Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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Joselia
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MensajeTema: Los hacedores de música   Sáb Ago 10, 2013 1:53 pm

Los hacedores de música

Rabindranah Tagore


No sería nada el grano de arena si no tuviese como fondo todo el mundo físico. Ese grano de arena es conocido en su contexto del universo, en el que conocemos todas las cosas merced al testimonio de nuestros sentidos. Al decir que el grano de arena es todo el mundo físico, sale fiador de la verdad que hay más allá de la apariencia de la arena.

¿Pero dónde está la garantía de verdad para esta personalidad mía que posee la facultad misteriosa de conocimiento, ante la que presenta el grano de arena su carta de identidad? Debe reconocerse que este mi yo personal tiene también para su verdad un fondo de personalidad, en que el conocimiento, a diferencia del de las otras cosas, sólo puede ser inmediato y auto-revelado.

Lo que yo entiendo por personalidad es un principio auto-consciente de transcendental unidad dentro del hombre que comprende los pormenores todos que son individualmente suyos en punto a conocer y sentir, tocante a deseo, voluntad y acción. En su aspecto negativo, se halla limitado a la exclusividad individual, en tanto que en su aspecto positivo se extiende a lo infinito, en virtud de su incremento en saber, amor y actividad.

Y por esta razón, el más humano de cuantos hechos nos conciernen es el de que soñemos con los límites no alcanzados, sueño que imprime carácter a lo que ya hemos conseguido. De todos los seres es el hombre el que vive en un infinito futuro. Nuestro presente es tan sólo una parte de ese futuro. Las ideas nonatas, los espíritus no encarnados, obseden nuestra imaginación con una insistencia que hace resulten más reales para nosotros que las cosas que nos rodean. La atmósfera del futuro debe circundar siempre nuestro presente, para que la vida se nos haga tolerable y prometedora de inmortalidad. Porque quien tiene en sí un saludable vigor de humanidad abriga una firme e instintiva fe de ser idealmente ilimitado. Tal es la razón de que nuestros grandes maestros nos exijan una manifestación que toque en lo infinito. En lo cual rinden tributo al Hombre Supremo. Nuestro verdadero culto estriba en nuestro indómito valor de ser grandes y representar de ese modo a lo humano divino y mantener despejado siempre el camino de libertad hacia lo no alcanzado.

Nosotros los indos hemos tenido la triste experiencia en nuestra parte del mundo de cómo la pusilánime ortodoxia, con sus irracionales represiones y su acumulación de muertas centurias, empequeñece al hombre en una idolatría del pasado. Rígidamente afincada en el centro de lo estancado e inerte, mantiene reciamente atado al humano espíritu a las vueltas de cangilón de noria de la costumbre hasta que la debilidad lo rinde cual lenta corriente agitada por algas en podredumbre, se divide en charcas cenagosas que esconden su silencio en una narcótica bruma de estupor. Ese espíritu mecánico de la tradición es esencialmente materialístico, ciegamente piadoso, pero no espiritual. Se halla obsedido por fantasmas irracionales que acosan a las mentalidades débiles bajo el disfraz espectral de la religión. Porque nuestra alma se encoge cuando les consentimos a los días ligeros tejer repetidos patrones de mallas absurdas en torno a todos los sectores de la vida. Se vuelve achaparrada cuando no tenemos ningún objeto de interés profundo, ninguna perspectiva de una vida más alta, que reclama claridad de mente y heroica atención para lograrla y madurarla. Resulta destrozada cuando hacemos fuegos artificiales con nuestras pasiones animales con el fin de gozar de sus sensaciones meteóricas, reduciendo sin cesar a cenizas cuanto pudiéramos haber reservado para una iluminación permanente. Sucede esto no sólo a los individuos mediocres que se abrazan a cadenas que los hacen irresponsables o están siempre ansiosos de realidades atrayentes, sino también a generaciones de razas insípidas que han perdido en sí mismas toda importancia de sentido, por haberse olvidado de su porvenir.

El porvenir continuo es el dominio de nuestro milenio, que nos acompaña más verdaderamente de lo que vemos en nuestra historia fragmentaria del presente. Existe en nuestros ensueños. Reside en el reino de la fe que crea la perfección. Hemos visto los anales del ensueño milenario del hombre, la realidad ideal acariciada por razas olvidadas en su admiración, esperanza y amor, puesta de realce en la dignidad de su existir, en virtud de alguna majestad en el ideal y de alguna belleza en los actos. En tanto esas razas pasan unas detrás de otras, van dejando tras de sí grandes cosas realizadas, las cuales reclaman justamente ser consideradas como soñadoras no tanto como conquistadoras de los reinos terrenales, sino como diseñadoras de paraísos. El poeta nos da la mejor definición del hombre cuando dice:

Somos los hacedores de música,
somos los soñadores de sueños.

