Teismo - Ateismo

Diálogo entre quienes se identifican con lo Trascendente y aquellos que asumen posturas filosóficas materialistas
 
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 El icono y el espejo

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Joselia
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MensajeTema: El icono y el espejo   Mar Feb 26, 2013 2:34 pm

El icono y el espejo

“Porque ahora vemos por medio de espejo en enigma; mas entonces, cara a cara”. (San Pablo, Cor. 13, 12)



Introducción

Icono viene del griego “eikón” que significa, “imagen”. El icono es, y no pretende ser otra cosa que eso: una imagen.

No pretende, ni pretendió nunca, reemplazar al original, del cual es figura, emblema o símbolo. Tampoco pretende ser la “fotografía” de la apariencia externa de ningún ser o cosa alguna presentada al artista a modo de modelo a copiar servilmente.

El icono más bien procura darnos una “ idea ” del ser representado pero, como el icono es esencialmente una imagen de lo divino y de las criaturas del mundo sobrenatural, la idea que nos da de ello es siempre una idea “ teológica”. Y la idea teológica del icono no es una idea de la pura razón humana en donde pretenda encerrarse todo. En el icono los conceptos no son tampoco negados sino, más bien, sobrepasados . El lenguaje de los iconos se podría comparar al lenguaje de la llamada teología negativa , la cual, hablando de las cosas divinas, dice de ellas más bien “ lo que NO son” que “ lo que son” . Hay una razón muy profunda y saludable para obrar así, y es ésta: evitar hacer caer en el error a las almas (especialmente a las más rudas) haciéndoles creer que Dios Padre, por ejemplo, es realmente un “señor anciano con barbas” como cualquiera otro anciano con barbas, o como nuestro propio abuelo.

El primer icono

El primer icono histórico fue el propio Verbo de Dios encarnado: Nuestro Señor Jesucristo.

-“Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14,9) - dijo Nuestro Señor a uno de sus discípulos.

Pero, la presencia corporal de Nuestro Señor en la historia de los hombres, fue solo un momento fugaz, (y más fugaz aún el de con su cuerpo transfigurado en el Tabor y, más luego, en su Resurrección). Sin embargo, Él quiso dejarnos una imagen suya para siempre y, tal vez, más especialmente para nosotros, hombres “en el umbral del Apocalipsis” – como diría León Bloy, y me refiero a esa Su imagen tenue, y sin embargo terrible y sobrecogedora, que nos dejó de Él en el Santo Sudario. Seguramente la imagen que más nos convenía tener de Él, testimonio visible no solo de su resurrección y de la promesa de su segunda venida, sino también, de su sacrificio de amor por nosotros que, como dirá San Pablo, “sobrepuja todo entendimiento” (Ef. 4,19).

Él fue el primer “pintor” de iconos, y todos los iconos provienen y parten de ésta su imagen “ acheïropoïetos ” es decir “no hecha por manos de hombre” .

Esta imagen “no hecha por manos de hombre” es el primer modelo que copiaron los iconógrafos. Hay numerosas pruebas que constatan esta verdad: los primeros iconos fueron copiados o partieron de la imagen de la Santa Síndone. No solo surgen estas pruebas de las coincidencias entre los iconos y la imagen del Sudario (unas 20 coincidencias) sino también de abundantes datos históricas.

La imagen sacra antes de Cristo

Antes de Cristo el pueblo judío tenía prohibida la fabricación de imágenes de nada que estuviera en los cielos ni en la tierra, por el riesgo y peligro de idolatría que entrañaba para ellos. Pero, en la Encarnación del Verbo, Dios hace visible la imagen de Su Divinidad para todos los hombres, como dice San Pablo a los corintios: “…Cristo, que es imagen de Dios” (II Cor. 4, 4) y a los colosenses: “El cual es imagen del Dios invisible” (Col. 1, 15) o, más adelante: “Porque en Él habita toda la plenitud de la deidad corporalmente) (Col. 2, 9).

Aquí se halla el argumento más fuerte e irrefutable de la imagen sagrada.

“Ningún nombre nos ha sido dado debajo del cielo por el cual debamos ser salvados: Jesucristo” - dice San Pablo - y, nosotros parafraseándole humildemente diremos también que: Ninguna otra imagen de la Divinidad ha sido dada a los hombres sino la de Jesucristo, Dios encarnado” .

