviación.

Esta precisión conduce naturalmente a rectificar algunas interpretaciones erróneas que tienen curso a propósito de la palabra «yoga»; ¿no se ha pretendido a veces, en efecto, que lo que los Hindúes designan por esta palabra es el desarrollo de algunos poderes latentes del ser humano? Lo que acabamos de decir basta para mostrar que una tal definición debe ser rechazada. En realidad, esta palabra «yoga» es la que hemos traducido tan literalmente como es posible por «Unión»; lo que designa propiamente, es pues la meta suprema de la realización metafísica; y el «yogi», si se quiere entender en el sentido más estricto, es únicamente el que ha alcanzado esta meta. No obstante, es verdad que, por extensión, estos mismos términos, en algunos casos, son aplicados también a estadios preparatorios a la «Unión» o incluso a simples medios preliminares, y al ser que ha llegado a los estados correspondientes a esos estadios o que emplea estos medios para llegar a ellos. ¿Pero cómo se podría sostener que una palabra cuyo sentido primero es «Unión», designe propia y primitivamente ejercicios respiratorios o cualquier otra cosa de este género? Estos ejercicios y otros, basados generalmente sobre lo que podemos llamar la ciencia del ritmo, figuran efectivamente entre los medios más usados en vista de la realización metafísica; pero que no se tome por un fin lo que no es más que un medio contingente y accidental, y que no se tome tampoco por la significación original de una palabra lo que no es más que una acepción secundaria y más o menos desviada.

Al hablar de lo que es primitivamente el «yoga», y al decir que esta palabra ha designado siempre esencialmente la misma cosa, se puede pensar en plantear una cuestión de la que no hemos dicho nada hasta aquí: estas doctrinas metafísicas tradicionales de las que tomamos todos los datos que exponemos, ¿cuál es su origen? La respuesta es muy simple, aunque la misma se arriesga a levantar las protestas de aquellos que querrían considerar todo desde el punto de vista histórico: es que no hay origen; con eso queremos decir que no hay origen humano, susceptible de ser determinado en el tiempo. En otros términos, el origen de la tradición, si es que esta palabra de origen ha de tener todavía una razón de ser en parecido caso, es «no humano» como la metafísica misma. Las doctrinas de este orden no han aparecido en un momento cualquiera de la historia de la humanidad: la alusión que hemos hecho al «estado primordial», y también, por otra parte, lo que hemos dicho del carácter intemporal de todo lo que es metafísica, deberían permitir comprenderlo sin demasiada dificultad, a condición de que uno se resigne a admitir, contrariamente a algunos prejuicios, que hay cosas a las que el punto de vista histórico no es aplicable de ninguna manera. La verdadera metafísica es eterna; por eso mismo, ha habido siempre seres que han podido conocerla real y totalmente. Lo que puede cambiar, no son más que las formas exteriores, los medios contingentes; y este cambio mismo no tiene nada de lo que los modernos llaman «evolución»; no es más que una simple adaptación a tales o cuales circunstancias particulares, a las condiciones especiales de una raza o de una época determinada. De ahí resulta la multiplicidad de las formas; pero el fondo de la doctrina no es en modo alguno modificado o afectado por eso, como tampoco son alteradas la unidad y la identidad esenciales del ser por la multiplicidad de sus estados de manifestación.

Así pues, el conocimiento metafísico, y la realización que implica para ser verdaderamente todo lo que debe ser, son posibles por todas partes y siempre, en principio al menos, y si esta posibilidad es considerada de una manera absoluta en cierto modo; pero de hecho, si puede decirse prácticamente, y en un sentido relativo, ¿son igualmente posibles en no importa cuál medio y sin tener en cuenta las contingencias? Sobre esto, seremos mucho menos afirmativos, al menos en lo que concierne a la realización; y eso se explica por el hecho de que ésta, en su comienzo, debe tomar su punto de apoyo en el orden de las contingencias. Puede haber condiciones particularmente desfavorables, como las que ofrece el mundo occidental moderno, tan desfavorables que un tal trabajo es ahí casi imposible, y que incluso podría ser peligroso de emprender, en ausencia de todo apoyo proporcionado por el medio, y en un ambiente que no puede más que contrariar e incluso aniquilar los esfuerzos de aquel que se libre a él. Por el contrario, las civilizaciones que llamamos tradicionales están organizadas de tal manera que se puede encontrar en ellas una ayuda eficaz, que sin duda no es rigurosamente indispensable, como tampoco lo es todo lo que es exterior, pero sin la cual no obstante es muy difícil obtener resultados efectivos. En eso hay algo que rebasa las fuerzas de un individuo humano aislado, incluso si ese individuo posee las cualificaciones requeridas; así pues, no querríamos animar a nadie, en las condiciones presentes, a comprometerse desconsideradamente en una tal empresa; y esto va a conducirnos directamente a nuestra conclusión.

Para nos, la gran diferencia entre Oriente y Occidente (y se trata aquí exclusivamente del Occidente moderno), la única diferencia incluso que sea verdaderamente esencial, ya que todas las demás se derivan de ella, es ésta: por una parte, conservación de la tradición con todo lo que implica; por la otra, olvido y pérdida de esta misma tradición; por un lado, mantenimiento del conocimiento metafísico; por el otro, ignorancia completa de todo lo que se refiere a este dominio. Entre civilizaciones que abren a su élite las posibilidades que hemos intentado hacer entrever, que le dan los medios más apropiados para realizar efectivamente estas posibilidades, y que, a algunos al menos, les permiten realizarlas así en su entera plenitud, entre estas civilizaciones tradicionales y una civilización que se ha desarrollado en un sentido puramente material, ¿cómo se podría encontrar una medida común? ¿Y quién pues, a menos de estar cegado por no sabemos qué toma de partido, osará pretender que la superioridad material compensa la inferioridad intelectual? Intelectual, decimos, pero entendiendo por ello la verdadera intelectualidad, la que no se limita al orden humano ni al orden natural, la que hace posible el conocimiento metafísico puro en su absoluta transcendencia. Nos parece que basta reflexionar un instante sobre estas cuestiones para no tener duda alguna ni ninguna vacilación sobre la respuesta que conviene darles.

La superioridad material del Occidente moderno no es contestable; nadie se la contesta tampoco, pero nadie la envidia. Es menester ir más lejos: en este desarrollo material excesivo, Occidente se arriesga a perecer más pronto o más tarde si no se detiene a tiempo, y si no viene a considerar seriamente el «retorno a los orígenes», según una expresión que está en uso en algunas escuelas de esoterismo islámico. Por diversos lados, se habla mucho hoy de «defensa de Occidente»; pero, desgraciadamente, nadie parece comprender que es contra sí mismo sobre todo que Occidente tiene necesidad de ser defendido, que es de sus propias tendencias actuales de donde le vienen los principales y los más temibles de todos los peligros que le amenazan realmente. Sería bueno meditar sobre esto profundamente, y no se podría invitar a ello demasiado a todos los que son todavía capaces de reflexionar. Así pues, es con esto con lo que terminaré mi exposición, feliz si he podido, si no hacer comprender plenamente, sí al menos hacer presentir algo de esta intelectualidad oriental cuyo equivalente ya no se encuentra en Occidente, y dar una apercepción, por imperfecta que sea, de lo que es la metafísica verdadera, el conocimiento por excelencia, que es, como lo dicen los textos sagrados de la India, el único enteramente verdadero, absoluto, infinito y supremo."

RENÉ GUÉNON

Extraído de http://www.sophia.bem-vindo.net/tiki-index.php?page=Guenon+Metafisica+Oriental
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