Nuestra religión nos presenta el ensueño de la unidad ideal, que es el hombre mismo, en cuanto manifiesta lo infinito. Padecemos del sentido del pecado, que es el sentido de la discordia cuando alguna pasión lacerante abre brechas en nuestra visión de lo Unico en el hombre, creando el aislamiento de nuestro yo, separado de la humanidad universal.

Los Upanishad dicen: Ma Gridah. (No ambiciones). Porque la ambición aparta la atención del valor infinito de nuestra personalidad, llevándola hacia la tentación de las cosas materiales. Nuestro poeta de aldea canta: "El hombre brillará fulgente ante tus ojos, si cierras las puertas al deseo".

Hemos visto cómo el hombre primitivo andaba atareado con sus necesidades físicas, restringiéndose de esta manera al presente, que es límite temporal del animal, y desoyendo los apremios de su conciencia para que buscase su emancipación en un mundo de supremo valor humano.

Por la misma causa parece la civilización moderna retroceder a esa mentalidad primitiva. Se han multiplicado tan furiosamente nuestras necesidades y con tal rapidez, que hemos perdido el ocio requerido para la profunda comprensión de nuestro yo y nuestra fe en el mismo. Lo que vale tanto como decir que hemos perdido nuestra religión, el anhelo por alcanzar lo divino en el hombre, al arquitecto de cielos, al compositor de música, al soñador de sueños. Esto ha permitido hacer jirones nuestra fe en la perfección del ideal humano, en su integridad, cual significación más plena de la realidad. Sin duda alguna es maravilloso que la música contenga un hecho que ha sido analizado y medido y que comparte en común con el rebuzno de un asno o de una bocina de automóvil. Pero es aún más prodigioso que la música contenga una verdad que no puede analizarse en fracciones; y ésa es la diferencia entre ella y el impertinente rezongar de la bocina de un auto; diferencia que es infinita. Los hombres de nuestro tiempo han analizado la mente humana, sus ensueños, sus aspiraciones espirituales -sorprendidas a menudo, inadvertidas en el turbio estado de locura, enfermedad y sueños frívolos- y para su satisfacción han encontrado que se componen de animalidades elementales enredadas en varios nudos. Debe de ser éste un descubrimiento importante; pero más importante todavía resulta comprender el hecho de que, en virtud de algún milagro de creación, pueda trascender el hombre infinitamente las partes componentes de su propio carácter.

Supongamos que algún explorador psicológico sospecha que el amor del hombre a su amada tiene por base, allá en el fondo, la avidez de carne humana de nuestro estómago primitivo; no será menester que nos metamos a contradecirlo, porque sea cual fuere la genealogía, la composición secreta, el carácter completo de nuestro amor, en su mezcla perfecta de asociaciones físicas, mentales y espirituales, es único en sus extremadas diferencias del canibalismo. La verdad que late por debajo de la posibilidad de tal transmutación es la verdad de nuestra religión. La flor de loto tiene de común con una piltrafa de carne podrida los elementos de carbono y de su hidrógeno. En estado de disolución, no hay diferencia entre ambas cosas; pero en estado de creación, la diferencia es inmensa; y esa diferencia es lo que realmente importa. Dicen que algunos de nuestros más sagrados sentimientos llevan ocultos en el fondo instintos contrarios a lo que esos sentimientos fingen ser. Tales revelaciones hacen en ciertas personas el efecto de aliviarlas de una tensión, exactamente igual que la relajación en la muerte del incesante esfuerzo de la vida.

Encontramos en la literatura modema que algo así como un cacareo de alegre desencanto se está volviendo contagioso, y que los caballeros andantes del culto del incendio se han echado por esos mundos prendiendo fuego a los altares de adoración, proclamando que las imágenes que sostienen, aunque sean hermosas, están hechas de barro. Dicen haberse comprobado que las apariencias de humano idealismo son falaces, y que lo real es el fango que ocultan. Desde ese punto de vista puede decirse que la creación entera es una gigantesca engañifa y que los billones de puntitos eléctricos en revolución que muestran la apariencia de "esto" o "aquello" deben ser condenados como testigos falsos.