Este es el fundamento teológico que domina todo el arte cristiano.

En la imagen de Cristo está también la imagen del hombre redimido y perfecto, hacia donde debe tender la humanidad toda, la destrucción de la imagen de Cristo y del arte sacro ha traído como consecuencia la destrucción del hombre y de su propia y verdadera imagen.

El lenguaje de la imagen sagrada

El icono, dijimos, tiene un lenguaje y, a tal punto es propio decir esto que no se dice de un iconógrafo que “pintó” un icono sino que le “escribió” .

Ese lenguaje - establecido por una tradición de siglos - es un lenguaje de colores, de símbolos, de gestos significantes, de composiciones determinadas, de reglas de operación, de lo que se puede o no representar y, del cómo hacerlo según los cánones estipulados y amasados en la teología.

Un icono logrado es un icono que pasa a ser un modelo para ser copiado.

Un icono que expresa la idea teológica de manera perfecta es un icono consagrado , un icono inspirado por Dios.

El icono se dirige al espíritu a través de los sentidos. No es su función conmover nuestra sensibilidad y nada más. No es la suya una misión puramente sentimental ni “estética”.

La función del icono es revelar verdades teológicas y metafísicas a través del lenguaje de las formas y de los colores, y ayudar al contemplador a unirse con el prototipo de la imagen, para acceder, ayudado por ella, a la contemplación.
El icono es un medio no un fin.

Es un medio, un soporte, una ayuda y, luego de cumplir esta función, debe ser abandonado. En ese sentido - paradójicamente - el icono es iconoclasta, es decir, se “destruye” a sí mismo como pura imagen, para acceder al arquetipo real. Como se abandona la escalera al llegar al piso superior.

La imagen de tema religioso y la imagen sacra

Para resaltar más claramente la función del icono debemos referirnos a aquellas imágenes “religiosas”, mejor dicho, “de tema de religioso”, pero que distan mucho de ser realmente sagradas y auténticamente re-ligiosas , pues no tienen el poder de re-ligar con su declarado objeto, el cual es el mundo divino. El tema religioso no basta para declarar sagrada a ninguna obra, por más alardes de virtuosismos artísticos de que se haga gala. Hacer algo con arte es adecuar perfectamente la idea a su realización . Si el artista no logra conformar perfectamente en una materia su idea, o ha fracasado como artista, o nos ha mentido con el real propósito de su obra. Para saber si una obra ha sido lograda hay que saber, o descubrir, primeramente, qué cosa se propuso realizar el artista y, luego, comprobar si lo logró o fracasó en el intento. Si fracasó no es un verdadero artista, al menos en esta obra. Si lo logró, si la idea y el propósito o función de la obra está conseguido, entonces sí podremos decir de él que es realmente un artista.

El esteticismo

El arte no es un lujo ni ninguna cosa inútil, como dice Maritain en su “Arte y escolástica”. El arte, además de realizar lo bello cumple y debe cumplir una función, es decir, debe ser útil, debe tener un uso, un “para qué”, para justificar plenamente su existencia. Y, así como Dios no hace las cosas porque sí, tampoco el artista debe obrar de otro modo - so pena de obrar sin sentido o irracionalmente - lo cual no es un modo cabalmente humano de obrar.

Picasso, el representante más acabado del esteticismo moderno, hablaba del arte como de un juego, un juego “interesante”. Para Picasso el arte no tiene ninguna seriedad, ningún compromiso serio con la realidad. Picasso le escapa a la realidad como a su más temible enemigo. Y al decir “realidad” no me estoy refiriendo a una fidelidad puramente mimética del mundo sensible (copiar servilmente la apariencia de las cosas) sino, a un sentido más profundo, de encuentro con lo verdadero . Todo verdadero arte hace visible una realidad psíquico-espiritual . Y éste no es, declaradamente, el fin del arte esteticista, del arte por el arte. El arte es, para el esteticista (Picasso, por Ej.) un “entretenerse” (Inter-esse). Un “ flotar entre” el ser y la nada. Pero la realidad de todo arte verdadero no es así, aún en Picasso mismo, a veces,…y a pesar de él mismo.

El artista auténtico siempre quiere decir algo, y dar algo, o descubrirnos algo – aún sin saberlo conscientemente y, cuando lo logra, puede ser aún un gran artista a pesar de sí mismo.

