Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
ÍndiceÍndice  CalendarioCalendario  FAQFAQ  BuscarBuscar  RegistrarseRegistrarse  ConectarseConectarse  
Últimos temas
» Sobre los distintos tipos de profetas en el islam
Miér Oct 12, 2016 12:18 am por Joselia

» Ateos en los Arboles.
Miér Oct 12, 2016 12:15 am por Joselia

» no maltrates a nadie
Vie Ago 22, 2014 1:25 pm por elfalible008

» ...Citas...
Dom Jun 15, 2014 3:43 am por Joselia

» Poemas devocionales
Dom Jun 15, 2014 3:26 am por Joselia

» La naturaleza de la realidad
Dom Jun 15, 2014 3:10 am por Joselia

» ΧΑΡΙΣ JARIS GRACIA INCREADA
Dom Jun 15, 2014 3:00 am por Joselia

» Psicologia
Mar Jun 03, 2014 12:42 pm por elfalible008

» Sugerencias para mejorar la calidad de vida
Mar Mayo 20, 2014 10:45 am por Joselia

Temas similares
Textos Sagrados
 

La Biblia

El Corán

El Bhagavad-gītā

EL Śrīmad-Bhāgavatam

La Torá

El Zohar

Sepher Yetzirah

Tao Te Ching

Popol Vuh

Dhammapada

Kitáb-i-Aqdas

TRADICION VAISNAVA


Sanatana Dharma


Un cuento para despertar


Comparte | 
 

 Pobreza Espiritual

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
Joselia
Admin


Mensajes : 796
Fecha de inscripción : 12/08/2011

MensajeTema: Pobreza Espiritual   Lun Ago 22, 2011 4:27 pm

Et-Faqru

El ser contingente puede definirse como el que no tiene en sí mismo su razón suficiente; un tal ser, por consiguiente, nada es por sí mismo, y nada de lo que él es le pertenece en propiedad. Tal es el caso del ser humano, en tanto que individuo, así como el de todos los seres manifestados, en cualquier estado que esto sea, puesto que, cualquiera que sea la diferencia entre los grados de la Existencia universal, la misma es siempre nula al respecto del Principio. Los seres, humanos u otros, están pues, en todo lo que son, en una dependencia completa frente al Principio, «fuera del cual nada hay, absolutamente nada que exista» (Mohyiddin ibn Arabi, Risâlatul-Ahadiyah.); es en la consciencia de esta dependencia en lo que consiste propiamente lo que varias Tradiciones designan como la «pobreza espiritual». Al mismo tiempo, para el ser que ha llegado a esta consciencia, la consciencia en cuestión tiene por consecuencia inmediata el desvinculamiento al respecto de todas las cosas manifestadas, ya que sabe desde entonces que esas cosas también son nada, que su importancia es rigurosamente nula en relación a la Realidad Absoluta. Este desvinculamiento, en el caso del ser humano, implica esencialmente y ante todo la indiferencia al respecto de los frutos de la acción, tal y como lo enseña concretamente la Bhagavad-Gîtâ, indiferencia por la cual el ser escapa al encadenamiento indefinido de las consecuencias de esa acción: Es la «acción sin deseo» (nishkâma karma), mientras que la «acción con deseo» (sakâma karma) es la acción cumplida en vistas de sus frutos.

Por ahí, sale pues de la multiplicidad; escapa, según las expresiones empleadas por la doctrina Taoísta, a las vicisitudes de la «corriente de las formas», a la alternancia de los estados de «vida» y de «muerte», de «condensación» y de «disipación» (Aristóteles, en un sentido semejante, dice «generación» y «corrupción».), pasando de la circunferencia de la «rueda cósmica» a su centro, que es designado el mismo como «el vacío (lo no-manifestado) que une los radios y hace de ellos una rueda» (Tao-Te-King, XI.). «El que ha llegado al maximun del vacío, dice también Lao-tseu , ese será fijado sólidamente en el reposo...Retornar a su raíz (es decir, al Principio a la vez origen primero y fin último de todos los seres), es entrar en el estado de reposo» (Tao-Te-King, XVI.). «La paz en el vacío, dice Lao Tzu, es un estado indefinible; uno no la toma ni no la da; uno llega a establecerse en ella» (Lao Tzu, I.), Esta «paz en el vacío» es la «gran paz» (Es-Sakînah) del esoterismo musulmán (NA: ver el capítulo sobre La Guerra y la Paz en El Simbolismo de la Cruz.), que es al mismo tiempo la «presencia divina» en el centro del ser, implicada por la unión con el Principio, que no puede efectivamente operarse más que en ese centro mismo. «Al que permanece en lo no-manifestado, todos los seres se manifiestan... Unido al Principio, está en armonía, por él, con todos los seres. Unido al Principio, conoce todo por las razones generales superiores, y ya no usa, por consiguiente, de sus diversos sentidos, para conocer en particular y en detalle. La verdadera razón de las cosas es invisible, inasible, indefinible, indeterminable. Solo, el espíritu restablecido en el estado de simplicidad perfecta puede alcanzarla en la contemplación profunda» (Lao Tzu, IV.).