Pero ¿a quién pretenden engañar? Si quienes tal afirman son seres como nosotros, que poseen algún criterio innato de lo real, entonces esas mismas apariencias en su integridad deben de parecerles también a ellos la realidad y no sus componentes átomos eléctricos. La rosa debe de resultarles más grata como objeto que sus gases constituyentes, a los cuales puede ponérseles en tortura para que declaren contra la evidente identidad de la rosa. La rosa, exactamente igual que el humano sentimiento de la bondad o el ideal de la belleza, pertenece al reino de la creación, en el que todos los elementos rebeldes se reconcilian en una armonía perfecta. Porque esos elementos, en su simplicidad, se prestan a nuestro escrutinio; nosotros, en nuestro orgullo, nos inclinamos a asignarles los mejores papeles como actores en ese drama misterioso: la rosa. Semejante análisis no significa otra cosa que un premio concedido a nuestra sagacidad detectivesca.

Vuelvo a repetir que los sentimientos e ideales que el hombre, en su proceso de autocreación, ha elaborado, deberían ser reconocidos en su integridad. En todas nuestras facultades o pasiones no hay nada que sea absolutamente bueno o malo; todo viene a constituir la gran personalidad humana. Son esas pasiones o facultades otras tantas notas que desentonan cuando no se las coloca en su lugar debido; nuestra educación consiste precisamente en hacer de ellas otras tantas cuerdas que vibren en armonía con la gran música del Hombre. El animal que hay en el salvaje se ha transformado en etapas ascendentes en el hombre civilizado; en otras palabras, ha alcanzado una consonancia más verdadera con el Hombre divino, no merced a eliminación alguna de los primitivos materiales, sino mediante su agrupación mágica, en virtud de la.severa disciplina del arte, disciplina de encoger y ensanchar en los lugares oportunos, estableciendo un equilibrio de luces y sombras en el primero y el último término, e infundiendo así un valor único a nuestra personalidad en su integridad toda.

En tanto tenemos fe en ese valor, nuestra energía resulta sólidamente sostenida en su actividad creadora que revela al Hombre eterno. A esa fe contribuyen por todas partes la literatura, las artes, leyendas, símbolos y ceremonias, así como el recuerdo de las almas heroicas que la han personificado en sí mismas.

Nuestra religión es el principio íntimo que comprende esos actos y expresiones y ensueños, mediante los cuales nos aproximamos a aquel a cuya imagen somos hechos. Mantener viva nuestra fe en la realidad de la ideal perfección es el cometido de la civilización, que está principalmente formada de sentimientos y de las imágenes que ese ideal representan. En otras palabras, la civilización es una obra de arte creada para la realización objetiva de nuestra visión de lo espiritualmente perfecto. Es el producto del arte de la religión. Detenemos su marcha victoriosa cuando aceptamos el culto del realismo y olvidamos que el realismo es la peor forma de lo insincero, por contener un mínimum de verdad. Es como decir que sólo en un depósito de cadáveres podemos comprender la realidad del cuerpo humano; del cuerpo que brinda su revelación perfecta cuando lo anima la vida. Todos los grandes hechos humanos están circundados de una atmósfera inmensa de expectación. Jamás son completos si apartamos de ellos lo que pudiera ser, lo que debería ser, lo que aún no se ha probado profundamente, pero se siente ya, y lo que a lo inmortal apunta. Y lo inmortal reside en un perpetuo remanente en el individuo que rebasa todos los hechos falaces que lo rodean.

El realismo en el hombre es el animal que lleva dentro y cuya vida es una mera duración temporal. Lo humano en él es su realidad que se alza sobre un fondo de sempiterna vida. Las rocas y cristales, siendo completos en lo que son, pueden mantenerse en su condición de "cosas mudas irracionales" con una suerte de tácita dignidad en su realismo estólidamente limitado; pero los hechos humanos degeneran, enferman, se convierten en gérmenes de muerte cuando se les despoja de su ideal creador, del ideal del Hombre divino. La diferencia entre las notas como simples hechos de sonido y la música como verdad de expresión es inmensa. Porque la música, aunque comprende un número limitado de notas, representa, no obstante, lo infinito. Al hombre toca componer música del espíritu con cuantas notas tiene en su psicología y que por descuido o perversidad pueden degenerar fácilmente en un ruido espantoso. En la música y no en el ruido se revela el hombre.
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