Hoy en día muchos elogian los iconos como también al canto gregoriano, pero de un modo puramente estético, es decir, de un modo superficial, porque agradan a sus sentidos de alguna manera, pero sin llegar a meterse dentro de lo que estas obras son y significan verdaderamente y, además, sin dejar que éstas penetren y operen en ellos mismos. Hay que agregar a esta afirmación algo muy importante: el hombre moderno tiene atrofiado el “órgano” de ver dentro de las cosas, de captar la verdadera belleza, el bien y la verdad.

El arte, si escapa a la realidad del hombre íntegro y verdadero, pierde aún su verdadero ser, su razón de existir, y se convierte en un destructor más para el hombre en cuanto tal. Así como el hombre es más verdaderamente hombre en la medida en que cumple más acabadamente con su ser y naturaleza, es decir cuando cumple más perfectamente con el fin para el que fue creado, así también el arte es más verdaderamente él mismo cuando cumple con su destino o fin, cuando cumple con su esencia. Así como el hombre puede degenerar y traicionar su destino así también el arte puede traicionar el suyo y degenerar. Tiene la libertad para ello, como el hombre para condenarse. El arte debe servir al destino verdadero del hombre y el artista no puede ser irresponsable por ello.

En el “renacimiento”

Las obras artísticas de tema religioso a partir del llamado Renacimiento – y aún un poco antes (pues nada se da en la historia con un corte perfectamente delimitado, sino por un proceso gradual) se alejan en gran manera, repetimos, de lo que es y debe ser el arte sagrado. ¿Por qué? ¿Cómo se puede probar semejante juicio después de tantos siglos de aceptación - incluso por la Iglesia – de un error de esta naturaleza? Los siglos ¿Han parodiado a la Tradición? Un largo tiempo en un estado de cosas puede llevar a muchos a la aceptación de esas mismas cosas como si esas cosas fuesen buenas y saludables por el solo hecho de la “cantidad” de tiempo que han estado instaladas, y sin alguna otra razón más que ésa: “Hace mucho tiempo que están”. La Tradición no se mide con el tiempo sino con la fidelidad al depósito de la FE.

Es como si una enfermedad ganara el derecho de permanecer en quien la padece porque hace mucho que el paciente la sufre sin saberlo. Una vez descubierta la enfermedad lo que sigue es tratar de hallar el remedio para curarla.

No pasan las cosas porque sí en la historia. Siempre hay alguna razón para que sucedan, aunque ignoremos la verdadera causa. Y es, especialmente en las manifestaciones artísticas, en donde se hacen más claramente patentes en forma de síntomas . Las causas ocultas que mueven los hilos de la historia del hombre, las razones espirituales más profundas que mueven al hombre en su obrar, se hacen transparentes - a quien sabe verlas – en las obras artísticas.

Por supuesto que hablando del icono no lo estamos considerando una obra puramente estética pues trasciende supremamente ese estado.

En el llamado renacimiento (¿o “murimiento”?) lo que se hace manifiesto en las obras artísticas de tema religioso o profano, es una voluntad de afirmar lo puramente humano, sobreelevando a éste a un estado casi divino, y de afirmar también el mundo terrenal, en donde el hombre desarrolla su acción. Este acento en el naturalismo como forma absoluta trae como consecuencia la destrucción de lo sacro, el cual escapa a su esfera.

Los medios artísticos que emplea el renacimiento para lograr plasmar este estado de su espíritu son los adecuados al fin que se propone, pero éstos, vienen a resultar inadecuados para la representación de lo divino y del mundo sobrenatural. Los medios artísticos como: la perspectiva, la luz y la sombra, las sensaciones de tangibilidad y de peso, el crear la ilusión de un espacio en donde el que mira la obra se sienta incluido dentro de ella, son adecuados precisamente para la representación y afirmación del mundo tal como lo perciben nuestros sentidos, pero no son adecuados para referirse al mundo superior del espíritu , a la contemplación de lo sobrenatural – el cual no es captado con nuestros sentidos corporales en este mundo.

No quiere decir esto que el arte sagrado no utilice nuestros sentidos - pues sin ellos nada nos podría comunicar – sino que los utiliza negándolos de algún modo , en el sentido de que no nos sirven como tales para alcanzar lo sobrenatural.

