Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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Joselia
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MensajeTema: ...Iazul...   Lun Jun 03, 2013 2:10 pm

Iazul

Un día dentro de los días, el sultán Bayazid, habiendo recibido del de Marruecos una piedra preciosa engarzada en un anillo de gran valor, quiso que esta alhaja formara parte de las joyas de la corona, y que al mismo tiempo se grabara sobre la piedra una palabra, nada más que una sola, que tuviera las virtudes siguientes: si él estuviese agobiado, triste y de mal humor, bastaría que sus ojos cayeran sobre el anillo y leyera aquella palabra para que inmediatamente su dolor se calmase, sus penas se apaciguasen y su tristeza desapareciera. Si, por el contrario, estuviera lleno de gozo y exaltado de felicidad y de placer, la palabra debería también moderar su exuberancia y mitigar su alegría.

El sultán Bayazid tenía un gran visir que se llamaba Zaidún. Le mandó llamar, y después de haberle explicado el objeto de su llamado, le manifestó su deseo y le ordenó que buscara aquella palabra mágica, dándole tan sólo veinticuatro horas de tiempo para hallarla.

Zaidún besó la tierra entre las manos del sultán, y se retiró con el corazón cargado de inquietudes, encerrándose en su despacho en busca de aquel talismán. Sabía que el fracaso significaba su desgracia y la pérdida de su alto puesto.

Pasó aquel día como una fiera en su jaula, exprimiéndose vanamente el cerebro, sin que Allah le inspirase nada. Cuando el sol estaba en su ocaso, triste y abatido se dirigió hacia su palacio, abrumado bajo la pesadumbre de lo que le esperaba. Se encerró de nuevo en su cuarto, dando órdenes terminantes de que nadie debía molestarlo.

El gran visir tenía una hija que se llamaba Inaiat, conocida por su famosa belleza y por su inteligencia penetrante y sagaz. Era, para su padre, como la luz de sus ojos y el corazón de su corazón.

Al ver Inaiat a su padre en ese estado de aflicción, una gran inquietud se apoderó de su alma, y forzando la consigna penetró en el cuarto de aquel, exclamando :

- Padre mío, ¿qué es lo que pasa? ¿Cuál es el asunto que te preocupa tanto?

- Nada, hija mía – le respondió. - Son asuntos de gobierno que tengo que estudiar y solucionar esta noche. - Pero Inaiat no se dejó convencer. Había adivinado que su padre le ocultaba algo más grave. Volvió a suplicarle que le confiara la verdadera razón de sus preocupaciones, e insistió tanto y en tal forma, que Zaidún tuvo que revelarle la exigencia del sultán y el temor de perder su alto puesto, si fracasaba.

- Si no se trata más que de eso - repuso Inaiat, - no te aflijas, padre querido. Con ayuda de Allah encontraremos la palabra mágica deseada por el sultán.

Y agregó:

- Las noches son propicias para la reflexión, y los pensamientos se aclaran más. Duerme tranquilo y confía en la clemencia y la misericordia de Allah.

Zaidún tomo a su hija adorada entre sus brazos besándola con ternura y la despidió.

Al día siguiente, antes que el muecín llamara a los fieles a la plegaria, en la hora del alba, Inaiat había encontrado la palabra que el rey quería. Saltó de su lecho y penetró rápidamente en el aposento de su padre exclamando la palabra que correspondía al deseo del rey, y con la cual se calmaran, a la vez el dolor de la pena y la exuberancia de la alegría.

Era "Iazul" (Eso pasará), pues nada es estable en este mundo, tarde o temprano todo pasa, todo se apacigua: dolores, penas, aflicciones o placeres.

Al oír Zaidún esta palabra, su pecho se dilató de felicidad y de júbilo, y estrechó a su hija entre sus brazos, besándola con fervor y ternura. Luego salió rápidamente, dirigiéndose al palacio del sultán.

Apenas llegado a presencia del rey exclamó:

- "Iazul" es la palabra, majestad, que debe grabarse sobre la piedra preciosa del anillo.

- El sultán felicitó calurosamente a su ministro, admirando una vez más su inteligencia.

Pero el gran visir le dijo:

- En justicia, no es a mí a quien corresponden las felicitaciones de vuestra majestad, pues es a mi hija Inaiat a quien pertenece el mérito. Fue ella quien encontró la palabra mágica.

Ante esta revelación, el asombro del sultán no tuvo límites, y manifestó el deseo de conocer a esa hija de inteligencia tan penetrante, y el gran visir no tuvo más que obedecer al deseo del soberano, quien, al verla, no supo ya qué admirar en ella, si su viva inteligencia o su belleza deslumbrante.

Se casó con ella, y dice la historia que fueron muy felices.

http://www.caligrafiasarabes.com.ar/pages/iazul_02.htm
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