La «simplicidad», expresión de la unificación de todas las potencias del ser, caracteriza el retorno al «estado primordial»; y se ve aquí toda la diferencia que separa el conocimiento transcendente del sabio, del saber ordinario y «profano». Esta «simplicidad», es también lo que es designado en otra parte como el estado de «infancia» o de «niñez» (en sánscrito bâlya), entendido naturalmente en el sentido espiritual, y que, en la doctrina hindú, es considerado como una condición preliminar para la adquisición del conocimiento por excelencia. Esto recuerda las palabras similares que se encuentran en el Evangelio: «Quienquiera que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (San Lucas, 18:7.). «Mientras que has ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los simples y a los pequeños» (San Mateo, 11:25.).

«Simplicidad» y «pequeñez» son aquí, en el fondo, equivalentes de la «pobreza», de la que es tan frecuentemente cuestión también en el Evangelio, y que se comprende generalmente muy mal: «Bienaventurados los pobres "en" espíritu, pues el Reino de los Cielos les pertenece» (San Mateo, 5:2.). Esa «pobreza» (en árabe El-Faqru) conduce, según el esoterismo musulmán, a El-fanâ, es decir, a la «extinción» del «yo» (NA: esta «extinción» no carece de analogía, incluso en cuanto al sentido literal del término que la designa, con el Nirvâna de la doctrina hindú; más allá de El-fanâ hay todavía Fanâ el-fanâi, la «extinción de la extinción» que corresponde del mismo modo al Parinirvâna.); y, por esta «extinción», se alcanza la «estación divina» (El-maqâmul-ilahi), que es el punto central donde todas las distinciones inherentes a los puntos de vista exteriores son rebasadas, donde todas las aposiciones han desaparecido y son resueltas en un perfecto equilibrio. «En el estado primordial, estas oposiciones no existían. Todas son derivadas de la diversificación de los seres (inherente a la manifestación y contingente como ella), y de sus contactos causados por la rotación universal (es decir, por la rotación de la «rueda cósmica» alrededor de su eje). Cesan de inmediato de afectar al ser que ha reducido su yo distinto y su movimiento particular a casi nada» (Tchoang-tsen, XIX.). Esta reducción del «yo distinto», que finalmente desaparece reabsorbiéndose en un punto único, es lo mismo que El-fanâ, y también que el «vacío» que hemos cuestionado un poco más atrás; es por lo demás evidente, según el simbolismo de la rueda, que el «movimiento» de un ser es tanto más reducido cuanto que ese ser está más próximo del centro. «Ese ser no entra más en conflicto con ningún ser, porque está establecido en lo infinito, borrado en lo indefinido (NA: la primera de estas dos expresiones se refiere a la «Personalidad» y la segunda a la «individualidad».). Ha llegado y se tiene en el punto de partida de las transformaciones, punto neutro donde no hay conflictos. Por concentración de su naturaleza, por alimentación de su espíritu vital, por reunión de todas sus potencias, se ha unido al Principio de todas las génesis. Estando su naturaleza entera (totalizada sintéticamente en la unidad principal), estando su espíritu vital intacto, ningún ser podría mermarle» (Ibid. La última frase se refiere todavía a las condiciones del «estado primordial»: Es lo que la Tradición judeo-cristiana designa como la inmortalidad del hombre antes de la «caída», inmortalidad recobrada por el que, vuelto al «Centro del Mundo», se alimenta del «Árbol de la Vida».).

La «simplicidad» que ha sido cuestión más atrás corresponde a la unidad «sin dimensiones» del punto primordial, en que finaliza el movimiento de retorno hacia el origen. «El hombre absolutamente simple doblega por su simplicidad a todos los seres..., si bien nada se opone a él en las seis regiones del espacio, nada le es hostil, el fuego y el agua no le hieren» (Lie-Tsen, II.). En efecto, él se tiene en el centro, cuyas seis direcciones son salidas por radiación, y donde las mismas vienen, en el movimiento de retorno, a neutralizarse dos a dos, de suerte que, en ese punto único, su triple oposición cesa enteramente, y que nada de lo que se resulta de ellas o se localiza allí puede alcanzar al ser que permanece en la unidad inmutable. Este ser no oponiéndose a nada, tampoco nada podría oponerse a él, puesto que la oposición es necesariamente una relación recíproca, que exige dos términos en presencia, y que, por consiguiente, es incompatible con la unidad principal; y la hostilidad, que no es más que una consecuencia o una manifestación exterior de la oposición, no puede existir en un ser que esta fuera y más allá de toda oposición. El fuego y el agua, que son el tipo de contrarios en el «mundo elementario», no pueden herirle, pues, a decir verdad, ni siquiera existen ya para él en tanto que contrarios, habiendo vuelto a entrar, equilibrándose y neutralizándose el uno al otro por la reunión de sus cualidades aparentemente opuestas, pero realmente complementarias, en la indiferenciación del ether primordial.