Nos hablan de lo sobrenatural usando de este mundo sensible como analogía. “Ahora vemos como en espejo, entonces veremos cara a cara.” - Nos dice San Pablo.

Y, en otra parte: “Porque ningún ojo vió, ni ningún oído oyó, lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman.”

Ahora, si dice, “ningún ojo vio ni ningún oído oyó”, claramente está diciendo que no hay en este mundo nada que se le asemeje, luego, este mundo con su tangibilidad, su tridimensionalidad, su color y su peso, no nos puede servir adecuadamente sino como de una analogía con la cual podamos valernos para hablar de lo inefable y ver, de algún modo, lo que ahora con nuestros ojos de carne no nos es posible alcanzar.

Hay un texto de Santo Tomás de Aquino que es útil para entender la función del arte en la imagen de lo sagrado.

Citando a Dionisio Areopagita, dice que para representar las cosas divinas o los seres espirituales, por necesidad y utilidad, debe recurrirse a imágenes o metáforas sensibles usando de cosas viles o bajas para obligar a los contemplantes a un esfuerzo ascendente del espíritu para captar lo inteligible , especialmente para las personas más rudas.

“No sufren detenerse las almas en estas imágenes, - dice Santo Tomás- sino que las eleva al conocimiento inteligible. Por otra parte la oscuridad misteriosa de las figuras ejercita útilmente a los estudiosos, e impide la burla de los incrédulos, de los que se ha dicho: “no deis lo santo a los perros”.

“Conviene…se presente lo divino más bajo la forma de cuerpos viles que bajo de las más nobles,

1º) Porque de este modo el espíritu está más exento del error; pues queda claro que no se habla de las cosas divinas literalmente, lo que podría ser dudoso si se representasen las cosas divinas bajo formas corporales nobles, sobre todo para aquellos que no conocen nada más noble que las cosas materiales.

2º) Porque…está más en armonía con el conocimiento que tenemos de Dios en esta vida; pues más bien se nos manifiesta acerca de Él lo que no es, que lo que es.

Por eso las imágenes más distantes de Dios, nos expresan más verdaderamente que Él está muy por encima de cuanto decimos o pensamos.

3º) Porque por este medio lo divino queda más oculto a las miradas indignas.”

(S. Theol. T1, Question I, Art. IX)

El arte del mundo ateo

Este mundo actual, ateo y “materialista”, es quien mejor nos puede ayudar a entender lo que queremos decir. Si existiese alguna teoría coherente y consecuente sobre el arte desde el punto de vista de una filosofía atea, ésta, precisamente, negando toda idea de lo sobrenatural, debería afirmar rotundamente la sola existencia exclusiva de este mundo que captan nuestros sentidos. Pero no es posible la elaboración de una doctrina tal sin negar lo que siempre se entendió por arte.

El ateísmo mismo, de por sí, niega la existencia del arte al negar su real fuente que es el espíritu del hombre. El arte, en el ateísmo, solo puede cumplir la función de propaganda política y social.

La fuente del arte está en la vida del espíritu. Y esto no solo desde el punto de vista cristiano. Todas las culturas antiguas en la medida en que conservaron cierta normalidad y cierto sentido de la trascendencia, de que el mundo del hombre no es solamente esto que podemos ver y tocar, tuvieron un arte auténtico. En la medida en que se alejaron de ello se degradaron y, paulatinamente, también se degradaron sus manifestaciones artísticas.

Muchas “culturas”, denominadas tales por ciertos etnólogos, no son sino restos de culturas que se han degradado, y no, ciertamente, culturas en “estado primitivo”, como afirman ciertos evolucionistas que pretenden convencernos de un origen puramente animal y sensorial del hombre. Pero nosotros observamos con Chesterton que “Nunca se ha visto a un simio contemplando las estrellas” .

El hombre está y debe estar por encima del mundo de la pura necesidad, como afirmaba Berdiaev. El hombre, cuando se desprende del mundo de la necesidad y encuentra el ocio creador, como afirmaba con gran intuición Wolfang Goethe, su espíritu halla, en la contemplación del mundo que le rodea, un como espejo de su vida interior. En su microcosmos haya la analogía con el macrocosmos y se hace capaz de penetrar las cosas más allá de sus sentidos, que eso es precisamente la “inteligencia”, ( intus-legere ) , la capacidad de “ leer adentro” de las cosas, ver, como quería el poeta Horacio: “abscondita rerum” , “las cosas que se hallan escondidas en las cosas”.

El camino de la destrucción

No puede el arte sacro tomar las formas del arte ateo para manifestar lo sobrenatural válidamente.

El arte del mundo moderno es estéril para lo sacro. Sus formas se hallan más aptas para representar lo infernal, lo monstruoso, lo caótico, etc. (Surrealismo, por Ej.) que lo elevado y sublime. Puede representar mejor y más eficazmente el mal y la mentira que lo bueno y verdadero. Como también lo frío, lo inorgánico y lo tecnológico. Sus formas artísticas han sido amasadas para reflejar lo suyo propio que es la afirmación del mundo separado de Dios y de la Naturaleza. El mundo del “ hombre autónomo ”, del “ hombre absoluto ” - como le llama el gran filósofo e historiador del arte Hans Sedlmayr.

Se rastrea en la historia del arte el camino que ha llevado al hombre a esta concepción de sí mismo y del mundo. Primero, con la destrucción de la arquitectura y luego con las consecuencias de ello: la liberación de todas las artes, antes unidas y armonizadas en la tarea común de la casa de Dios: el Templo.

Esto produjo una atomización de las artes que desde entonces pidieron su independencia y autonomía para cada una de ellas tomando como bandera el grito del “ Non serviam ” de Satanás.

La arquitectura, de ser la “ Archi-tectura ” devino en: “ espacios funcionales ”, los que solo cuentan para las necesidades puramente físicas y materiales del hombre, cuando no en la pura “ casa de la máquina ”, cuyo modelo y paradigma es la fábrica.

Le Corbusier, el arquitecto y urbanista por excelencia de la ciudad moderna, afirmaba: “ Debemos desterrar a las Catedrales del centro de las ciudades” . Y, en otra parte, que la casa o habitación del hombre es una “máquina para vivir” ¿En dónde está el sentido de lo sacro y lo trascendente? Esto es desacralización, destierro de lo sacro.

Las cosas divinas y el hombre mismo, en esta concepción, pasan a ser una cosa más entre otras cosas.

El mejor sermón

Este “arquitecto”, Le Corbusier, fue invitado por hombres de la Iglesia a construir iglesias “católicas” como, por ejemplo, la iglesia de Notre Dame de Haut. Pero Le Corbusier tenía entonces algo de mucha importancia para algunos: era un arquitecto moderno y a la moda .

Eso es igual a pretender que el mejor sermón religioso lo daría un gran orador ateo que un sacerdote con fe pero menos dotado para la oratoria. Es afirmar que un cuadro sacro lo hará mejor un virtuoso de la pintura, obviando ese pequeño detalle de su incredulidad, su mala vida y aún su mofa de lo sacro, que un pintor religioso. O, que la mejor Misa la compondrá el más grande músico… incrédulo.

No hablo de posibilidades , sino de hechos que se han dado históricamente.

Un sermón es algo que se da en el tiempo y tendrá cosas que perdurarán en la memoria de algunos con más o menos fruto, pero una obra de arte, de tema sacro, es un sermón permanente, constantemente presente. Allí reside también su bien o su mal.

Conclusión

Para terminar, entonces, si es que hemos logrado ser claros en esta exposición, podríamos hacer notar que la cuestión del arte ha sido, desgraciadamente, por hombres mismos de la Iglesia, mal entendida, o equivocadamente utilizada, o torcida en cuanto a su verdadero fin, por otros intereses y, finalmente, descuidada y poco valorizada, en cuanto a su real importancia , desde el pre-renacimiento hasta nuestros días.

Es un caso grave a estudiar (y que, sin embargo, ha sido ya estudiado en profundidad por unos pocos y esclarecidos hombres, por supuesto, ignorados). Pero un tema tan vasto como este, seguramente, no ha sido agotado y queda mucho por estudiar aún.

Mientras tanto, los sacerdotes como tales, y principalmente, tienen la obligación de conocer la verdadera e importantísima misión que tiene el arte sacro en la iglesia so pena de causar daño al pueblo fiel: por una parte, privándolos de una valiosa ayuda para su devoción y contemplación y, por otra, desviándola a una falsa devoción poniendo con ello obstáculos a la verdadera.


Carlos Pérez Agüero

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