Este punto central, por el cual se establece, para el ser humano, la comunicación con los estados superiores o «celestes», es también la «puerta estrecha» del simbolismo evangélico, y se puede desde ahora comprender lo que son los «ricos» que no pueden pasar por ella: Son los seres atados a la multiplicidad, y que, por consecuencia, son incapaces de elevarse del conocimiento distintivo al conocimiento unificado. Este vinculamiento (o atadura), en efecto, es directamente contrario al desligamiento (o desvinculamiento) que ha sido cuestión más atrás, como la riqueza es contraria a la pobreza, y encadena el ser a la serie indefinida de los ciclos de manifestación (NA: es el samsâra buddhico, la rotación indefinida de la «rueda de la vida» de la que el ser debe liberarse para alcanzar el Nirvâna.). El vinculamiento a la multiplicidad es también, en un cierto sentido, la «tentación Bíblica», que, haciendo gustar al ser el fruto del «Árbol de la Ciencia del bien y del mal», es decir, del conocimiento dual y distintivo de las cosas contingentes, le aleja de la unidad central original y le impide alcanzar el fruto del «Árbol de la Vida»; y es por ahí, en efecto, que el ser está sometido a la alternancia de las mutaciones cíclicas, es decir, al nacimiento y a la muerte. El recorrido indefinido de la multiplicidad es figurado precisamente por las espiras de la serpiente enrollada alrededor del árbol que simboliza el «Eje del Mundo»: Es el camino de los «extraviados» (Ed-dâllîn), de aquellos que están en el «error» en el sentido etimológico de esta palabra, por oposición al «camino recto» (Eç-çirâtul-mustaqîm), en ascensión vertical siguiendo el eje mismo, de quien se habla en la primera sûrat del Qorân (NA: este «camino recto» es idéntico al Te o Rectitud de Lao-tseu, que es la dirección que un ser debe seguir para que su existencia sea según la «Vía» (Tao), o, en otros términos, en conformidad con el Principio.).

«Pobreza», «simplicidad», «infancia» o «niñez», no hay ahí más que una sola y misma cosa, y el despojamiento que todos estos términos expresan (NA: es el «despojamiento de los metales» en el simbolismo masónico.) aboca a una «extinción» que es, en realidad, la plenitud del ser, del mismo modo en que el «no-actuar» (won-wei) es la plenitud de la actividad, puesto que es de ahí de donde son derivadas todas las actividades particulares: «El Principio es siempre no-actuante, y sin embargo todo es hecho por Él» (Tao-te-King, XXXVII.). El ser que es así llegado al punto central ha realizado por ello mismo la integralidad del estado humano: Es el «hombre verdadero» (tchenn-jen) del taoísmo, y cuando, partiendo de ese punto para elevarse a los estados superiores, haya cumplido la totalización perfecta de sus posibilidades, devendrá el «hombre divino» (cheun-jen), que es el «Hombre Universal» (El-Insâmul-Kâmil) del esoterismo musulmán. Así, puede decirse que son los «ricos» bajo el punto de vista de la manifestación quienes son verdaderamente «pobres» al respecto del Principio, e inversamente; es lo que expresa también muy claramente esta palabra del Evangelio: «Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos» (San Mateo 20:16); y debemos constatar a este respecto, una vez más, el perfecto acuerdo de todas las doctrinas Tradicionales, que no son más que las expresiones diversas de la Verdad una.


http://www.sophia.bem-vindo.net/tiki-index.php?page=Guenon+Pobreza+Espiritual
Volver arriba Ir abajo
http://teismo-ateismo.foro-libre.com
 
Pobreza Espiritual
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.
 Temas similares
-
» Argentina- Venezuela (pobreza)
» La meditación como práctica espiritual
» Enfoque Espiritual de la Astrología
» Que es la Guerra Espiritual de la que tanto se habla en la iglesia????
» Energia Espiritual...............¿como recargarla?

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Teismo - Ateismo :: Otros Foros :: Textos y Artículos :: Metafísica-
Cambiar a: